En disputa

Las huellas del diablo: la noche en que algo cruzó Devon

2026-07-05 · Lugares enigmáticos · 10 min de lectura

La mañana del 9 de febrero de 1855, los aldeanos del este y sur de Devon despertaron con nieve fresca y una hilera de huellas que los asustó de veras. Durante la noche, en el frío crudo que siguió a una fuerte nevada en torno al estuario del Exe, había aparecido un rastro de marcas parecidas a pezuñas: cada una de unas cuatro pulgadas de largo y tres de ancho, separadas entre ocho y dieciséis pulgadas y, lo más inquietante de todo, en fila única. No era el desorden disperso de cuatro patas que un animal deja en la nieve. Era la línea firme y deliberada de algo que había caminado erguido en la oscuridad, poniendo una huella delante de la siguiente, como hace un hombre. La forma misma era de una pulcritud extraña: los testigos decían que cada marca se asemejaba a la impronta de una pequeña herradura de asno, limpiamente cortada, como si la nieve hubiera sido marcada a fuego y no pisada.

Lo que convirtió la inquietud en pavor fue adónde, según se decía, llevaban las marcas. Llegaron informes de más de treinta lugares de Devon - Exmouth, Topsham, Lympstone, Dawlish, Teignmouth y, si se cree a los relatos posteriores, tan al sur como Totnes y Torquay, con un par más en Dorset. La longitud total del rastro se estimó, disparatadamente, entre cuarenta y cien millas. Las huellas cruzaban jardines abiertos y luego - según los relatos - trepaban derecho por muros altos, pasaban sobre tejados y almiares y volvían a continuar al otro lado como si el obstáculo fuera nada. Un informe las daba por detenidas en seco ante un muro y reiniciadas dentro de un cercado cerrado con llave. Más extraño aún, se decía que la misma línea aparecía en ambas orillas del estuario del Exe, dos millas de agua de marea abierta que ninguna criatura andante habría podido cruzar a pie enjuto. Para gente criada con sermones sobre la pezuña hendida, el patrón no se leía como un animal. Se leía como algo que sencillamente iba adonde le placía, sin dejar que muro ni río le dijeran lo contrario.

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