El Asesino de Green River: 19 años, 49 mujeres y un trozo de gasa
En el verano de 1982, las mujeres jóvenes empezaron a desaparecer de una carretera de Estados Unidos.
Era un tramo de autopista al sur de Seattle, una ciudad en el extremo noroeste del país, a unos 180 km de la frontera con Canadá. La carretera pasaba junto al aeropuerto internacional de la ciudad.
A lo largo de ella había moteles baratos, bares, locales de comida rápida y paradas de autobús. Camiones y taxis pasaban de día y de noche.
Muchas de las mujeres que caminaban por esa carretera eran muy jóvenes. Algunas se habían escapado de casa. Algunas ejercían la prostitución. Otras simplemente esperaban el autobús. Muchas tenían 15, 16 o 17 años.
Cuando una de ellas dejaba de volver, a menudo nadie lo denunciaba durante días. A veces nadie lo denunciaba nunca. La familia había perdido el contacto. Las amigas suponían que se había ido a otra ciudad.
Ese silencio es lo primero que hay que entender de este caso. El hombre que las mató elegía a mujeres que, según creía, nadie iba a buscar.
El río
El 15 de julio de 1982, unos niños que jugaban cerca de un pueblo al sur de Seattle encontraron un cuerpo en el Green River, un río lento que cruza campos y barrios de las afueras camino del mar.
Era una chica de 16 años. La habían estrangulado.
A mediados de agosto aparecieron más cuerpos en el mismo río. El 15 de agosto se encontraron 3 mujeres más, dentro del agua y en la orilla, en el mismo tramo.
5 en un solo mes.
Al día siguiente, el 16 de agosto de 1982, la oficina del sheriff del condado creó un equipo especial para encontrar al asesino. Se llamó Grupo Especial del Green River. Un periódico local escribió que era el mayor equipo policial de la región desde los tiempos de un tristemente famoso asesino en serie que había matado a mujeres jóvenes en la misma zona en los años 70.
Uno de los detectives que estuvo en el caso desde las primeras semanas era un investigador de homicidios de 31 años llamado Dave Reichert. Seguiría con él, en un papel u otro, durante 21 años.
Este es el caso en una frase: un hombre asesinó a decenas de mujeres jóvenes cerca de Seattle, se cruzó con la policía una y otra vez y quedó libre cada vez, y al final lo atrapó una muestra de su propia saliva que los detectives habían guardado durante 14 años.
Al asesino se le llamó el Asesino de Green River.
Después el río calló
Después de agosto de 1982, el asesino dejó de usar el río.
Las mujeres siguieron desapareciendo. Pero ahora los cuerpos aparecían en zonas boscosas: cerca del aeropuerto, junto a carreteras apartadas, a veces varios en el mismo lugar.
Algunos se encontraron en semanas. Otros años después, cuando solo quedaban huesos. Algunos no se han encontrado nunca.
La mayoría de los asesinatos ocurrió entre el verano de 1982 y la primavera de 1984. En esos 2 años, la lista de víctimas probables crecía cada pocos meses.
Los detectives se enfrentaban a problemas que hacían este caso distinto de un asesinato corriente.
La mayoría de los cuerpos se encontraba mucho después de la muerte, así que casi nunca estaba claro cuándo ni dónde habían matado a la mujer. Muchos habían pasado meses a la intemperie, y las fuertes lluvias de la región habían borrado las huellas.
De muchas víctimas nadie sabía quién las había visto por última vez, ni siquiera qué día habían desaparecido.
Y las personas que quizá habían visto algo, en la carretera y en los moteles, a menudo no confiaban en la policía y no querían hablar con ella.
El hombre equivocado
El primer sospechoso fuerte fue un taxista.
Había llevado a mujeres de la carretera por la ciudad, entre ellas a algunas de las víctimas. En 1982 llamó él mismo a la policía para ofrecer pistas sobre el caso.
A los detectives su interés les pareció sospechoso. Pasó a encabezar su lista.
Durante meses lo siguieron y lo vigilaron. Un antiguo agente de la unidad de inteligencia de la policía recordó más tarde "incontables horas" de vigilancia. Los periódicos publicaron su nombre.
Nunca fue acusado de nada. A finales de 1985, el FBI dijo al grupo que casi con seguridad no era el hombre que buscaban.
Era uno de la docena aproximada de hombres vigilados en aquellos años. Todos deben considerarse inocentes: ninguno fue acusado y las pruebas apuntaron después hacia otro lado. Cuando el verdadero asesino fue detenido en 2001, el antiguo taxista dijo a un periódico que se sentía reivindicado.
Mientras tanto, el hombre que de verdad lo había hecho ya se había cruzado con la policía.
El hombre de la camioneta
El 30 de abril de 1983 desapareció de la carretera una joven de 18 años.
Su novio no esperó a la policía. Recorrió la zona en coche buscándola.
Unos días después vio una camioneta aparcada delante de una casa. Se parecía a aquella en la que ella había subido la noche en que desapareció.
La casa era de un hombre llamado Gary Ridgway. Tenía 34 años. Llevaba años trabajando en una fábrica de camiones cerca de Seattle, pintando los camiones nuevos antes de que salieran de la planta.
Un detective fue a hablar con él. Dijo que no conocía a la joven. No había cuerpo ni pruebas, y no fue acusado.
Sus restos solo aparecerían 20 años después, en 2003, cuando él mismo llevó a los investigadores hasta el lugar.
En 1984, ese mismo hombre se puso en contacto con el grupo especial por su propia iniciativa. Dijo que tenía información que podía ayudar a la investigación.
El 2 de abril de 1984 se sometió a un polígrafo, un detector de mentiras. Lo superó.
Durante años, ese resultado ayudó a mantenerlo bajo en la lista de sospechosos.
Un polígrafo no detecta mentiras. Mide señales de nerviosismo: el pulso, la respiración y el sudor. Hay personas que apenas muestran nerviosismo cuando mienten. Por eso, los tribunales de Estados Unidos en general no aceptan sus resultados como prueba.
Pero para un equipo que se ahogaba en nombres, una prueba superada era un motivo para buscar en otra parte. Y eso hicieron.
También en 1984 llegó ayuda desde un lugar extraño.
El famoso asesino en serie que había matado a mujeres jóvenes en la misma región en los años 70 estaba ahora en el corredor de la muerte en Florida. Escribió al grupo y se ofreció a compartir lo que pensaba del asesino desconocido.
A finales de 1984, 2 detectives volaron a Florida para interrogarlo. Uno de ellos era Reichert.
El preso les dijo que el asesino probablemente volvía a los lugares donde dejaba los cuerpos. Les sugirió vigilar cualquier lugar donde apareciera un cuerpo reciente.
Años después, la confesión del propio asesino demostró que era cierto. Sí volvía junto a los cuerpos.
Al mismo tiempo, un perfilador del FBI redactó un perfil psicológico del desconocido: su edad probable, sus costumbres, su forma de vida.
Nada de eso dio un nombre. Solo describía qué clase de hombre buscaban.
1987: la gasa
En 1987 los detectives sabían más sobre el hombre de la camioneta.
Según la información disponible, había sido la última persona vista con 2 de las mujeres desaparecidas. Los recibos de su tarjeta de crédito mostraban que compraba mucha gasolina en los periodos en que desaparecían mujeres. Es decir, conducía mucho.
El 8 de abril de 1987, los detectives registraron su casa y sus vehículos. No encontraron nada que pudiera llevarse a un tribunal.
Pero una orden judicial les permitió tomarle muestras. Le tomaron cabello. Y le dieron un pequeño trozo de gasa para que lo mordiera, para recoger su saliva.
En 1987, ese trozo de gasa era casi inútil.
Las pruebas de ADN eran muy nuevas. Las de aquella época necesitaban bastante material. Y las muestras tomadas de los cuerpos de las víctimas en 1982 eran diminutas.
Una prueba podía gastar toda la evidencia y aun así no dar respuesta. Los detectives tenían un solo intento y lo sabían. Como dijo después el sheriff, "sentíamos que teníamos prácticamente un solo disparo".
Así que hicieron lo único que podían hacer. Guardaron las muestras con cuidado y esperaron.
Pasaron los años.
El grupo ya había gastado más de 15 millones de dólares. Había comprado un ordenador de 200.000 dólares para ordenar las pistas, que se contaban por cientos, si no por miles. Los periódicos lo criticaban por su coste y su falta de resultados.
A finales de los años 80, la mayoría de los detectives había pasado a otros casos.
En julio de 1991, el grupo quedó reducido a un solo investigador.
Durante los 10 años siguientes, la mayor investigación de asesinatos de la historia de la región fue un detective y unas cajas de expedientes y pruebas. Él las mantuvo en orden. No dejó que se tirara nada.
El sheriff reabre el caso
En 1997, Reichert, el joven detective de 1982, fue elegido sheriff del condado. Ahora dirigía todo el departamento.
Para entonces la ciencia del ADN había cambiado. Un método más nuevo podía obtener un perfil a partir de muy poco material y compararlo con otros.
En 2001, el último detective que quedaba decidió que había llegado el momento de usar ese único disparo.
En marzo de 2001 envió las pruebas antiguas al laboratorio forense del estado: muestras de semen tomadas de las víctimas en 1982, junto con saliva y sangre de 3 hombres que habían sido sospechosos. Una de las muestras de saliva era la gasa de 1987.
Una científica del laboratorio lo describió después como "un último intento desesperado".
Unos meses después llegó el resultado.
El ADN del semen tomado de 3 de las mujeres encontradas en el río en agosto de 1982 coincidía con la saliva de la gasa.
Aquel hombre estaba en los archivos de la policía desde 1983.
Los detectives no actuaron de inmediato. Lo siguieron y prepararon el caso.
El 30 de noviembre de 2001, hacia las 3 de la tarde, Gary Ridgway fue detenido al salir del trabajo en la fábrica de camiones. Había trabajado allí más de 30 años. Ahora tenía 52.
Fue acusado de los asesinatos de 4 de las primeras víctimas: las 3 vinculadas por el ADN y una cuarta mujer relacionada con él por otras pruebas.
Dos semanas después, el sheriff reunió a 11 investigadores para trabajar en el caso a tiempo completo. Por primera vez en 10 años, el grupo volvía a ser un equipo de verdad.
La pintura
El ADN cubría solo a 3 mujeres. En la mayoría de los demás casos, el río y la lluvia lo habían borrado casi todo.
Los investigadores volvieron a una pista que nadie había examinado.
En la ropa alrededor del cuello de la primera víctima, la chica de 16 años encontrada en julio de 1982, había restos de pintura en spray. Durante 20 años nadie los había analizado.
Ahora unos científicos observaron la pintura con un microscopio potente. Encontraron esferas diminutas de pintura, el polvo que flota en el aire donde se pinta con pistola.
Las esferas coincidían con una marca y una composición concretas de pintura que se usaba en la fábrica de camiones en los años en que mataron a esas mujeres.
En marzo de 2003, la fiscalía añadió 3 asesinatos más a la acusación gracias a ese polvo de pintura. La primera víctima era uno de ellos.
Si la pintura se hubiera analizado en 1982, los investigadores habrían podido relacionar los asesinatos con un pintor de camiones mucho antes.
El acuerdo
La fiscalía tenía ahora un caso por 7 asesinatos.
Pero decenas de familias seguían sin respuestas. Algunas ni siquiera tenían un cuerpo que enterrar.
Así que la fiscalía hizo un acuerdo que todavía hoy se discute. No se le pediría la pena de muerte. A cambio, tenía que confesar cada asesinato que hubiera cometido, responder a todas las preguntas y llevar a los investigadores hasta los restos.
Durante 5 meses lo interrogaron policías y fiscales. Llevó a los detectives al bosque y les mostró dónde había dejado los cuerpos.
En agosto y septiembre de 2003 se recuperaron los restos de varias mujeres. Entre ellas estaba la joven de 18 años desaparecida en abril de 1983, aquella cuyo novio había encontrado la camioneta.
El 5 de noviembre de 2003, Gary Ridgway se declaró culpable de 48 asesinatos. 42 de ellos ya estaban en la lista de víctimas probables del grupo.
El fiscal jefe del condado explicó por qué había aceptado. Sin el acuerdo, dijo, podrían haber ido a juicio por 7 cargos, y eso era todo lo que podían esperar resolver.
El 18 de diciembre de 2003, un juez lo condenó a 48 cadenas perpetuas consecutivas, sin posibilidad de libertad.
En 2011 se identificaron los restos de otra joven, y se declaró culpable de un asesinato número 49. Las condenas abarcan crímenes de 1982 a 1998.
Aquí termina lo que se sabe
En sus interrogatorios grabados dio cifras distintas. Primero afirmó 65 asesinatos. Después dijo 71.
**49 asesinatos están probados ante un tribunal. Cualquier cifra por encima de 49 sale solo de su boca, y nadie ha podido confirmarla.**
Algunas mujeres de la vieja lista de desaparecidas nunca se han encontrado.
El trabajo de poner nombre a los restos no se ha detenido. En 2005 se encontró un cráneo en el bosque al este de Seattle y se identificó como una de las desaparecidas. En diciembre de 2023, una prueba de ADN identificó a una víctima más.
Así que la historia de la investigación está completa: se sabe quién lo hizo, cómo lo encontraron y por qué tardaron tanto. Lo que no está completo es la lista de las muertas.
Conclusiones y preguntas abiertas
Hoy este caso se enseña como una lección: cómo un asesino puede estar a la vista de todos durante 19 años. Quienes lo han estudiado señalan varios fallos. Cada explicación tiene su fuerza y su límite.
**La ciencia no estaba lista.** La prueba: la saliva se tomó en 1987, y el análisis capaz de leerla llegó a finales de los años 90. Los propios investigadores dijeron que tenían un solo intento y no podían desperdiciarlo. El problema: eso explica el retraso del ADN, pero no el de la pintura. Esa pista estaba en la ropa de la primera víctima desde el primer día, y solo hacía falta un microscopio.
**El polígrafo los despistó.** La prueba: después de superarlo en 1984, durante años no fue tratado como sospechoso principal. El problema: no podemos saber cuánto peso le dieron de verdad los detectives. Aun así registraron su casa en 1987, así que no lo habían olvidado.
**Se dedicó demasiada atención al hombre equivocado.** La prueba: durante meses se invirtieron personas y dinero en vigilar a un taxista que nunca fue acusado y que luego quedó descartado. El problema: en 1982 era razonable investigarlo. Un equipo tiene que investigar a quien se mete en un caso por su cuenta. El error no fue investigarlo, sino lo que se tardó en descartarlo.
**Las víctimas no fueron una prioridad.** La prueba: muchas de las mujeres eran jóvenes, pobres y trabajaban en la calle. Sus desapariciones se denunciaban tarde o nunca, y el propio asesino dijo que las elegía justo por eso. El problema: el grupo fue el mayor que la región había visto. Es difícil decir que a la policía no le importara. Es más fácil decir que al mundo que rodeaba a las víctimas no le importaba.
**¿Fue correcto el acuerdo?** A favor: decenas de familias recibieron respuestas y restos que nunca habrían tenido. Sin el acuerdo, se podían llevar a juicio 7 casos. En contra: los críticos dijeron que un hombre que mató a tantas personas no debía escapar de la pena de muerte, y que no se puede confiar del todo en una confesión hecha a cambio de un acuerdo.
Y las preguntas que siguen abiertas:
¿A cuántas mujeres mató realmente? El tribunal dice 49. Él dijo 71. Nadie puede demostrar que ninguna de las dos cifras sea falsa.
¿Hubo en aquellos años mujeres cuyos nombres nunca figuraron en ninguna lista, porque nadie denunció su desaparición?
¿Y cuántos casos de la vieja lista se cerrarán algún día, ahora que el hombre que conoce las respuestas ya no tiene ningún motivo para hablar?