Los niños verdes de Woolpit: el misterio que la Inglaterra medieval registró dos veces
Era tiempo de cosecha en Suffolk, en algún momento cercano a la mitad del siglo XII. Los hombres que segaban cebada al borde de la aldea de Woolpit, a unos once kilómetros al este de la gran ciudad abacial de Bury St Edmunds, se toparon con dos niños encogidos junto a la boca de uno de los viejos fosos de lobos, las zanjas cavadas para atrapar a los lobos que habían dado al pueblo su nombre tosco. Un niño y una niña, pequeños y asustados, aferrados el uno al otro. Sus ropas estaban cortadas de un modo que nadie reconocía y cosidas de un material que ningún segador allí sabía nombrar. Lloraban y hablaban, pero los sonidos que emitían no coincidían con ninguna lengua que nadie en aquel campo hubiera oído jamás. Y su piel era verde.
Así empieza uno de los misterios documentados más antiguos de la historia inglesa y, cosa inusual en un prodigio medieval, no descansa en una sola voz. Dos hombres de iglesia lo escribieron, con décadas de diferencia, en órdenes distintas y en extremos opuestos del país.
El relato más antiguo pertenece a Guillermo de Newburgh, canónigo del priorato agustino de Newburgh, en Yorkshire, que incorporó la historia a su Historia rerum Anglicarum hacia 1189. Escribió con incomodidad, confesando que el relato ponía a prueba su propia fe y diciendo que solo el peso de los testimonios fiables le impidió omitirlo. Situó el suceso en el reinado del rey Esteban, que se extendió de 1135 a 1154, y no dio nombre a ninguno de los dos niños.
El segundo relato lo escribió en la década de 1220 Ralph de Coggeshall, abad cisterciense de una casa a unos cuarenta kilómetros de Woolpit. Ralph hizo lo que Guillermo no hizo: nombró su fuente. Tuvo la historia, dice, de la casa del caballero sir Richard de Calne de Wykes, que acogió a los niños. La mansión de De Calne se alzaba unos diez kilómetros al norte de la aldea, y fue un hombre real que aparece en documentos legales de la época; había muerto antes de 1188.
También está documentado el contexto del lugar. Woolpit se hallaba en un rincón de Inglaterra que era todo menos aislado: el Suffolk del siglo XII era tierra de comercio, y sus mercados oían lenguas de ultramar traídas a través del Mar del Norte casi todas las semanas del año. La Anglia Oriental de entonces albergaba además tejedores y colonos flamencos. Nada de esto aparece en las crónicas como explicación. Ambas se limitan a consignar que nadie en el campo supo identificar lo que decían los niños, y que nadie después supo situar tampoco sus ropas.
Sobre lo que siguió, ambas crónicas coinciden a grandes rasgos. Los niños fueron llevados a la mansión de De Calne, donde rechazaron todo alimento que se les puso delante y empezaron a consumirse a ojos vista. Entonces alguien trajo habas frescas, aún en sus tallos. Ralph da un detalle extraño y preciso: los niños agarraron los tallos y los partieron a lo largo, buscando las habas dentro de la planta misma. Al no hallar nada allí, lloraron, hasta que se les mostró que el alimento estaba en las vainas. De habas vivieron meses antes de tocar otra cosa.
El niño era el más débil de los dos y parece haber sido el menor. Enfermó, fue bautizado y murió poco después del bautismo. La niña sobrevivió. Se adaptó despacio a una dieta corriente y, al hacerlo, el verde se le fue drenando de la piel, mes a mes, hasta quedar como cualquier otra niña de Suffolk. Fue bautizada, aprendió inglés y permaneció años en la casa de De Calne, donde la recordaron, no con demasiado cariño, como muy desvergonzada e insolente. Guillermo añade que más tarde se casó con un hombre de King's Lynn, a unos sesenta kilómetros, y que seguía viva poco antes de que él escribiera.
Cuando supo inglés bastante para ser interrogada, le preguntaron de dónde venía, y su respuesta es la parte del relato que nunca se ha logrado explicar. Venía, dijo, de un país al que llamaba la Tierra de San Martín. Ralph anota que allí todo era verde, incluidos los habitantes, y que estos eran cristianos y tenían iglesias propias. Era un país de crepúsculo perpetuo, decía, donde el sol nunca trepaba al cielo sino que colgaba bajo y mortecino, si es que aparecía, más allá de un río ancho. Ella y su hermano cuidaban el rebaño de su padre cuando oyeron un gran tañido de campanas, un sonido que Guillermo compara con las campanas de la abadía de Bury St Edmunds. Lo siguieron hacia una oscuridad, vagaron por una larga caverna y salieron por el otro extremo, deslumbrados y medio ciegos, al pleno resplandor de una tarde inglesa de cosecha, junto a los fosos, donde los segadores los encontraron.
Ahí termina el registro documentado, y conviene ser preciso sobre lo poco que hay. Ninguno de los cronistas nombra a los niños. Ninguno recoge que un padre, de Woolpit o de una aldea cercana, viniera a buscarlos. Ninguno describe la lengua desconocida más allá de decir que era desconocida, y ninguno cuenta nada de la vida posterior de la niña salvo la breve nota de Guillermo sobre King's Lynn. Los vívidos detalles personales que circulan hoy, incluido el nombre Agnes y la identidad del hombre con quien se casó, no aparecen en absoluto en las fuentes medievales; los añadieron autores modernos. Todo lo demás que se ha dicho de los niños verdes en ochocientos años se ha dicho encima de esos dos pasajes breves. Ninguno de los dos textos dice tampoco cuánto tiempo llevaban los niños junto al foso antes de que llegaran los segadores, ni quién dio la primera voz de alarma, ni dónde fue enterrado el niño.
La aldea no lo olvidó. Los fosos de lobos están cegados hace mucho, pero en 1977 Woolpit adoptó un letrero que muestra a los dos niños de la mano e inconfundiblemente verdes, y allí sigue. La historia ha alimentado una novela de Herbert Read y una ópera de Nicola LeFanu, y sigue siendo uno de los pocos episodios de la Inglaterra del siglo XII que los lectores comunes todavía saben nombrar.
Conclusiones y preguntas abiertas
Nada en el registro zanja el caso, y todo intento serio de resolverlo ha sido un intento de explicar las dos crónicas, no de añadirles nada.
La lectura moderna más citada pertenece al investigador Paul Harris, que en 1998 sostuvo que los niños eran flamencos. Después de que Enrique II aniquilara una fuerza de mercenarios flamencos en la batalla de Fornham en 1173, las comunidades flamencas de Anglia Oriental quedaron expuestas y malquistas. Un lugar real, Fornham St Martin, se halla cerca de Woolpit, y en él lee Harris la Tierra de San Martín de la niña; el verde lo achaca a la clorosis, una anemia alimentaria que antaño se llamó literalmente la enfermedad verde, capaz de dar a la piel un tinte verdoso y que remite con una nutrición adecuada. Su fuerza es la economía: resuelve las ropas extrañas, el habla desconocida, la orfandad y el color que se desvanece sin necesidad de prodigio alguno. Su debilidad es la cronología, pues Guillermo fecha el suceso en el reinado de Esteban, unas dos décadas antes de Fornham, y además sortea en silencio el material folclórico que sostiene todo el relato. Brian Haughton, que ha catalogado el caso con cuidado, llama a la de Harris la lectura más aceptada y aun así admite que no se sostiene en muchos aspectos.
Otros han ido por caminos distintos. El historiador Charles Oman intuyó tras el relato una historia de narcotización y secuestro, un crimen humano y no un prodigio; eso toma en serio el estado aturdido de los niños, pero no se apoya en una sola línea de ninguna de las crónicas y no explica nada del color. El medievalista John Clark volvió a los textos como escéptico, no persuadido de que los niños fueran flamencos ni de que la enfermedad verde explique su piel, y advirtiendo que las fuentes son demasiado escasas y tardías para cargar con el peso que les echan encima los explicadores modernos; su cautela desmonta sin reconstruir. El estudioso Jeffrey Jerome Cohen lee el episodio como literatura y no como suceso, una alegoría de la diferencia cultural mediante la cual un cronista del asentamiento normando podía escribir oblicuamente sobre los galeses sometidos y los pueblos antiguos de Britania; eso explica por qué dos clérigos sobrios conservaron la historia, pero esquiva la pregunta de si algo ocurrió. Y una teoría sostiene que la respuesta no es terrestre en absoluto: el astrónomo Duncan Lunan propuso que los niños fueron desplazados por algún accidente desde otro planeta cuyo sol mortecino explicaría su hogar crepuscular, y fue Lunan quien aportó los nombres, la niña como Agnes, casada con un funcionario real que identifica como Richard Barre. Esa lectura al menos dialoga con los detalles que las más pulcras descartan con un gesto, pero se apoya en nada que un historiador aceptaría, y los nombres son conjetura con ropaje de hallazgo.
Lo que queda sin explicar no es una cosa sino un racimo. ¿Por qué campanas, y por qué seguirían dos niños pastores un sonido bajo la tierra hasta salir a la luz del día por el otro lado? ¿Por qué ninguna crónica registra a nadie que los buscara? ¿Por qué habas, un cultivo ligado tanto en la tradición clásica como en la medieval a los muertos y al inframundo? ¿Era el verdor médico, real o simbólico, y si era médico, por qué ninguna fuente lo describe como enfermedad? Y hay una duda sobre las fuentes mismas: Ralph escribió mucho después de Guillermo y bebió de las mismas corrientes, de modo que dos crónicas pueden no significar dos testigos independientes, sino una sola historia, ya moldeada en el relato, que llega a dos plumas distintas.
Algunos sostienen que la verdad es en capas y no única: un pequeño suceso real en el núcleo, dos niños perdidos y hambrientos de estirpe extranjera o simplemente lejana, envueltos a lo largo de generaciones en la tela ya hecha del folclore hasta que lo ordinario y lo maravilloso dejaron de poder separarse. Eso es especulación, y se ofrece como nada más. Lo único cierto es esto: dos hombres de iglesia fueron lo bastante honestos para consignar algo que ellos mismos no podían creer, y ochocientos años de erudición no han reducido casi nada de ello a hecho.