UN CASO REAL
En disputa

Plumas en el ventilador: el asesinato de sir Harry Oakes, Nassau 1943

2026-11-03 · · Crímenes sin resolver · 12 min de lectura

La noche del miércoles 7 de julio de 1943, sir Harry Oakes tenía invitados en su casa de Nassau, la capital de las Bahamas.

Nassau es una pequeña ciudad en una isla situada a unos 300 km al este de Miami, en Estados Unidos. En 1943 era una tranquila colonia británica, llena de gente rica que había llegado por el sol y por los impuestos bajos.

Harry Oakes era el más rico de todos. Tenía 68 años.

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Su casa se llamaba Westbourne. Estaba junto al mar, a poca distancia en coche del centro.

Esa noche llegaron unas cuantas personas a cenar y a jugar a las cartas. Había vecinos, y estaba la sobrina de su mejor amigo. El propio amigo, un comerciante de bienes raíces de la isla, también estaba allí.

Era una noche pesada y húmeda. Se estaba formando una tormenta sobre la isla.

A las 11 de la noche todos los invitados se habían ido. Solo se quedó el amigo. Por la lluvia, Harry Oakes le ofreció una habitación de huéspedes, y él aceptó. Su cuarto estaba en el piso de arriba, en el mismo porche que el dormitorio de Harry Oakes.

Los dos hombres hablaron un rato. Después Harry Oakes se fue a dormir.

Aparte de su asesino, nadie volvió a verlo con vida.

Los médicos que examinaron el cuerpo fijaron después la hora de la muerte entre las 2 y las 5 de la madrugada, en lo peor de la tormenta.

La mañana del 8 de julio

Hacia las 7 de la mañana, el amigo se levantó y fue al cuarto de Harry Oakes para preguntarle por el desayuno.

Encontró a Harry Oakes tendido en la cama. El cuerpo estaba quemado en parte. La cama y el mosquitero que la rodeaba estaban chamuscados.

Tenía 4 heridas detrás de la oreja izquierda, hechas con una herramienta afilada y puntiaguda. El cráneo estaba fracturado.

Alguien había echado un líquido inflamable sobre el cuerpo, probablemente un insecticida, y le había prendido fuego. Las quemaduras eran peores alrededor de los ojos.

Y había plumas. Alguien había rajado una almohada y había esparcido las plumas sobre el cuerpo. Cuando el amigo entró, el ventilador eléctrico seguía encendido, y las plumas volaban sobre el muerto.

El amigo contó después en el tribunal que al principio creyó que Harry Oakes seguía vivo. Le levantó la cabeza, le dio agua y le limpió la sangre de la cara con una toalla.

Luego fue al teléfono.

Quién era Harry Oakes

Para entender por qué esta muerte sacudió a todo un imperio, hay que saber quién era el muerto.

Harry Oakes nació en 1874 en el estado de Maine, en el noreste de Estados Unidos. Estudió medicina 2 años y lo dejó.

En 1898 se fue al norte, a la fiebre del oro de Alaska. Durante unos 15 años siguió fiebres del oro por todo el mundo: California, Sudamérica, Australia. No encontró nada.

Entonces, en Canadá, en el extremo norte de la provincia de Ontario, cerca de un pequeño pueblo minero llamado Kirkland Lake, por fin dio con el oro. En 1918 su concesión se convirtió en la mina Lake Shore, una de las minas de oro más productivas del hemisferio occidental.

Casi de la noche a la mañana, un buscador pobre se convirtió en uno de los hombres más ricos del mundo.

Se casó, tuvo hijos y vivió en Canadá. Pero Canadá quería una gran parte de sus ingresos en impuestos. En los años 30 trasladó su fortuna y a su familia a las Bahamas, donde los impuestos eran bajos.

Donó grandes sumas a obras de caridad, entre ellas a un hospital de Londres. En 1939 el rey británico le concedió un título hereditario, el de baronet. Desde entonces fue sir Harry Oakes.

En las Bahamas era dueño de tierras, hoteles, un aeródromo y una gran parte de la propia Nassau. Era tosco, ruidoso e impaciente. También era el mayor empleador de la isla.

El yerno

En 1942, con apenas 18 años, su hija mayor, Nancy, se casó con un hombre al que él no soportaba.

Se llamaba Alfred de Marigny. Todos lo llamaban Freddie. Era de la isla Mauricio, en el océano Índico. Tenía 32 años, se había divorciado 2 veces, era aficionado a la vela, encantador, y usaba el título de conde.

Harry Oakes creía que se había casado con Nancy por dinero. Los dos hombres habían discutido abiertamente, y toda la ciudad lo sabía.

La noche del asesinato, Alfred de Marigny daba su propia cena en su propia casa, a pocos kilómetros. Varios invitados dijeron después que estuvo con ellos y que, ya tarde, llevó a 2 mujeres a casa en coche.

Esa noche Nancy no estaba en la isla. Así que, una vez que se fueron sus invitados, nadie podía decir dónde estuvo Alfred de Marigny el resto de la noche.

Un gobernador toma el mando

Aquí el caso dio su primer giro extraño.

El gobernador de las Bahamas en 1943 no era un funcionario cualquiera. Era el antiguo rey de Gran Bretaña, que había renunciado al trono en 1936 para casarse con una estadounidense. Durante la guerra lo habían enviado a gobernar estas islas, lejos de Europa.

Conocía bien a Harry Oakes. Cuando supo de la muerte, tomó personalmente el control de la investigación, algo muy poco habitual en un gobernador.

Primero intentó impedir que se publicara la noticia. No funcionó. El dueño del principal periódico de las Bahamas, que había sido amigo de Harry Oakes, publicó la historia en cuestión de horas, y dio la vuelta al mundo.

El gobernador no confiaba en la pequeña policía de Nassau. Por la guerra, era difícil traer detectives de Scotland Yard desde Londres. Así que llamó a Miami y pidió a 2 capitanes de la policía estadounidense a los que conocía. Uno de ellos lo había escoltado una vez durante una visita a Miami.

Los 2 capitanes llegaron en avión ese mismo día.

**A partir de este momento, casi todo en la investigación sería impugnado después en el tribunal.**

Cómo se trató la escena

A los 2 capitanes de Miami los presentaron como expertos en huellas dactilares. Llegaron sin la cámara especial con la que se fotografían las huellas en la escena de un crimen. Según un relato, también habían olvidado en Miami sus equipos de huellas.

La policía de Nassau tampoco tenía ese material.

El dormitorio no se precintó. En las horas siguientes, funcionarios y empresarios de la isla pudieron recorrer la casa y mirar la cama donde había estado el cuerpo. Nadie les impidió tocar las cosas.

En esa casa había pistas reales.

Había huellas de barro en la escalera que subía al dormitorio.

Había la huella de una mano ensangrentada en la pared, junto a la cama.

Junto a la cama había un biombo chino plegable, con manchas de sangre y huellas dactilares.

Se fotografió la huella de la mano. Después se supo que las placas fotográficas se habían expuesto a la luz del día y se habían estropeado. Y más tarde la huella misma fue lavada de la pared.

Nunca se ha sabido de quién era esa mano.

En el cuerpo también había ampollas que los médicos no pudieron explicar. No parecían causadas por el fuego.

36 horas

Los capitanes interrogaron al personal de la casa y a los invitados. Interrogaron al amigo que había dormido al fondo del pasillo. Dijo que se despertó por la noche por la tormenta, pero que no oyó nada raro. No vio fuego ni olió humo.

Después interrogaron al yerno.

Hablaron con él durante horas. Durante el interrogatorio le dieron un vaso de agua.

Le examinaron las manos y la barba, y dijeron que habían encontrado pelos chamuscados. Alfred de Marigny dijo que tenía fácil explicación: encendía puros, había encendido velas en su cena y le gustaba cocinar.

La noche del 9 de julio, unas 36 horas después del hallazgo del cuerpo, la policía detuvo a Alfred de Marigny y lo acusó del asesinato de Harry Oakes.

La acusación era sencilla. Odiaba a su suegro. Había estado cerca de la casa esa noche. Tenía pelos quemados en los brazos. Y, según los capitanes, su huella dactilar estaba en el biombo chino junto a la cama.

En las Bahamas de 1943, el asesinato se castigaba con la muerte. Ya se había encargado una soga para la horca.

La esposa que no lo creyó

Nancy de Marigny volvió a casa y se puso del lado de su marido.

Contrató a un conocido detective privado de Nueva York con su equipo, y a un abogado defensor de las Bahamas. Pidió que su marido pasara una prueba con el detector de mentiras.

Cuando su detective llegó a la casa, encontró a policías limpiando las paredes. La huella de la mano y otras marcas estaban siendo borradas a fondo.

El juicio comenzó el 18 de octubre de 1943 en el Tribunal Supremo de las Bahamas, en Nassau. Duró semanas, y llegaron periodistas de todo el mundo. Fue el juicio más famoso de los años de la guerra, aparte de la guerra misma.

La huella se desmorona

El centro de la acusación era la huella. Uno de los 2 capitanes de Miami dijo que el meñique de la mano derecha de Alfred de Marigny había dejado su marca en el biombo chino.

En el contrainterrogatorio, la historia se vino abajo pieza a pieza.

El capitán dijo que había identificado la huella el 9 de julio. Su propio compañero dijo al tribunal que no supo de ella hasta el 19 o el 20 de julio, 10 días más tarde.

La huella no se fotografió en el biombo, donde supuestamente se encontró. Se levantó con cinta adhesiva, un método que destruía la marca original. Así que no había forma de mostrar en qué parte del biombo estaba, ni siquiera de demostrar que hubiera estado en el biombo.

Un experto en huellas llamado por la defensa señaló algo más. El biombo tenía un dibujo pintado. Si la huella se hubiera levantado del biombo, alrededor de ella deberían verse restos de ese dibujo. No se veían.

La defensa se lo planteó al capitán sin rodeos: la huella no venía del biombo. Venía del vaso de agua que Alfred de Marigny había sostenido durante el interrogatorio. El capitán lo negó.

El capitán también había dicho al tribunal que tomó las huellas de todos los que entraron en el dormitorio. Luego admitió que no era cierto. Se habían tomado decenas de otras huellas, y semanas después muchas aún no se habían examinado.

El amigo que durmió al fondo del pasillo era el principal testigo de la acusación. Su declaración tampoco salió bien. Un policía de Nassau juró que lo había visto esa noche en el centro de la ciudad, hacia la medianoche, dentro de un coche. El amigo lo negó y dijo que nunca salió de la casa.

El veredicto

El 12 de noviembre de 1943, los 12 miembros del jurado se retiraron a deliberar.

Volvieron en menos de 2 horas. Por 9 votos contra 3, Alfred de Marigny fue declarado no culpable.

Ese mismo jurado hizo después algo inusual. Los 12 recomendaron que fuera expulsado de las Bahamas. Poco después lo expulsaron, y se marchó a Cuba con Nancy.

El matrimonio no sobrevivió. La pareja se separó en 1945 y se divorció en 1949.

**Tras la absolución, nadie más fue acusado nunca del asesinato de Harry Oakes. No hubo más procesos judiciales.**

El gobernador se las arregló para estar fuera de las Bahamas durante el juicio, así que nunca lo llamaron como testigo. No habló públicamente del caso en el resto de su vida.

Los intentos posteriores

El caso no desapareció.

Según un autor posterior, Scotland Yard volvió a estudiar el caso unos 4 años después del juicio. Esa revisión nunca condujo a una nueva acusación.

En mayo de 1959, 16 años después del asesinato, un diputado del parlamento de las Bahamas, que además dirigía un periódico local, se levantó en la Cámara. Dijo que había pruebas nuevas y que podía dar el nombre del asesino. La Cámara votó a favor de reabrir el caso.

El detective de Nueva York que había trabajado para la defensa debía ser la fuente de las nuevas pruebas. Dijo que no tenía ninguna y se negó a volver a las Bahamas.

El antiguo gobernador, que entonces vivía en París, fue invitado a declarar. Se negó.

La noche del 14 de junio de 1959 dispararon contra la casa del diputado mientras él estaba acostado en el piso de arriba. La policía recuperó 2 balas. Las crónicas hablan de 3 disparos en total. No resultó herido. Después de eso, el intento de reabrir el caso se apagó.

Hay además una nota más oscura. Algunos relatos dicen que una estadounidense que había hecho preguntas sobre el caso Oakes en Nassau apareció muerta en el fondo de un pozo. Las fuentes no coinciden en el año, 1950 o 1952, y nunca se demostró relación alguna con el asesinato.

Dónde está el caso

El asesinato de sir Harry Oakes sigue oficialmente sin resolver.

Las pruebas que podrían haberlo aclarado han desaparecido. La huella de la mano en la pared se fotografió en placas que se estropearon, y después se lavó. Las huellas de barro de la escalera nunca se compararon con nadie. Los visitantes recorrieron la escena antes de que se examinara como es debido. Y la única prueba física que llegó al tribunal, la huella dactilar, resultó poco fiable.

Todos los implicados han muerto. Alfred de Marigny murió en 1998. El amigo que encontró el cuerpo murió en 1973. El antiguo rey murió en 1972.

Las teorías

Cada una de las teorías siguientes es solo una teoría. Ninguna se puso a prueba en un tribunal.

**La teoría de los casinos.** Libros publicados en 1972 y 1988 sostuvieron que a Harry Oakes lo mataron socios de un jefe del crimen organizado estadounidense que quería abrir casinos en las Bahamas, y que Harry Oakes se interponía. El problema: ninguna prueba directa ha vinculado jamás a un gánster concreto con la casa esa noche.

**El amigo de la habitación de huéspedes.** Un autor escribió que el amigo que durmió al fondo del pasillo trajo a alguien para cometer el crimen, y que años después dijo a personas cercanas que había participado. Otro autor escribió en 2005 que empresarios locales, entre ellos el amigo, actuaron para impedir que Harry Oakes sacara su fortuna de las Bahamas hacia México. Un libro de 2021 señaló que unos 15 millones de dólares de la fortuna nunca aparecieron. El problema: el amigo nunca fue acusado, y su relato de la noche, aunque se puso en duda, nunca fue refutado.

**El dinero de la guerra.** Algunos autores señalaron a un millonario sueco que vivía en Nassau, sospechoso de tener lazos con la Alemania nazi, y a transferencias secretas de dinero durante la guerra. El problema: esto se basa en sospechas sobre negocios de guerra, no en pruebas de la escena.

**Al final, el yerno.** Un libro de 2006 sostuvo que Alfred de Marigny fue el asesino, citando la revisión posterior de Scotland Yard. El problema: un jurado escuchó todo el caso contra él y lo absolvió. Ante la ley es inocente, y debe considerarse inocente.

Lo seguro es poco. Un hombre se acostó durante una tormenta. Por la mañana estaba muerto, quemado y cubierto de plumas. Y los investigadores enviados a encontrar a su asesino perdieron las pruebas que habrían podido señalarlo.

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