Las huellas del diablo: la noche en que algo cruzó Devon
La noche del 8 de febrero de 1855 cayó una fuerte nevada sobre el este y el sur de Devon, seguida de una helada intensa. La mañana del 9 de febrero, los aldeanos de los alrededores del estuario del Exe salieron a la nieve y encontraron una hilera de huellas que los asustó de veras. Las marcas eran parecidas a pezuñas, cada una de unas cuatro pulgadas de largo y tres de ancho, separadas entre ocho y dieciséis pulgadas, y avanzaban en fila única. La forma era de una pulcritud extraña. Los testigos decían que cada impronta se parecía a la marca de una pequeña herradura de asno, limpiamente cortada, como si la nieve hubiera sido marcada a fuego y no pisada.
La fila única fue el detalle que más inquietó a la gente. Un animal que se mueve por la nieve deja un desorden disperso de cuatro patas. Aquello era una línea firme y deliberada, una huella delante de la siguiente, como deja su rastro un hombre que camina.
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