UN CASO REAL
En disputa

La Dalia Negra: Elizabeth Short, un solar vacío en Los Ángeles y 79 años sin el nombre del asesino

2026-10-09 · · Crímenes sin resolver · 15 min de lectura

La mañana del 9 de enero de 1947, Elizabeth Short bajó de un coche frente a un gran hotel del centro de Los Ángeles, en Estados Unidos.

Tenía 22 años. Pelo negro, piel pálida, ojos gris azulado. Llevaba una maleta pequeña y un bolso. Casi todo lo demás que tenía estaba en unas bolsas que había dejado en una estación de autobuses.

El hombre que la llevó era un vendedor ambulante de 25 años. Estaba casado. La había conocido unas semanas antes y la había traído desde San Diego, unos 190 km al sur, donde ella se alojaba con una familia a la que apenas conocía.

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Más tarde contó a la policía que ella le dijo que iba a encontrarse con su hermana. La hermana dijo después que no habían quedado en nada parecido.

Algunos relatos dicen que un empleado del hotel la vio esa noche usando los teléfonos del vestíbulo. Incluso eso se discute.

Lo que no se discute es esto: después de la noche del 9 de enero, nadie que se haya encontrado jamás puede decir dónde estuvo Elizabeth Short, ni con quién.

6 días después estaba muerta.

Una chica de cerca de Boston

Elizabeth Short nació el 29 de julio de 1924 en Boston, en la costa este de Estados Unidos. Era la tercera de 5 hermanas.

Cuando tenía 5 años, el negocio de su padre se hundió con el gran crac de 1929. En 1930 su coche apareció aparcado sobre un puente. Todos supusieron que se había tirado al río. Años después la familia supo que estaba vivo y que vivía en California, en la otra punta del país.

De adolescente la operaron de los pulmones. Los médicos aconsejaron clima cálido, así que durante 3 inviernos la enviaron al sur cálido del país. Dejó el instituto sin terminar.

En diciembre de 1942, con 18 años, cruzó el país para vivir con su padre. Duró un mes. Discutieron y ella se fue.

Encontró trabajo en una tienda de una base militar de la costa de California. En septiembre de 1943, con 19 años, la detuvieron con unos amigos por beber alcohol sin tener la edad legal. La policía le tomó las huellas dactilares. Esa pequeña ficha, guardada en un cajón del FBI, iba a ser decisiva 4 años después.

La mandaron a casa con su madre. Ella volvió al sur.

En 1945 decía estar prometida con un oficial de aviación. Murió en un accidente aéreo en agosto de 1945, días antes del final de la guerra.

En julio de 1946 se trasladó a Los Ángeles. Cuando trabajaba, lo hacía de camarera. Alquilaba habitaciones y se mudaba a menudo, a veces con amigos, a veces con casi desconocidos. Los periódicos dirían después que quería ser actriz. Nunca salió en una sola película.

Según todos los testimonios, le faltaba dinero a menudo y se mudaba a menudo. Por eso fue tan difícil, después, saber dónde había estado.

La mañana del 15 de enero

El miércoles 15 de enero de 1947, hacia las 10:00 de la mañana, una madre joven paseaba con su hija pequeña por una calle de un barrio nuevo del sur de Los Ángeles, a unos 10 km del centro.

A un lado de la calle había casas. Al otro, solares vacíos a la espera de construcción, llenos de maleza.

En uno de ellos, a unos 30 cm de la acera, vio algo pálido entre la hierba. Primero pensó que era un maniquí roto de una tienda.

Luego vio que era una mujer.

Se llevó a la niña a toda prisa a una casa cercana y llamó a la policía. No dio su nombre. Volvió a llamar días después para identificarse.

El cuerpo estaba desnudo. Había sido cortado por completo en dos a la altura de la cintura. Las dos mitades estaban a unos 30 cm una de otra, colocadas a propósito. La cara tenía cortes desde las comisuras de la boca hacia las orejas. Casi no había sangre, ni en el cuerpo ni en el suelo. El cuerpo había sido lavado.

Desde el primer minuto estuvo claro que no la habían matado allí. El solar era solo el lugar donde alguien había decidido dejarla.

El primer error

La policía no fue la primera en llegar en masa. Llegaron antes los periodistas.

En 1947 Los Ángeles tenía 4 diarios que se peleaban por cada noticia. Sus reporteros de sucesos escuchaban la radio de la policía. En pocos minutos el solar estaba lleno de reporteros, fotógrafos y vecinos curiosos.

La gente pisó todo el terreno. Una reportera de un periódico de la tarde estuvo entre las primeras junto al cuerpo e hizo fotografías.

Cuando llegaron los dos detectives asignados al caso, gran parte de lo que el suelo podía haberles contado ya estaba pisoteado.

Algunas cosas sobrevivieron. Junto al cuerpo había una huella de tacón entre marcas de neumáticos. Había un saco de cemento vacío con restos de sangre aguada. Nada más.

Los médicos en el lugar calcularon que llevaba muerta unas 10 horas. Eso situaba su muerte en la noche del 14 al 15 de enero.

La autopsia

El 16 de enero el forense del condado examinó el cuerpo.

La mujer medía unos 165 cm y pesaba unos 52 kg. Tenía los dientes en mal estado.

Determinó que había muerto por la hemorragia de los cortes de la cara y por el shock causado por fuertes golpes en la cabeza y la cara. El corte del cuerpo en dos se hizo después de la muerte. Se hizo con cierta destreza, siguiendo una línea que un cirujano reconocería.

Ese detalle marcó toda la investigación. Si el asesino sabía cortar un cuerpo, quizá tenía formación médica.

La policía decidió mantener en secreto la verdadera causa de la muerte. Solo el asesino la conocería. Así podrían poner a prueba a cualquiera que confesara.

¿Quién era?

La policía tenía un cuerpo, pero no un nombre. Sus huellas no coincidían con nada en Los Ángeles.

Lo normal era enviar las huellas en avión a la sede del FBI, en la otra punta del país. Pero las tormentas habían dejado los aviones en tierra.

Uno de los periódicos tenía la solución. Disponía de un fax primitivo que usaba para enviar fotografías por línea telefónica. Ofreció mandar así las huellas. Llegaron al FBI, que encontró una coincidencia en 56 minutos.

Era la chica detenida por beber en 1943. Se llamaba Elizabeth Short. También constaba otra serie de sus huellas, de su trabajo en la base militar.

La llamada a su madre

Lo que hizo después aquel periódico se recuerda todavía como uno de los momentos más bajos del periodismo estadounidense.

Unos reporteros del diario llamaron a su madre a Boston. Le dijeron que su hija había ganado un concurso de belleza. Le hicieron muchas preguntas sobre la vida de su hija. Solo cuando tuvieron lo que querían le dijeron la verdad.

Después el periódico se ofreció a pagarle el viaje a Los Ángeles. Personas implicadas contaron más tarde que el verdadero motivo era mantenerla lejos de la policía y de los demás periódicos.

Los diarios publicaban lo que vendía. Escribieron sobre torturas que no figuraban en la autopsia. La policía dejó correr esas historias, porque ayudaban a ocultar la verdadera causa de la muerte.

Al principio un periódico lo llamó el Crimen del Hombre Lobo. En pocos días se impuso el nombre de otro diario: la Dalia Negra.

De dónde salió ese nombre también se discute. Unos dijeron que unos hombres de una farmacia en un pueblo costero cercano la llamaban así en el verano de 1946, como broma sobre una película popular de entonces, La dalia azul (1946), porque vestía de negro. Otros dijeron que lo inventaron los reporteros. Los investigadores de la fiscalía concluyeron más tarde que lo inventaron los periódicos.

Los dos hombres que la vieron por última vez

Los detectives empezaron por donde había que empezar: por las últimas personas que se sabía que habían estado con ella.

El primero fue el vendedor que la trajo desde San Diego. Cuando los periódicos publicaron su nombre, lo localizaron y lo retuvieron. Contó su historia muchas veces. Partes de ella se comprobaron y se confirmaron. Pasó varias pruebas del polígrafo y las superó todas. Lo soltaron y quedó libre de sospecha.

El segundo fue el dueño de un club nocturno de Los Ángeles. Ella se había alojado dos veces en su casa. Una amiga suya contó a la policía que ella había rechazado sus insinuaciones. También fue interrogado, y también quedó libre de sospecha. No había pruebas contra él.

Los dos murieron hace mucho. Ninguno fue acusado nunca de nada.

El sobre

El 21 de enero, 6 días después del hallazgo, un hombre llamó por teléfono al director de aquel mismo periódico. Dijo que era el asesino. Dijo que enviaría unos recuerdos.

3 días después, el 24 de enero, llegó a correos un sobre dirigido al periódico. La dirección estaba hecha con palabras recortadas de páginas impresas y pegadas.

Dentro había cosas de Elizabeth Short. Su partida de nacimiento. Tarjetas de visita. Fotografías. Papeles con nombres. Y una pequeña agenda con el nombre del dueño del club grabado en la tapa.

Todo lo que había dentro había sido limpiado con gasolina para borrar las huellas.

Quizá en el propio sobre quedaban huellas parciales. Se estropearon durante el envío, antes de que los expertos pudieran usarlas. Fue la segunda prueba perdida.

Habían arrancado algunas páginas de la agenda. La policía localizó a unos 75 hombres cuyos nombres aparecían en ella. La mayoría la había visto una o dos veces. Ninguno llevó a ninguna parte.

Más o menos al mismo tiempo, alguien encontró un bolso y un zapato negro de ante encima de un cubo de basura en un callejón, a unos 3 km del solar. Las fuentes no coinciden en quién los identificó como suyos. También los habían limpiado con gasolina.

Las cartas

El 26 de enero llegó una carta escrita a mano. Iba firmada con un nombre que los periódicos habían hecho famoso. El autor prometía entregarse a la policía el 29 de enero.

El 29 de enero no apareció nadie. En su lugar llegó otra carta. El autor decía que había cambiado de opinión.

La policía nunca pudo establecer si esas cartas eran del asesino o de alguien que disfrutaba de la atención.

En marzo apareció ropa de hombre doblada en una playa del oeste de la ciudad, junto a una nota firmada con un nombre de mujer. La nota confesaba el crimen. Nunca se encontró a nadie relacionado con ella.

750 buscadores, nada encontrado

En las primeras semanas la investigación fue enorme. En su punto álgido trabajaron en ella al menos 750 personas. Entre ellas, unos 400 agentes del sheriff del condado y unos 250 agentes de la patrulla de carreteras del estado.

Registraron desagües pluviales. Registraron edificios vacíos. Recorrieron las orillas del río de la ciudad. Buscaban el lugar donde la habían matado y cortado. Tenía que tener agua corriente y mucho espacio. Nunca lo encontraron.

Los detectives interrogaron a más de 150 hombres como posibles sospechosos. Un concejal ofreció una recompensa de 10.000 dólares.

Por la destreza del corte, en febrero la policía pidió a la facultad de medicina de una universidad local la lista de sus estudiantes. Se comprobó a cada uno. No salió nada.

Las confesiones

Desde los primeros días hubo gente que entraba en las comisarías y confesaba. Unas 60 personas confesaron en las primeras semanas, la mayoría hombres.

La policía tenía su prueba preparada. A cada uno le preguntaban cómo había muerto ella. Nadie dio la respuesta correcta.

Con los años, más de 500 personas han afirmado haber matado a Elizabeth Short. Algunas fueron acusadas de hacer perder el tiempo a la policía. Ninguna confesión ha sido aceptada jamás.

Un segundo cuerpo

El 10 de febrero de 1947, menos de 4 semanas después, otra mujer apareció muerta a golpes en Los Ángeles. Le habían escrito palabras en el cuerpo con pintalabios. Los periódicos lo llamaron el Crimen del Pintalabios Rojo.

Durante un tiempo la policía y la prensa se preguntaron si el mismo hombre había cometido los dos. Nunca se demostró ningún vínculo. Ese caso tampoco se resolvió.

El caso se enfría

Para el verano de 1947 se habían agotado las pistas. Uno de los dos detectives principales culpó después a los periódicos. Dijo que las filtraciones a la prensa habían arruinado la investigación desde el principio.

El caso no desapareció. Simplemente dejó de moverse.

El psiquiatra y el autor de las cartas

En 1949 el psiquiatra de la propia policía se convenció de haber encontrado al asesino.

Era un hombre que había trabajado en una funeraria. Le había escrito cartas sobre el caso. En ellas decía que un amigo suyo podía ser el asesino.

El psiquiatra decidió que el amigo no existía. Creía que el autor de las cartas tenía doble personalidad y que el amigo era su otro yo. Organizó su traslado a Los Ángeles. Agentes de una unidad especial de la policía lo retuvieron en un hotel y lo presionaron para que confesara.

El hombre logró tirar una nota por la ventana pidiendo ayuda. Llegó a un abogado.

El amigo resultó ser real. Lo encontraron y era inocente. Un periódico informó en 1949 de que una investigación había demostrado que el autor de las cartas estaba en otra ciudad, unos 600 km al norte, cuando mataron a Elizabeth Short.

El hombre demandó a la ciudad. Nunca fue acusado.

El gran jurado

El escándalo creció. En septiembre de 1949 un gran jurado de Los Ángeles empezó a examinar por qué la policía no había resuelto toda una serie de asesinatos de mujeres y niños en el condado, entre ellos el de Elizabeth Short.

El gran jurado escuchó a muchos testigos. Terminó sin acusar a nadie en su caso.

El micrófono en la pared

Luego llegó el episodio más famoso de todo el expediente. Permaneció en secreto 53 años.

En 1949 un conocido médico de Los Ángeles llamado George Hodel fue juzgado después de que su hija adolescente lo acusara de abusos. En diciembre de 1949 un jurado lo absolvió.

Los investigadores de la fiscalía no quedaron satisfechos. Estaba en su lista de sospechosos del caso de Elizabeth Short.

Del 15 de febrero al 27 de marzo de 1950, un equipo de 18 detectives de la fiscalía y de la policía colocó en secreto micrófonos en su casa de la ciudad. Escuchaban y mecanografiaban lo que oían.

El 18 de febrero de 1950, según la transcripción, dijo: "Supongamos que maté a la Dalia Negra. Ahora no podrían probarlo."

**Esas palabras son reales y constan por escrito. Qué significaban nunca se ha podido establecer.**

Nadie sabe si fue una confesión, una broma o el comentario amargo de un hombre que sabía que lo vigilaban. La escucha terminó. Nunca fue acusado del asesinato.

Más tarde, en 1950, se marchó de Estados Unidos y vivió unos 40 años en Asia. Murió en 1999, a los 91 años.

La transcripción, 146 páginas mecanografiadas, quedó en el archivo de la fiscalía. Se hizo pública solo en 2003. Para entonces las grabaciones originales habían desaparecido.

En qué punto está

Elizabeth Short fue enterrada en un cementerio del norte de California.

Su asesinato nunca se resolvió. Oficialmente el caso sigue abierto en la policía de Los Ángeles. Es uno de los asesinatos sin resolver más antiguos del condado. El FBI dice que no señala a ningún sospechoso y que probablemente el caso seguirá sin resolverse.

Hay razones claras para ello.

El solar fue pisoteado antes de que llegaran los detectives. Nunca se encontró el lugar donde la mataron de verdad. Cada objeto que envió el asesino fue limpiado con gasolina. Las huellas del sobre se estropearon. Los periódicos publicaron mentiras, y la policía las dejó correr, así que la información pública quedó contaminada desde la primera semana. Las grabaciones más famosas del expediente han desaparecido. Y todos los que podían responder a una pregunta en 1947 han muerto.

**Lo que se sabe: quién era, dónde la dejaron y cómo murió. Y que sus últimos 6 días son un vacío. Lo que no se sabe: dónde estuvo esos 6 días, dónde la mataron y quién lo hizo.**

Las teorías

Mucha gente ha escrito libros que señalan a un asesino. Ninguna de las personas señaladas fue acusada nunca de este crimen. Todas han muerto, y todas tienen derecho a la presunción de inocencia. Son teorías, no conclusiones.

**El médico.** Su hijo, antiguo detective de homicidios de la policía de Los Ángeles, publicó en 2003 un libro que sostiene que George Hodel fue el asesino. Se titula Black Dahlia Avenger (El vengador de la Dalia Negra). Los argumentos: la transcripción de 1950, su destreza médica y las comparaciones de letra y fotografías hechas por su hijo. En 2006 un alto fiscal adjunto del condado dijo públicamente que estaba impresionado y dio el caso por resuelto. El problema: la policía lo investigó durante un mes en 1950 y lo descartó. El detective entonces responsable del expediente no aceptó la teoría. Un autor posterior no encontró pruebas convincentes de que el médico hubiera conocido nunca a Elizabeth Short.

**El autor de las cartas.** Un libro de 2017 sostuvo que el hombre retenido en el hotel en 1949 era el asesino y que la corrupción policial lo protegió. Los argumentos: sus cartas mostraban un conocimiento poco común del caso, y había preparado cadáveres en una funeraria. El problema: una investigación de 1949 lo situó a unos 600 km, y otros investigadores rechazan por completo la relación con la corrupción.

**Un vínculo con otra serie.** Algunos autores han relacionado su muerte con los asesinatos de los torsos de Cleveland, en los años 30, en Ohio, donde también se cortaron cuerpos. El problema: ninguna prueba los une, y el método en Cleveland era distinto.

**Un padre señalado por su hija.** En los años 90 una mujer afirmó, a partir de recuerdos "recuperados" en terapia, que lo había hecho su difunto padre. El problema: la policía no encontró nada que lo respaldara, y miembros de su propia familia lo negaron.

79 años después, la pregunta sigue siendo la de aquella mañana de enero: ¿dónde estuvo Elizabeth Short durante 6 días, y quién estaba con ella?

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