El asesino del baño de ácido: el hombre que creía que sin cuerpo no hay caso
El viernes 18 de febrero de 1949, Olive Durand-Deacon se preparó para salir por la tarde.
Tenía 69 años. Era viuda, con dinero propio, y vivía en un hotel tranquilo del oeste de Londres, de esos donde la gente se instala para largo tiempo. La mayoría de los huéspedes eran personas mayores que llevaban años en las mismas habitaciones. Comían en mesitas del mismo comedor y conocían las costumbres de los demás.
Tenía una idea para un pequeño negocio. Quería fabricar uñas postizas. Pensaba que necesitaba a alguien que entendiera de materiales y de máquinas.
En la mesa de al lado se sentaba un hombre que decía ser exactamente eso. Tenía 39 años, vestía bien y era educado. Contaba a los demás huéspedes que era ingeniero e inventor, y que tenía su propio taller en el campo. Se llamaba John Haigh.
Él se ofreció a llevarla a ver el taller. Estaba en Crawley, un pequeño pueblo de Inglaterra, a unos 45 km al sur de Londres.
Esa tarde se puso su abrigo negro de astracán persa. Llevaba sus anillos, sus pendientes, un collar y un pequeño crucifijo. Llevaba un bolso rojo de plástico. Se fue con él en su coche.
Esa noche, su mejor amiga en el hotel la esperó para cenar. Su silla quedó vacía. No volvió esa noche, ni la siguiente.
Según la confesión que él hizo 10 días después, ella ya estaba muerta al final de la tarde de ese mismo viernes. Él contó que le disparó en la nuca dentro de un pequeño almacén de Crawley, que le quitó sus objetos de valor y que metió el cuerpo en un bidón de acero lleno de ácido sulfúrico.
**Todo lo que se sabe de lo que pasó dentro de ese almacén viene de una sola fuente: el propio asesino. Lo que la policía pudo probar vino de otro lugar, y esa es la historia de esta investigación.**
Es el caso que los periódicos británicos llamaron "El asesino del baño de ácido". El hombre que lo hizo creía haber encontrado una forma de matar sin ser condenado nunca. Creía que, si no había cuerpo, no podía haber caso de asesinato. Los investigadores tuvieron que probar un asesinato casi sin nada con qué probarlo. Así lo hicieron.
El hombre de la mesa de al lado
El sábado por la mañana, el día después de la desaparición, el hombre de la mesa de al lado se acercó a su amiga con cara de preocupación.
Dijo que la señora Durand-Deacon nunca llegó al lugar donde habían quedado. Dijo que la esperó y que al final se rindió.
Era raro contarlo sin que nadie preguntara. Nadie le había preguntado todavía.
El domingo 20 de febrero, la amiga decidió ir a la policía. El hombre se ofreció a llevarla él mismo. Fue con ella a una comisaría del oeste de Londres, se sentó a su lado y la ayudó a dar los detalles.
Estaba tranquilo, era servicial y hablaba mucho. Respondía a las preguntas antes de que se las hicieran.
Ese fue su primer error.
La sargento a la que no le gustó
La denuncia la tomó una sargento de policía. En 1949 había pocas mujeres en la policía británica, y a menudo se les encargaban los casos de personas desaparecidas.
Escuchó a la amiga. Luego escuchó al hombre. La amiga estaba asustada. El hombre era demasiado suave.
No le gustó. No podía señalar una sola frase suya que fuera mentira. Era su forma de ser: demasiado dispuesto, demasiado pulido, con demasiadas ganas de formar parte de la historia. Anotó sus dudas.
Esa intuición, sola, no habría significado nada. Pero hizo que la policía hiciera algo muy sencillo: buscarlo en los antecedentes penales.
La respuesta llegó rápido. El amable ingeniero tenía 3 condenas por fraude y robo, y ya había estado varias veces en prisión. Había falsificado documentos, vendido bienes que no eran suyos y usado nombres falsos.
Ahora los detectives estaban interesados.
Al principio, nadie hablaba de asesinato.
Una mujer mayor que no vuelve a casa puede tener muchas explicaciones. Podía haberse ido con parientes. Podía haberse desmayado en la calle y estar en un hospital. Podía haber perdido la memoria. Los detectives revisaron primero las explicaciones normales, porque las explicaciones normales suelen ser las correctas.
Interrogaron al hombre. Hizo una declaración. Contó siempre lo mismo: ella no vino, él esperó, se fue. Unos días después, la policía volvió al hotel y le tomó otra declaración. Coincidía con la primera.
Un historial de fraude no convierte a nadie en asesino. Seguía sin haber cuerpo, sin testigos y sin señales de violencia.
Los detectives necesitaban ver el lugar del que él hablaba. El taller.
El almacén de Crawley
El 26 de febrero, 8 días después de la desaparición, los detectives fueron a Crawley.
El taller resultó ser un pequeño almacén en una calle secundaria. No era una fábrica. Era poco más que un cobertizo. El hombre no era el dueño. Lo usaba para lo que él llamaba sus experimentos.
Los detectives abrieron la puerta y entraron.
Dentro encontraron grandes garrafas de vidrio con ácido sulfúrico. Encontraron un delantal de goma y una máscara de gas. Encontraron una bomba manual, de las que se usaban para apagar pequeños incendios, capaz de pasar líquido de una garrafa a un bidón sin tocarlo. Encontraron bidones de acero.
También encontraron un revólver.
Y encontraron un maletín de cuero con documentos. Dentro había algo pequeño y muy importante: el recibo de una tintorería por un abrigo de astracán persa.
En el maletín había también papeles de otras personas. Pertenecían a 2 familias, 5 personas en total. A ninguna de ellas se la había visto en años.
Ahora los detectives tenían una mujer desaparecida que llevaba un abrigo de astracán persa, un hombre que decía no haberla visto ese día, y el recibo de ese hombre por un abrigo de astracán persa.
Tras la pista del abrigo y las joyas
El recibo era de una tintorería de un pueblo cercano, a unos 15 km del almacén. Tenía fecha del 19 de febrero, el día después de la desaparición.
Los detectives fueron a la tienda. El abrigo estaba allí. Era el suyo.
Al mismo tiempo siguieron una segunda pista. Localizaron a un joyero en otro pueblo cercano, donde un hombre había llevado joyas de mujer para tasarlas y después las vendió. La descripción del hombre coincidía. Las joyas coincidían con las que ella llevaba al salir del hotel.
Ahora los detectives podían mostrar 3 cosas. Ella se fue con él. Él mintió al decir que no la vio. Y un día después de la desaparición, él ya tenía en sus manos el abrigo y las joyas de ella.
Lo que todavía no podían mostrar era que estaba muerta.
La pregunta sobre el hospital
El 28 de febrero, 10 días después de la desaparición, llevaron al hombre a la comisaría del oeste de Londres.
Durante un rato estuvo sentado con un inspector, esperando. Entonces hizo una pregunta que sorprendió a todos los presentes.
Quería saber qué posibilidades había de que alguien saliera alguna vez del hospital estatal para delincuentes con enfermedad mental. Era el hospital cerrado al que se enviaba a quienes cometían delitos pero eran declarados locos, en lugar de mandarlos a la cárcel o a la horca.
El inspector dijo que no iba a hablar de eso.
El hombre dijo que, si contaba la verdad, nadie le creería. Y entonces la contó.
Según el registro policial de sus palabras, dijo: "La señora Durand-Deacon ya no existe. Ha desaparecido por completo y nunca se podrá encontrar rastro de ella. La he destruido con ácido. Encontrarán el lodo que queda en Leopold Road."
Se refería a la calle donde estaba el almacén.
Siguió hablando. Confesó otros 5 asesinatos entre 1944 y 1948. También afirmó que había 3 víctimas más, sin dar sus nombres. Y dijo algo nuevo: que a cada víctima le había hecho un corte en el cuello y se había bebido un vaso de su sangre.
Después dijo lo que explica todo lo que hizo. Creía que, como el cuerpo había sido destruido, no podían condenarlo por asesinato.
Se equivocaba. Era un malentendido muy extendido sobre una vieja expresión jurídica en latín, "corpus delicti". Significa "el cuerpo del delito". No se refiere al cuerpo de la víctima. Se refiere a la prueba de que hubo un delito. Un asesinato puede probarse sin cuerpo si hay otras pruebas de que la víctima está muerta y fue asesinada.
Pero la policía todavía necesitaba esas otras pruebas. Una confesión se puede retirar. Y un hombre que pregunta por el hospital para enfermos mentales antes de confesar quizá ya está preparando su defensa. Los detectives tenían sus palabras. Ahora la necesitaban a ella.
El patólogo en el patio
El 1 de marzo, el patólogo del gobierno llegó al patio detrás del almacén. Un patólogo es un médico que examina a los muertos para saber quiénes eran y cómo murieron.
El hombre había dicho que vació el bidón en el suelo, fuera. En el patio había un montón de escombros y tierra empapado de un lodo espeso y grasiento.
El patólogo se arrodilló y empezó a buscar. En pocos minutos recogió algo del tamaño de un hueso de cereza. Cualquier otra persona habría pensado que era una piedrecita.
Era un cálculo biliar humano.
Los cálculos biliares son pequeños bultos duros que se forman dentro del cuerpo, en la vesícula biliar, junto al hígado. Están hechos en gran parte de grasa y cubiertos por una capa grasa. Esa capa resiste el ácido mucho mejor que la carne o el hueso. El asesino no lo sabía.
Fue la primera prueba de que en ese patio se había disuelto a un ser humano.
En los días siguientes excavaron el lodo y la tierra, y se los llevaron a un laboratorio para examinarlos trozo a trozo.
La lista de lo que salió de allí es el corazón del caso:
Unos 13 kg de grasa humana.
3 cálculos biliares humanos.
Trozos de hueso de un pie humano y fragmentos de una pelvis, muy dañados por el ácido.
Un estuche de pintalabios.
El asa de un bolso rojo de plástico.
Y una dentadura postiza: una prótesis superior completa y una inferior parcial, de acrílico.
La dentadura fue la clave.
El acrílico, el plástico con el que se hacen las dentaduras, no se disuelve en ácido sulfúrico. Y las dentaduras se fabrican una a una, para una sola boca. Son tan personales como una huella dactilar.
Los detectives encontraron a su dentista. La dentista revisó sus registros y comprobó que 2 años antes le había hecho una prótesis superior completa y una inferior parcial, de acrílico.
Compararon la dentadura del lodo con los registros. Coincidían. La dentista la identificó como la de su paciente.
Más tarde, el patólogo lo resumió en una frase que todavía se cita. Dijo que los restos se identificaron con tanta seguridad como si el cuerpo nunca hubiera estado en un baño de ácido.
Ahora los investigadores tenían lo que el asesino estaba seguro de que nunca tendrían. Una prueba física de que ella estaba muerta, de que murió en ese patio y de que su cuerpo fue destruido allí.
Los otros 5
Los papeles del maletín de cuero llevaron a los detectives hacia atrás en el tiempo.
La primera víctima, asesinada en 1944, fue un hombre de 33 años que en otro tiempo había dado trabajo al asesino. Un año después, en 1945, el asesino mató a los padres ancianos de ese hombre. Luego usó documentos falsificados para quedarse con sus casas y su dinero. Durante años dijo a quien preguntara que la familia se había mudado.
En febrero de 1948 mató a un médico de 52 años y a su esposa de 41. Los había conocido cuando vendían una casa. También se quedó con sus bienes, y con su revólver. Era el mismo revólver que los detectives encontraron en el almacén.
En todos los casos usó el mismo método. Mataba, disolvía los cuerpos en ácido y después usaba su habilidad como falsificador para quedarse con lo que tenían.
Eso explica el móvil. No era un hombre dominado por la locura. Era un estafador que necesitaba dinero y que había encontrado lo que creía un sistema perfecto.
Solo fue acusado del asesinato de Olive Durand-Deacon. Era el único caso en el que los investigadores tenían un cuerpo, o lo que quedaba de él.
El juicio
El 18 de julio de 1949 se abrió su juicio en el tribunal del condado de Sussex, el condado al sur de Londres. Afuera se reunieron multitudes. El caso llevaba meses en todos los periódicos.
La fiscalía presentó una historia sencilla: asesinato por dinero. El abrigo en la tintorería, las joyas en la joyería, los cálculos biliares, la dentadura, la dentista.
La defensa no discutió realmente que él lo hubiera hecho. Sostuvo que estaba loco. Sus abogados señalaron lo que contaba sobre beber sangre y llamaron a un psiquiatra para declarar que su mente estaba gravemente trastornada.
En el interrogatorio, el propio psiquiatra de la defensa admitió que el acusado probablemente sabía que lo que hacía estaba mal. Según la ley de la época, esa era la prueba. Un hombre que sabe que su acto está mal no es legalmente un demente.
El juicio duró 2 días. El jurado se retiró el 19 de julio y volvió en menos de 20 minutos. Las fuentes hablan de 15 o de 17 minutos. El veredicto: culpable.
Fue condenado a muerte. El 10 de agosto de 1949, a las 8 de la mañana, lo ahorcaron en una prisión de Londres. Tenía 40 años.
Lo que la investigación demostró de verdad
Miremos la cadena entera.
Una amiga que no dejaba de preocuparse. Una sargento a la que no le gustaba cómo hablaba un hombre. Una consulta de antecedentes. Un recibo en un maletín de cuero. Un abrigo en una tintorería. Unas joyas en una joyería. Un hombre que preguntó por el hospital para enfermos mentales antes de confesar.
Y al final, un patólogo de rodillas en el barro que sabía cómo es un cálculo biliar.
Cualquiera de estas piezas por separado quizá no habría bastado. Juntas, desmontaron la única idea sobre la que estaba construido todo el crimen: que sin cuerpo no hay caso.
Conclusiones y preguntas abiertas
El veredicto no está en duda. Confesó, las pruebas físicas coincidieron y el tribunal lo condenó. Pero algunas preguntas en torno al caso nunca tuvieron respuesta completa.
**¿De verdad bebía la sangre de sus víctimas?** A favor: solo su propia palabra, repetida con coherencia después de la detención. El problema: primero preguntó por el hospital para enfermos mentales y solo después contó la historia. El propio psiquiatra de la defensa admitió que distinguía el bien del mal. La policía no encontró ninguna prueba. Muchos de quienes estudiaron el caso concluyeron que fue inventado para apoyar la defensa por locura. Pero nadie puede probar lo que hizo a solas en aquel almacén.
**¿Hubo de verdad 3 víctimas más?** A favor: lo dijo en su confesión. El problema: nunca dio nombres, y la policía no encontró desaparecidos, papeles ni restos que encajaran. La opinión más extendida es que también las añadió para parecer loco. No se puede probar ni en un sentido ni en otro.
**¿Estaba loco, o solo era frío?** Una opinión: la confesión ensayada, los documentos falsificados y los años de fraude cuidadoso muestran a un hombre calculador que sabía exactamente lo que hacía. El jurado estuvo de acuerdo. La otra opinión, planteada por algunos médicos de la época: un hombre que hace esto una y otra vez puede estar enfermo de un modo que la prueba legal de 1949 no sabía medir. Ese debate trata de cómo define la ley la locura, y sigue hoy en los tribunales.
**¿Qué resolvió realmente el caso?** Algunos relatos dan el mérito a la intuición de la sargento. Otros, al recibo. Otros, al cálculo biliar. La respuesta honesta: sin la sargento, nadie habría revisado su pasado. Sin el recibo, no había vínculo con los bienes de ella. Sin el patólogo, había una confesión y ningún cuerpo. Hicieron falta todos.
**¿Qué no se encontró nunca?** De las 6 víctimas que se sabe que mató, solo una fue identificada por restos físicos. Las otras 5 se apoyan en su confesión y en los papeles que guardaba. Nunca fue juzgado por ellas.
Lo que sí es seguro es esto: él estaba convencido de que destruir el cuerpo destruiría el caso. Un puñado de cálculos biliares y una dentadura postiza demostraron que se equivocaba.