El sótano del norte de Londres y el telegrama desde el mar
La última noche de enero de 1910, una mujer llamada Cora Crippen invitó a unos amigos a cenar.
Tenía unos 36 años. Había nacido en Nueva York y llevaba 13 años viviendo en Londres con su marido. Cantaba en los music halls con un nombre artístico. Su carrera nunca llegó a despegar del todo, pero amaba ese mundo, y las mujeres que trabajaban en él la querían. Era la tesorera de su club benéfico.
La casa era alquilada, de 3 plantas, en una calle tranquila del norte de Londres. Los invitados eran un veterano artista de music hall y su esposa. Hubo cena y luego cartas. Durante la noche el invitado se sintió mal, y la pareja se marchó pasada la medianoche.
Cora se despidió de ellos en la puerta. Su marido salió al frío a buscarles un coche de alquiler.
Es el último momento en que alguien de fuera de la casa la vio con vida.
Más tarde, la acusación sostuvo que murió en la madrugada del 1 de febrero de 1910, pocas horas después de que se fueran los invitados. Nadie pudo demostrar nunca la hora exacta. No hubo testigo, ni ruido, ni grito de auxilio.
Su marido era un estadounidense bajo y callado de 47 años, con gafas de montura dorada y un bigote fino. Se llamaba Hawley Harvey Crippen. Tenía un diploma de medicina homeopática de Estados Unidos. No tenía licencia para ejercer como médico en Gran Bretaña, pero todos lo llamaban "doctor" de todos modos. Vendía medicamentos patentados desde una oficina en el centro de Londres y era socio de un pequeño negocio dental.
En esa oficina trabajaba una mecanógrafa de veintitantos años. Desde hacía varios años era su amante.
Esta es la historia de una mujer que desapareció sin dejar rastro. De un detective de Scotland Yard que estuvo a un día de cerrar el caso. Y de un capitán de barco que, en medio del océano Atlántico, fue quien finalmente lo resolvió.
En una frase: una esposa desapareció, su marido dijo que se había ido a América y había muerto allí, y la policía tenía que averiguar si era verdad.
Empiezan las mentiras
El 2 de febrero, el día después de la cena, el club de mujeres recibió una carta. Estaba escrita en nombre de Cora, pero no con su letra. Decía que un pariente cercano había enfermado en América y que ella tenía que partir con pocas horas de aviso. Renunciaba a su cargo de tesorera.
Esa misma semana, el marido empeñó parte de sus joyas. En total obtuvo unas 195 libras, una suma enorme en aquella época. Otras piezas se las regaló a la mecanógrafa.
El 7 de febrero visitó a la pareja que había estado en la cena. Dijo que Cora se había ido directamente a California. Sus amigos se fijaron en ese detalle. Cora no tenía familia en California. Él sí.
El 20 de febrero hubo un baile benéfico de los artistas de music hall. Él fue con la mecanógrafa. Ella llevaba un broche en forma de sol naciente.
Varias mujeres en la sala conocían ese broche. Era de Cora.
Unas semanas después, la mecanógrafa se mudó a la casa.
En marzo la historia volvió a cambiar. Escribió a sus amigos que Cora estaba gravemente enferma en América, de neumonía. El 24 de marzo les llegó un telegrama. Decía que Cora había muerto el día anterior, a las 6.
En un periódico teatral apareció una breve nota necrológica. Él contaba que la habían incinerado y que le enviarían sus cenizas.
Las amigas que no se rindieron
Las mujeres del club no le creyeron.
Sus dudas eran pequeñas y prácticas. Cora nunca había mencionado a ningún pariente enfermo. Se había ido sin despedirse de nadie. Había dejado su ropa y sus joyas, que amaba casi más que nada. Y el hombre que supuestamente estaba de luto iba a bailes con una joven que llevaba el broche de su esposa.
Una de las socias pidió a un conocido que revisara las listas de pasajeros de los barcos que habían salido de Francia a principios de febrero. No encontró a Cora en ninguno. Y el barco que había nombrado el marido ni siquiera zarpó hacia América hasta el 12 de marzo.
El 30 de marzo, dos mujeres del club fueron a verlo a su oficina. Él les dijo que Cora había enfermado en el barco y había muerto al llegar. Les dio una dirección en América donde supuestamente había muerto. Resultó ser la dirección de su propio hijo adulto, de su primer matrimonio. Una de las mujeres escribió al hijo. La respuesta tardó un mes y no aclaró nada.
En junio, una pareja de artistas, íntimos amigos de Cora, volvió de una gira por Estados Unidos. Habían preguntado allí. Nadie había oído que Cora hubiera muerto.
El 28 de junio fueron a ver al marido. Le preguntaron dónde exactamente había muerto. Primero nombró una gran ciudad de California. Luego dijo que había sido un pueblo pequeño cerca de otra. Cuando le insistieron, dijo que no recordaba el nombre.
Dos días después, el 30 de junio de 1910, la pareja fue a Scotland Yard, la policía de Londres.
El inspector jefe le cree
El caso se asignó a un inspector jefe con mucha experiencia. De joven agente, en 1888, había trabajado en el este de Londres durante los crímenes de Jack el Destripador.
No se precipitó. Durante una semana entrevistó a las mujeres del club y escribió un informe a su superior. Señaló que las historias del marido se contradecían de un modo "de lo más extraordinario". Pero también escribió que no estaba seguro de que se hubiera cometido un delito. La gente miente sobre matrimonios infelices todo el tiempo.
La mañana del 8 de julio fue a la casa con un sargento. Les abrió la mecanógrafa. De allí, los dos detectives fueron a la oficina del marido.
Crippen no discutió. Según el relato del inspector jefe, dijo que suponía que era mejor contar la verdad. Admitió que todo lo que había dicho sobre la muerte de Cora era inventado.
Su nueva versión era esta. Cora lo había dejado. Muchas veces había amenazado con irse con otro hombre, un artista al que había conocido en América. El 1 de febrero, dijo, volvió del trabajo y ella ya no estaba. Para evitarse la vergüenza de ser un marido abandonado, inventó la enfermedad y la muerte.
La declaración duró horas. A mitad, los tres salieron a comer a un restaurante italiano cercano. El inspector jefe escribió después que Crippen se comió un filete como un hombre sin ninguna preocupación en el mundo.
Por la tarde volvieron juntos a la casa. El inspector jefe recorrió todas las habitaciones. Bajó también al sótano, donde se guardaba el carbón. No encontró nada.
Antes de irse, le dijo a Crippen que tendría que encontrar a Cora para aclarar el asunto. Juntos redactaron un anuncio para el periódico pidiéndole que se pusiera en contacto.
Esa noche el inspector jefe volvió a casa bastante tranquilo. Más tarde admitió que aquel hombre le había caído bien. Con los hechos que tenía delante, aquello parecía un matrimonio triste, no un asesinato. El caso estaba a punto de cerrarse.
Y entonces el doctor huye
A la mañana siguiente, el sábado 9 de julio, Crippen fue a su oficina como siempre.
Mandó a un empleado a comprar ropa de muchacho: un traje, camisas, una corbata y un sombrero. La mecanógrafa se cambió en la oficina. Los dos tomaron el metro, luego un tren hasta la costa y después el barco nocturno a Holanda. De allí siguieron a Bélgica.
En un hotel de Bélgica, Crippen firmó el registro como "John Robinson". La mecanógrafa pasó a ser su hijo, "John Robinson hijo".
Uno o dos días después, el inspector jefe volvió a la oficina con unas preguntas que quería cerrar. El empleado le dijo que el doctor se había ido el sábado con una maleta y no había vuelto.
Ese fue el momento en que el caso dio la vuelta. Hasta entonces, los investigadores tenían a un hombre que había mentido sobre su esposa. Ahora tenían a un hombre que había mentido sobre su esposa y que había huido del país al día siguiente de hablar con la policía.
Lo que había bajo el suelo del sótano
Los detectives volvieron a la casa y la registraron otra vez. Encontraron un revólver cargado. La registraron una tercera vez. Nada.
El 12 de julio, el empleado de la oficina les habló de la ropa de muchacho. El inspector jefe envió a los puertos una nueva descripción: la mujer podía ir vestida de chico.
El 13 de julio, el inspector jefe bajó al sótano del carbón por cuarta vez. Era un espacio pequeño y oscuro con suelo de ladrillo. Tomó un atizador y empezó a golpear y tantear los ladrillos, uno por uno.
En un punto, los ladrillos se movieron.
El sargento trajo una pala del jardín. Bajo los ladrillos había una capa de arcilla, y bajo la arcilla, cal. Y bajo la cal había restos humanos.
El olor era tan fuerte que los dos hombres tenían que subir una y otra vez al jardín para respirar. El inspector jefe había visto a una de las víctimas del Destripador en 1888. Más tarde dijo que esto era peor.
No encontraron un cuerpo entero. No había cabeza. No había brazos, ni piernas, ni un solo hueso. Lo que quedaba era una masa de carne y órganos del tronco. Quien lo hizo sabía cortar.
Entre los restos había algunos objetos. Un rulo de mujer con cabello decolorado todavía enrollado. Y trozos de la chaqueta de un pijama de hombre.
El 16 de julio se dictaron órdenes de arresto contra Crippen y la mecanógrafa. Sus fotografías llegaron a periódicos de toda Europa.
Un mensaje desde el mar
El 20 de julio, un barco llamado Montrose salió del puerto de Amberes, en Bélgica, rumbo a Quebec, en Canadá. La travesía era de más de 5.000 km y duraba unos 11 días. A bordo iban 266 pasajeros.
Dos de ellos eran el señor Robinson y su hijo.
El capitán era un hombre atento y leía los periódicos. Casi enseguida notó algo raro en aquel padre y aquel hijo. Los vio apretarse las manos, algo que un padre y un hijo no hacían. Los pantalones del muchacho quedaban demasiado ajustados en los sitios equivocados. El hombre tenía marcas en el puente de la nariz, como si llevara gafas habitualmente, y se dejaba crecer la barba sobre un bigote recién afeitado.
El capitán tomó una fotografía de Crippen de un periódico. Con tiza tapó el bigote y las gafas. La cara que quedó era la del señor Robinson.
El Montrose tenía algo que en 1910 tenían muy pocos barcos: telégrafo sin hilos. Podía enviar mensajes por el aire a estaciones en tierra, pero solo a unos cientos de kilómetros. El 22 de julio, justo antes de salir del alcance de la costa inglesa, el capitán hizo que su operador enviara un mensaje a su compañía en Inglaterra.
El mensaje decía, en resumen: tenía fuertes sospechas de que el asesino del sótano de Londres y su cómplice estaban entre los pasajeros. Sin bigote, dejándose barba. La cómplice iba vestida de chico, pero la voz, los modales y la complexión eran sin duda de una muchacha.
Esa misma noche el telegrama estaba en la mesa del inspector jefe.
Miró los horarios de los barcos. El Montrose era lento. Un transatlántico más rápido, el Laurentic, salía de Inglaterra al día siguiente hacia el mismo río de Canadá. Si lo tomaba, podía llegar primero.
Su superior le dio permiso esa misma noche. El 23 de julio zarpó con un nombre falso.
No logró guardar el secreto. En un día los periódicos ya lo sabían. Durante la semana siguiente, los lectores de Gran Bretaña y América siguieron la persecución cada mañana, con mapas que mostraban a los dos barcos cruzando el océano. Todo el mundo sabía lo que pasaba, salvo las dos personas a las que les estaba pasando. El Montrose ya estaba fuera de alcance. Crippen y la mecanógrafa no sabían nada.
Hacia el 27 de julio, el Laurentic adelantó al Montrose en medio del Atlántico. El inspector jefe llegó al río San Lorenzo, la entrada a Quebec, con un día y medio de ventaja.
La mañana del 31 de julio, el Montrose redujo la marcha en la desembocadura del río para recoger a un práctico local, como hacían todos los barcos. Una lancha se puso a su costado. Entre los hombres que subieron a bordo había uno con uniforme y gorra de práctico, acompañado de 2 policías canadienses.
El capitán mandó llamar al señor Robinson y lo subió a conocer a los prácticos. El hombre de la gorra de práctico le tendió la mano, se quitó la gorra y dijo: "Buenos días, doctor Crippen".
Según el propio relato del inspector jefe, Crippen respondió: "Gracias a Dios que se acabó. La tensión ha sido demasiado grande. No podía soportarlo más".
A la mecanógrafa la encontraron en su camarote, leyendo un libro. Cuando vio quién era, gritó y se desmayó.
Era la primera vez en la historia que un sospechoso de asesinato era capturado con ayuda del telégrafo sin hilos.
El juicio y los 27 minutos
El juicio se abrió en Londres el 18 de octubre de 1910 y duró 4 días. Todo el país lo seguía.
La acusación tenía que probar 2 cosas: que los restos eran de Cora y que su marido la había matado.
En lo primero, las pruebas vinieron de la ciencia. Un químico del Ministerio del Interior analizó los restos y encontró hioscina, un potente veneno vegetal que en dosis mínimas se usaba como sedante. Y los registros de la farmacia mostraban que el 19 de enero de 1910, 12 días antes de la cena, Crippen había comprado una gran cantidad en una farmacia del centro de Londres, cerca de un tercio de gramo. Había firmado por ella el libro de venenos. Era mucho más de lo que exigía cualquier uso médico normal.
La defensa dijo que los restos debían de haberse enterrado antes de que los Crippen se mudaran a la casa, en 1905. La chaqueta del pijama respondió a eso. La etiqueta era de una tienda de Londres, y un testigo del fabricante declaró que ese modelo no se había vendido antes de 1908.
Luego estaba la piel. Entre los restos había un trozo de piel de la parte baja del vientre, de unos 15 por 18 cm, con una marca. Cora se había operado en América años antes y tenía una cicatriz justo ahí. Su amiga la había visto. Un joven patólogo, al comienzo de su carrera, dijo al tribunal que la marca era una cicatriz quirúrgica.
La defensa presentó a 2 médicos que dijeron que era solo un pliegue de la piel. En el contrainterrogatorio, ambos admitieron que la habían examinado solo un momento, y ambos aceptaron ahora que era una cicatriz. El trozo de piel pasó entre los jurados en un plato.
Crippen declaró en persona y repitió que Cora lo había dejado. No pudo explicar el veneno, el pijama ni por qué había huido.
El jurado deliberó 27 minutos. El veredicto: culpable.
Unos días después, la mecanógrafa fue juzgada aparte como cómplice posterior al hecho. Fue absuelta.
Crippen fue ahorcado en una prisión de Londres el 23 de noviembre de 1910, a las 9 de la mañana. Pidió que las cartas y la fotografía de la mecanógrafa fueran enterradas con él, y el director de la prisión aceptó. En una última carta escribió que creía que un día saldrían a la luz hechos que demostrarían su inocencia.
Durante casi 100 años, ese fue el final de la historia.
Aquí el expediente se reabre
En 2007, un científico forense de una universidad de Estados Unidos anunció un resultado nuevo.
La Policía Metropolitana había conservado un portaobjetos de microscopio con una muestra de tejido del sótano, tomada del trozo de piel con la cicatriz. El equipo estadounidense extrajo ADN. Localizaron a 3 parientes vivos de Cora por la línea materna y compararon el ADN.
No coincidía.
Más tarde, el mismo equipo dijo que otras pruebas mostraban que el tejido del portaobjetos era de un hombre. También afirmaron haber encontrado folículos pilosos en el tejido, que una cicatriz verdadera no debería tener. El trabajo se publicó en una revista científica en 2010.
La noticia dio la vuelta al mundo. Se inició una campaña para un indulto póstumo. En 2009, el organismo oficial británico que revisa posibles errores judiciales dijo que no remitiría el caso al Tribunal de Apelación.
El nuevo resultado también fue cuestionado. Los críticos señalaron que se basaba en un solo portaobjetos, de unos 100 años, que el propio jefe del equipo había calificado de muestra "menos que óptima". Preguntaron si el portaobjetos venía realmente del sótano y si pudo contaminarse por las muchas personas que lo manipularon durante un siglo. El equipo respondió que sus pruebas eran claras.
El cabello del rulo, que podría zanjar la cuestión, se guarda en un museo policial de Londres. Según los últimos informes publicados, no se ha analizado.
**Aquí termina lo documentado: un hombre fue condenado por asesinar a su esposa, la mujer nunca volvió a ser vista, y una prueba moderna de ADN dice que la única muestra que queda del sótano no era de ella.**
Conclusiones y preguntas abiertas
La investigación en sí no está en duda. Cora desapareció. Su marido mintió sobre ello durante 5 meses, empeñó sus joyas, huyó con nombre falso con su amante disfrazada y había comprado un veneno que luego apareció en los restos bajo el suelo de su sótano. Nada de eso lo inventó el inspector jefe.
Lo que está en duda es un eslabón de la cadena: ¿de quién era el cuerpo?
**Los restos eran de Cora, y el veredicto fue correcto.** Las pruebas: el veneno que compró 12 días antes apareció en los restos. El pijama era de su casa y posterior a 1908. El cabello del rulo estaba decolorado, como el de ella. La cicatriz estaba donde estaba la suya. Y nadie volvió a ver a Cora, en ningún lugar, nunca. El problema: la única prueba moderna sobre la única muestra superviviente dice que el tejido no es de ella, y ni siquiera de una mujer.
**La prueba de ADN está equivocada, y el portaobjetos no es lo que parece.** Las pruebas: un solo portaobjetos de 100 años es una base frágil para anular un veredicto. Las etiquetas se confunden y las muestras viejas se contaminan. Varios expertos forenses hicieron exactamente esa crítica. El problema: el equipo dice que sus resultados son claros. Nadie ha demostrado todavía que el portaobjetos venga de otro sitio.
**Los restos eran de otra persona, y Cora se fue con vida.** Es lo que dijo Crippen en el juicio. El problema: entonces, ¿quién era el hombre enterrado bajo el sótano, lleno del mismo veneno que había comprado Crippen? ¿Y por qué Cora, que amaba el escenario y a sus amigas, nunca escribió a nadie, nunca volvió a actuar y no apareció ni siquiera cuando iban a ahorcar a su marido?
**Crippen mató a Cora, y el cuerpo era de otra víctima.** Algunos autores lo han sugerido como forma de encajar todos los hechos. El problema: exige 2 cuerpos, y no hay prueba de ninguno salvo el del sótano.
Lo que queda abierto es una pregunta que una sola prueba podría cerrar. Si se analizara el cabello del rulo y se comparara con los parientes de Cora, sabríamos mucho más.
Hasta entonces, el caso del sótano del norte de Londres sigue siendo un expediente raro, resuelto y sin resolver a la vez. El veredicto sigue en pie. El hombre fue ahorcado. Y la mujer que despidió a sus amigos en la puerta la última noche de enero de 1910 nunca ha sido encontrada, ni viva ni muerta, de un modo que todos acepten.