El físico que compró un billete y nunca llegó: la desaparición de Ettore Majorana
Ettore Majorana nació en Catania, Sicilia, el 5 de agosto de 1906, en una familia destacada y muy culta. Su tío Quirino Majorana era a su vez un físico de prestigio. De niño Ettore era conocido por su prodigioso cálculo mental y en 1923 se matriculó en ingeniería en la universidad de Roma. En 1928, convencido por su compañero Emilio Segre, se pasó a física.
Se incorporó al grupo que Enrico Fermi había reunido en el Instituto de Física de la Via Panisperna, los jóvenes investigadores recordados desde entonces como los chicos de la Via Panisperna. Majorana se licenció en 1929 con una tesis sobre la teoría cuántica de los núcleos radiactivos. Sus colegas describían a un hombre que hacía el trabajo más duro mentalmente, anotaba el resultado en el dorso de una cajetilla de tabaco y tiraba la cajetilla en cuanto la respuesta le satisfacía. Fermi, poco dado a los halagos, dijo según se cuenta que los científicos se dividen en varias categorías y que más allá de los muy buenos están los genios, como Galileo y Newton, y que Majorana era uno de ellos.
En 1932 los físicos Irene y Frederic Joliot-Curie publicaron resultados del bombardeo de berilio con partículas alfa. Majorana los leyó y concluyó que la radiación obtenida no era en absoluto una forma de rayos gamma, sino una partícula neutra desconocida hasta entonces, de masa aproximadamente igual a la del protón. Fermi le insistió en que lo publicara. Se negó, diciendo que el trabajo no merecía la imprenta. Ese mismo año James Chadwick anunció en Cambridge el descubrimiento del neutrón, y en 1935 recibió por él el premio Nobel.
A principios de 1933 Majorana viajó a Leipzig con una beca de investigación y trabajó con Werner Heisenberg sobre las fuerzas nucleares. Los dos se hicieron amigos y su aportación a la teoría de las fuerzas de intercambio sigue llevando su nombre. Después fue a Copenhague, junto a Niels Bohr.
Tras regresar a Roma se retiró. Durante unos cuatro años, desde 1934, apenas apareció por el instituto, trabajó en casa, vio a poca gente y casi no publicó nada. Padecía gastritis, comía muy poco, y quienes lo trataban describían a un hombre vuelto hacia dentro. Los cuadernos recuperados tras su desaparición muestran que nunca dejó de trabajar; simplemente dejó de enseñar los resultados a nadie.
En 1937 publicó su último artículo, una teoría simétrica del electrón y el positrón. Contenía una idea que ha sobrevivido a todo lo demás que escribió: que una partícula eléctricamente neutra puede ser idéntica a su propia antipartícula. Esas partículas se llaman fermiones de Majorana, y los físicos las siguen buscando, en experimentos de neutrinos y en el comportamiento de ciertos sistemas de materia condensada. En noviembre de 1937 fue nombrado catedrático de física teórica en la Universidad de Nápoles sin concurso, por su alta fama de singular pericia. Empezó a dar clase en enero de 1938 a un grupo muy reducido.
En la tercera semana de marzo de 1938 puso en orden sus asuntos. Recogió el dinero que el instituto le guardaba, varios meses de sueldo acumulado, y tomó su pasaporte. La tarde del viernes 25 de marzo dejó dos cartas. Una iba dirigida a Antonio Carrelli, director del instituto de física de Nápoles. La otra era para su familia. Después embarcó en el vapor de la compañía Tirrenia de las diez y media, de Nápoles a Palermo.
La carta a Carrelli dice, en parte: "He tomado una decisión que se ha vuelto inevitable. No hay en ella ni una pizca de egoísmo, pero comprendo qué molestias causará mi repentina desaparición a usted y a los estudiantes." Pedía que lo recordara ante sus colegas y añadía que guardaría un buen recuerdo de todos ellos al menos hasta las once de aquella noche, quizá también después. La carta a su familia les pedía que no guardaran luto más de tres días.
El sábado 26 de marzo llegó a Carrelli un telegrama desde Palermo, pidiéndole que no se alarmara y anunciando que seguiría una carta. La carta llegó al día siguiente, escrita en papel con membrete del Grand Hotel Sole de Palermo. En ella Majorana decía que el mar lo había rechazado, que volvería a Nápoles al día siguiente al Hotel Bologna y que ya no mantenía lo que había escrito la víspera. Añadía que pensaba dejar la enseñanza.
Ese mismo día compró un billete para la travesía de vuelta y embarcó en el ferri de Palermo a Nápoles la noche del 26 de marzo. El barco atracó en Nápoles la mañana del domingo 27 de marzo. Ettore Majorana no apareció en el Hotel Bologna. No volvió al instituto. Tenía treinta y un años y desde aquella mañana no existe ningún avistamiento confirmado de él en ninguna parte.
La alarma se dio en pocos días. Carrelli avisó a la familia, su hermano Salvatore viajó a Nápoles y Palermo y la familia Majorana ofreció una recompensa de treinta mil liras por información. Fermi escribió a Benito Mussolini pidiendo que se intensificara la búsqueda, y la policía buscó: hoteles, hospitales, puertos y monasterios, incluidas cartujas de Calabria y Sicilia. No se halló nada. No se recuperó ningún cuerpo del mar, y ningún cadáver sin identificar llevado a tierra en aquel periodo se relacionó con él.
La investigación de 1938 no dio respuesta y el expediente enmudeció durante décadas.
En 1975 el escritor siciliano Leonardo Sciascia publicó un libro breve, La desaparición de Majorana, que devolvió el caso al debate público. Sciascia rechazó el suicidio y sostuvo que Majorana había elegido desvanecerse, retirándose a una casa religiosa, y sugirió que había previsto adónde se dirigía la física nuclear y no quería participar en ello. Sus antiguos colegas Edoardo Amaldi y Emilio Segre discutieron públicamente esa reconstrucción.
El caso se reabrió formalmente en marzo de 2011, después de que un testigo que compareció en el programa de televisión italiano Chi l'ha visto? dijera que había conocido a Majorana en Sudamérica tras la guerra. La fiscalía de Roma examinó el relato. En junio de 2011 la unidad forense de los Carabinieri comparó una fotografía tomada en 1955 en Venezuela con imágenes de Majorana e informó de diez puntos de similitud entre los rostros. El 4 de febrero de 2015 la fiscalía de Roma cerró el caso con una declaración formal: Majorana había estado vivo entre 1955 y 1959 en la ciudad de Valencia, Venezuela, donde usaba el nombre de Bini; su desaparición había sido una elección personal; no se había cometido delito alguno. En enero de 2025 un tribunal civil de Roma dictó un decreto de muerte presunta, fijando la fecha oficial en el 25 de marzo de 1938.
Conclusiones y preguntas abiertas
Ochenta y ocho años después de que atracara aquel ferri no hay cuerpo, no hay confesión, no hay ningún documento escrito por Majorana después de marzo de 1938 y no hay acuerdo sobre lo ocurrido. Conviene exponer las lecturas rivales junto con la objeción que arrastra cada una.
El suicidio es la lectura más antigua y la sostuvieron colegas como Edoardo Amaldi y Emilio Segre. Toma las cartas al pie de la letra: una despedida a su director, la petición de que la familia no lo llorase mucho tiempo, una travesía nocturna, un hombre enfermo que llevaba cuatro años apartado del mundo. Su debilidad es todo lo que ocurrió el 26 de marzo. Envió un telegrama pidiendo a Carrelli que no se preocupara, escribió que el mar lo había rechazado, reservó habitación para su regreso y compró un billete de vuelta. Llevaba además el pasaporte y una suma importante de dinero, que de nada sirven a quien va a saltar por la borda.
La lectura monástica la defendió con más influencia Leonardo Sciascia en 1975 y fue bien recibida por parte de su familia y por clérigos que lo conocieron. Encaja con un católico devoto que ya había pasado cuatro años retirado de la vida corriente. Su debilidad es que ninguna casa religiosa ha presentado nunca un registro, y la afirmación añadida de que previó las armas nucleares y huyó de ellas no se sostiene en nada de sus papeles conservados. Amaldi y Segre, que habían trabajado a su lado, la rechazaron.
La emigración voluntaria es la lectura que la fiscalía italiana adoptó en 2015, apoyándose en trabajos previos del físico Erasmo Recami, que había reconstruido un posible traslado a Argentina, y en el testimonio venezolano. Explica el dinero y el pasaporte mejor que ninguna otra teoría. Su debilidad es probatoria. La conclusión descansa en un testimonio prestado más de cincuenta años después de los hechos y en una comparación fotográfica, no en una partida de nacimiento, una firma, un sello de entrada ni una sola línea escrita de puño y letra de Majorana. Ningún documento oficial ha ligado nunca el nombre de Bini a Ettore Majorana.
Algunos defienden algo más sombrío: que un hombre de su capacidad fue llevado, o persuadido de marcharse, en una Europa que estaba a un año de la guerra y a pocos años de la bomba atómica. Una teoría sostiene que trabajaba en problemas que otros querían. Su debilidad es que nada de eso ha aflorado jamás en archivo alguno, italiano, alemán o estadounidense, en casi nueve décadas.
Existe además la lectura más extraña de todas, la historia de un vagabundo siciliano al que llamaban el hombre de los perros, del que se decía que resolvía los problemas matemáticos que le planteaban los estudiantes. Nunca se comprobó en vida y nunca se hizo identificación alguna.
Lo que sigue sin explicación es la forma de aquellas últimas cuarenta y ocho horas. Por qué escribir dos cartas de despedida y luego anularlas. Por qué llevar pasaporte a un suicidio. Por qué comprar un billete de vuelta a una ciudad de la que acababa de decir a su director que se marchaba. Y por qué el mar, en un canal transitado, no devolvió nada.
Las preguntas abiertas son sencillas y no se han movido en décadas. Fue Ettore Majorana el hombre fotografiado en Valencia en 1955 y, de serlo, cómo llegó allí y quién lo ayudó. Supo alguien en Nápoles o en Palermo lo ocurrido y calló. Y si de verdad eligió desaparecer, qué decidió una de las mejores mentes de su generación que valía la pena dejar atrás, y llegó a arrepentirse alguna vez.