En disputa

Las luces de Colares: la Fuerza Aérea brasileña y el chupa-chupa

2026-08-09 · Objetos no identificados (OVNI) · 8 min de lectura

Colares es un pequeño municipio insular del estado de Pará, en el norte de Brasil, situado en las anchas aguas salobres donde el Amazonas se encuentra con el Atlántico. En 1977 era una comunidad pesquera de unos pocos miles de personas. Muchas casas eran de madera, con techos de teja o de hoja de palma, el suministro eléctrico era limitado y las noches muy oscuras.

En la segunda mitad de aquel año, los vecinos empezaron a informar de luces extrañas sobre el agua y sobre el pueblo. Al principio los relatos eran del tipo habitual: resplandores que se desplazaban bajos sobre el río, objetos que se detenían y cambiaban de rumbo, luces que aparecían sobre los manglares. Después, los relatos cambiaron de naturaleza.

La gente contaba que de noche un haz de luz entraba en sus casas, por el tejado o por una ventana, y se posaba sobre una persona. Las descripciones eran lo bastante coherentes como para formar un patrón. El haz era estrecho e intensamente brillante. Solía alcanzar el pecho, a veces la cara. La persona no podía moverse mientras la luz estaba sobre ella. Había una sensación de calor más que un dolor agudo, y a veces un ruido exterior parecido a un enjambre de insectos o a un zumbido grave. Después, la víctima se sentía vaciada, mareada y débil, a veces durante días.

Como parecía que los haces extraían algo de las personas, el fenómeno recibió el nombre local de chupa-chupa, del verbo portugués chupar.

Los relatos no se limitaron a Colares. Llegaron testimonios similares de Vigia, en tierra firme, de la isla de Mosqueiro, de Baía do Sol y de aldeas a lo largo del río Pará. A lo largo de varios meses, cientos de personas dijeron haber visto las luces, y decenas afirmaron haber sido alcanzadas por ellas.

La respuesta del pueblo fue colectiva y desesperada. Las familias dejaron de dormir solas. Se encendieron hogueras en las playas y a lo largo de la orilla, se golpearon tambores y cacerolas y se lanzaron fuegos artificiales con la idea de que el ruido y la luz mantendrían alejados a los objetos. Se tocaron las campanas de la iglesia. Las vigilias nocturnas se hicieron rutina. Varias familias abandonaron la isla y el alcalde de Colares pidió ayuda a las autoridades del estado.

En el centro de la vertiente médica del caso está la doctora Wellaide Cecim Carvalho de Oliveira, la médica que entonces dirigía el puesto de salud de la isla. Examinó y trató a un grupo de pacientes, cifrado habitualmente en unos treinta y cinco, que decían haber sido alcanzados por la luz. Su descripción de lo que vio se ha repetido en entrevistas durante décadas y es la parte más concreta de todo el asunto.

Las lesiones, dijo, estaban en la cara o en la parte alta del tórax. Comenzaban con un enrojecimiento intenso de la piel en la zona afectada. El vello sobre la lesión se caía y la piel se oscurecía después. Casi no había dolor, solo una sensación de calor. En el centro de la zona afectada encontraba marcas de punción muy pequeñas en la piel, normalmente dos, juntas. Sus pacientes presentaban cefaleas, mareos, temblores, tensión baja, debilidad y, según su relato, un cuadro parecido a la anemia. Dijo que las lesiones le recordaban más a daños por radiación que a quemaduras corrientes, y que no tenía explicación para lo que las había causado.

Para entonces el asunto había llegado a la Fuerza Aérea brasileña. En el otoño de 1977, el Primer Comando Aéreo Regional, con sede en Belém, abrió una investigación con el nombre en clave Operação Prato, Operación Plato. Brasil vivía entonces bajo un gobierno militar, y la operación fue clasificada desde el principio.

Se puso al mando al capitán Uyrangê Bolivar Soares Nogueira de Hollanda Lima. Hollanda llevó a Colares un equipo reducido, descrito por lo general como cinco o seis sargentos. Alquilaron una casa en el pueblo, reclutaron informantes locales y trabajaron sobre todo de noche. El equipamiento era modesto: cámaras con teleobjetivo, prismáticos, cuadernos y cuestionarios normalizados. Hollanda diría después que, en contra de lo que suele contarse, el equipo no disponía de radar. Sus hombres entrevistaron a testigos, rellenaron formularios, fotografiaron luces sobre el agua y llevaron registros nocturnos de observación.

La operación se desarrolló por fases en los últimos meses de 1977, con un periodo central documentado entre finales de octubre y principios de diciembre, y se cerró a comienzos de 1978. El expediente subió por la cadena de mando y quedó archivado. La posición oficial posterior fue que no se había establecido ningún fenómeno anómalo. El material se guardó como secreto y se esperaba que los oficiales implicados no hablaran de él.

Durante veinte años Hollanda no habló. Entonces, en 1997, accedió a hablar con Ademar José Gevaerd y Marco Antônio Petit, editores de la brasileña Revista UFO. En una larga entrevista grabada dio su propia versión de la operación. Dijo que su equipo había observado objetos a corta distancia en múltiples ocasiones, que algunos se habían acercado mucho al suelo y a sus hombres, que varios de sus sargentos quedaron muy asustados y que él había llegado a creer que se trataba de aparatos estructurados bajo control inteligente y de origen no humano. Afirmó que la operación había producido más de dos mil páginas de documentación, más de quinientas fotografías y unas dieciséis horas de película. Dijo también que se le había ordenado guardar silencio.

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Poco después de la entrevista, Hollanda fue hallado muerto en su casa. Estaba ahorcado con el cinturón de su albornoz, y la muerte se registró oficialmente como suicidio por asfixia. En la entrevista había hablado del peso psicológico que le dejó aquel encargo.

El rastro documental salió a la luz despacio. Desde 2004, investigadores brasileños presionaron para que se liberaran expedientes militares sobre ovnis cuyos plazos de clasificación habían vencido. El Ministerio de Defensa dio curso a las peticiones y en 2009 la Fuerza Aérea transfirió un conjunto de material de la Operação Prato al Archivo Nacional de Río de Janeiro. El fondo incluye informes de misión, correspondencia, cuestionarios de testigos, bocetos a mano de los objetos y una selección de fotografías, y puede consultarse públicamente. Las dieciséis horas de película que describió Hollanda nunca se han hecho públicas.

Conclusiones y preguntas abiertas

Colares sigue realmente sin resolver, y compiten varias explicaciones, cada una con un punto débil que sus defensores no han cerrado.

La conclusión oficial de la Fuerza Aérea fue que no se había establecido ningún fenómeno inusual. Su debilidad es interna: la institución dedicó un oficial, un equipo y meses de noches al problema, clasificó el resultado, y su propio oficial al mando contradijo públicamente esa conclusión dos décadas más tarde. Una conclusión negativa que exige secreto invita a preguntas.

La teoría convencional más sólida es la enfermedad psicógena masiva. Según esta lectura, una comunidad aislada bajo tensión, preparada por los rumores y por noches de luces genuinamente inexplicadas, generó una ola de síntomas que se realimentaba, donde la ansiedad, el insomnio y la hiperventilación explicarían los mareos y la debilidad. Su punto débil es dermatológico. No explica cómodamente el enrojecimiento seguido de caída del vello y oscurecimiento de la piel, ni las marcas de punción emparejadas, en decenas de pacientes examinados por una médica en ejercicio sin interés alguno en una respuesta exótica.

Una línea relacionada sostiene que las luces mismas eran ordinarias: lámparas de barcos pesqueros, aviones en la aproximación a Belém, Venus bajo sobre el agua o fenómenos eléctricos como los que la cuenca amazónica produce en abundancia. Eso puede dar cuenta de buena parte de los avistamientos, pero no aborda los haces dentro de las casas ni las lesiones.

Jacques Vallée, que investigó el caso y escribió sobre él en su libro Confrontations de 1990, sostuvo que las lesiones eran compatibles con los efectos de radiación dirigida en el rango de las microondas, y trató Colares como prueba de una fuente de energía desconocida y no de un origen concreto. Su debilidad es el acceso a la evidencia: Vallée trabajó en gran medida con testimonios de segunda mano y copias, sin muestras de laboratorio, biopsias ni historias clínicas originales.

Algunos sostienen que la fuente era terrestre y humana. Según esta teoría abierta, los haces procedían de actividad clandestina durante la dictadura, ya fuera trabajo de reconocimiento aéreo, aeronaves experimentales o algún equipo emisor de radiación, y la investigación de la Fuerza Aérea y el secreto posterior fueron un intento de contener el daño. Su debilidad es que nada en el archivo liberado la respalda, y que el expediente se lee de principio a fin como una organización que intenta identificar algo, no ocultar una operación propia.

Otros recuerdan que la Amazonía tiene tradiciones antiguas de entidades voladoras nocturnas que toman algo de las personas dormidas, y que el chupa-chupa podría ser un relato viejo con ropa moderna. Aun así, el folclore no suele dejar marcas que una médica anota en una ficha.

Lo que sigue sin explicación es concreto, no teórico. No hay una causa física aceptada para las lesiones que documentó la doctora Carvalho. Nunca se ha publicado un análisis de laboratorio independiente de tejidos de aquella época. La película que el propio comandante de la operación dijo que existía no ha sido presentada. Y las dos versiones de lo que halló la Operação Prato, la oficial y la de Hollanda, no pueden ser ciertas a la vez.

De ahí se derivan las preguntas abiertas. ¿Dónde está la película y sigue existiendo? ¿Se tomaron biopsias en algún momento, y quién las tomó? ¿Qué fue de la salud de las personas atendidas en 1977? ¿Qué parte del testimonio de Hollanda de 1997, dado de memoria veinte años después, puede cotejarse línea por línea con los documentos hoy depositados en el Archivo Nacional? ¿Y existe alguna parte del expediente que nunca llegó a enviarse a Río?

La muerte de Hollanda consta como suicidio, y jamás se ha aportado prueba de otra cosa. Algunos investigadores consideran sospechoso el momento en que ocurrió. Eso es una teoría, no un hallazgo, y así debe tratarse, por respeto a un hombre que dedicó sus últimas horas documentadas a intentar explicar lo que creía haber visto.


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