El espía en la bolsa: la muerte sobre la que Gran Bretaña dictó dos veredictos opuestos
El 23 de agosto de 2010, la policía entró en un piso de la última planta del número 36 de Alderney Street, en el barrio londinense de Pimlico, después de que los empleadores del inquilino dieran por fin la voz de alarma. En la bañera del baño contiguo al dormitorio había una bolsa de deporte roja de North Face, con la cremallera cerrada y un candado puesto por fuera. Dentro, plegado, estaba el cuerpo desnudo de Gareth Williams, un matemático galés de 31 años que trabajaba como descifrador de códigos para el GCHQ, la agencia británica de inteligencia de señales, y que estaba en comisión de servicio en el MI6. La llave del candado apareció dentro de la bolsa, debajo de su cuerpo.
Williams llevaba muerto probablemente alrededor de una semana, y sin embargo nadie había denunciado su desaparición, un retraso por el que el MI6 pidió más tarde disculpas formales. No había señales de entrada forzada, ni indicios de lucha, ni lesiones en el cuerpo. Lo más extraño de todo: la calefacción del piso había quedado encendida en pleno agosto. El calor aceleró tanto la descomposición que los patólogos nunca pudieron establecer cómo murió; la asfixia y el envenenamiento siguieron siendo posibles, y ninguno pudo probarse.
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