El primer ministro que entró en el mar
La playa de Cheviot no es realmente una playa pública. Está en la cara oceánica de Point Nepean, en el extremo de la península de Mornington al sur de Melbourne, dentro de terreno militar federal. Se llega por una pista de tierra, la rodea un arrecife y el agua que la cubre es uno de los tramos más traicioneros de la costa de Victoria, allí donde el oleaje del estrecho de Bass se encuentra con la corriente que sale de la bahía de Port Phillip. El domingo 17 de diciembre de 1967 fue allí un día cálido y luminoso, con marejada fuerte y corrientes visibles.
Harold Edward Holt, decimoséptimo primer ministro de Australia, conocía esa playa mejor que casi nadie. Tenía 59 años. Había entrado en el parlamento federal a los 27 y llegado a ministro a los 31, pasó dieciséis años como tesorero y número dos de Robert Menzies y por fin asumió el cargo máximo en enero de 1966. Ese mismo año había ganado las elecciones con holgura. Era además, algo insólito en un jefe de gobierno, un buceador serio. Iniciado en la pesca submarina en 1954, nadaba y buceaba en todas las estaciones, detestaba las botellas de aire por engorrosas y tenía fama de una resistencia notable bajo el agua. Sus contemporáneos señalaban una distinción que después importaría: era muy fuerte bajo la superficie y mucho menos por encima de ella.
Aquel fin de semana había bajado desde Canberra. Su esposa Zara se quedó para ultimar los preparativos de la fiesta anual de Navidad. El domingo por la mañana Holt condujo hasta Portsea con unos amigos para ver al navegante británico en solitario Alec Rose entrar por la bocana de la bahía de Port Phillip, un pequeño espectáculo marítimo que atrajo público. Después el grupo decidió seguir hasta la playa de Cheviot.
Le acompañaban cuatro personas: Marjorie Gillespie, vecina y amiga con la que mantenía una relación, su hija Vyner y dos amigos de la familia, Alan Stewart y Martin Simpson. Llegaron sobre las doce y cuarto. El mar estaba bravo. Stewart se metió pero se quedó cerca de la orilla, y después describió una resaca poderosa incluso en aguas someras.
Holt entró y siguió adelante. Nadó más allá del punto donde los demás se habían detenido, hacia el agua profunda al otro lado del arrecife. Marjorie Gillespie miraba desde la arena. Lo que vio, contó luego, fue que el agua simplemente se lo llevó: se fue, en sus palabras, como una hoja arrastrada, tan rápido y tan definitivo que no hubo forcejeo que ver ni tiempo para gritar.
La alarma se dio en cuestión de minutos. Lo que siguió se convirtió en uno de los mayores operativos de búsqueda de la historia de Australia. Unidades policiales de rescate, unos treinta y tantos buzos de la armada, personal del ejército, helicópteros de la fuerza aérea, embarcaciones y cientos de voluntarios civiles convergieron en la península. Al final del primer día participaban más de 190 personas, y la cifra acabó superando las 340. Los buzos peinaron el arrecife y los canales. Los aviones recorrieron la costa en ambos sentidos. La búsqueda oficial se fue reduciendo durante la quincena siguiente y terminó formalmente el 5 de enero de 1968.
Nunca se encontró nada. Ni un cuerpo, ni un jirón de ropa, ni una pieza de equipo. Holt había entrado al agua en bañador, de modo que no había traje de neopreno, ni máscara, ni aletas que pudieran aparecer después y marcar el lugar.
La maquinaria del Estado se movió con inusual rapidez. El 19 de diciembre John McEwen, líder del Partido del Campo y viceprimer ministro, juró como primer ministro interino, porque el Partido Liberal no tenía vicelíder en la cámara baja y necesitaba tiempo para elegir sucesor. El 22 de diciembre se celebró un funeral en la catedral de San Pablo de Melbourne, con una asistencia extraordinaria de figuras mundiales: el presidente estadounidense Lyndon B. Johnson, el príncipe Carlos en representación de la reina, el secretario general de la ONU U Thant y los primeros ministros de Nueva Zelanda, Singapur, Tailandia y Filipinas, entre otros. El 9 de enero de 1968 el Partido Liberal eligió líder al senador John Gorton, que se convirtió en primer ministro, el primer senador en lograrlo.
Después el caso enmudeció de una manera que alimentaría décadas de especulación. Según la ley de Victoria de entonces, no era obligatoria una investigación forense cuando no se había recuperado el cuerpo, y no se celebró ninguna. En 1968 el inspector a cargo, Lawrence Newell, redactó un informe policial que concluía que Holt se había ahogado y que la causa era sencilla: un nadador experimentado pero excesivamente confiado había entrado en aguas peligrosas y el mar lo había atrapado. El informe descartaba expresamente el suicidio, señalando que la conducta y los planes de Holt en los días previos habían sido del todo normales.
Dos datos de aquel año figuraban discretamente en el expediente. En septiembre de 1967 Holt había empezado a tratarse una lesión de hombro que arrastraba desde su juventud futbolística, y su médico le había aconsejado evitar el sobreesfuerzo y reducir la natación y el tenis. Y el 20 de mayo de 1967, siete meses antes de desaparecer, Holt se había visto en apuros buceando en la propia playa de Cheviot y hubo que ayudarle. Según se cuenta, dijo después que había sido lo más cerca que había estado nunca de ahogarse.
La cuestión legal formal solo se zanjó treinta y ocho años más tarde, y casi por casualidad. Una reforma legal en Victoria en 1985 permitió al forense examinar casos de presunto ahogamiento sin cuerpo recuperado, y la revisión acabó abarcando más de un centenar de muertes entre 1961 y 1985. La de Holt estaba entre ellas. En 2005 el forense estatal, Graeme Johnstone, celebró la investigación y concluyó que Harold Holt se había ahogado en la playa de Cheviot, que había asumido un riesgo innecesario en condiciones peligrosas y que la muerte fue accidental, por infortunio. La resolución dejaba constancia de que su cuerpo probablemente había sido arrastrado mar adentro o devorado por tiburones, y de que no había nada significativo en las pruebas que apuntara a otra causa distinta del ahogamiento.
Para entonces Australia ya había incorporado la desaparición a su paisaje cotidiano. En marzo de 1969 el ayuntamiento de Malvern inauguró una piscina pública en Melbourne y la llamó Centro Conmemorativo de Natación Harold Holt, en honor al diputado local que se había ahogado. La armada estadounidense puso su nombre a un buque escolta. La playa de Cheviot sigue cerrada a los bañistas ocasionales.
Conclusiones y preguntas abiertas
El registro documental es inusualmente coherente. Cuatro testigos vieron a un hombre nadar hacia aguas bravas y ser arrastrado, la policía concluyó en 1968 que se había ahogado y un forense confirmó formalmente el ahogamiento accidental en 2005. Y sin embargo casi nada del caso ha quedado zanjado en el imaginario público, y la razón es sencilla: un país perdió a su jefe de gobierno y nunca recuperó el cuerpo.
La alternativa más famosa es la teoría del submarino chino, expuesta con detalle por el periodista británico Anthony Grey en su libro de 1983 El primer ministro era un espía. Grey sostenía que Holt había sido agente chino casi toda su vida y que un submarino lo recogió frente a Cheviot y lo llevó a China. Los reseñistas encontraron numerosos errores de hecho, y la objeción práctica es grave: el agua frente a Point Nepean es somera, está sembrada de arrecifes y es muy turbulenta, un submarino no puede maniobrar allí, y ninguna nave semejante habría podido acercarse, mantenerse y marcharse sin ser detectada en un estrecho transitado. Ninguna fuente china ha respaldado jamás la afirmación. Su viuda Zara la despachó observando que a su marido ni siquiera le gustaba la comida china, y su nieto volvió a ridiculizar la teoría en el quincuagésimo aniversario, en 2017.
Una segunda teoría, aparecida en un artículo de un periódico de Melbourne en 1968, sostenía que la CIA hizo matar a Holt porque pensaba retirar las tropas australianas de Vietnam. Su debilidad es que el supuesto motivo va al revés. Holt fue uno de los apoyos más entusiastas que tuvo el esfuerzo bélico estadounidense en la región, y había hecho campaña sobre esa cercanía.
Una tercera posibilidad, el suicidio, la han planteado autores que señalan la tensión política de 1967 y su salud. El informe policial de 1968 la consideró y la rechazó expresamente. Otros han sugerido que Holt escenificó su propia desaparición para huir de la vida pública. Esa teoría debe lidiar con el hecho de que se esfumó delante de cuatro personas, una de las cuales era la mujer hacia la que supuestamente habría huido.
Lo que la explicación del ahogamiento accidental no cierra del todo es la ausencia misma. Uno de los mayores dispositivos de búsqueda montados en el país, en un tramo de costa delimitado, durante tres semanas, no recuperó absolutamente nada. Algunos sostienen que no tiene nada de extraño, dadas las corrientes y los tiburones. A otros les cuesta aceptarlo.
Las preguntas abiertas son, por tanto, más de criterio que de conspiración. ¿Por qué un hombre que había estado a punto de ahogarse en esa misma playa siete meses antes, y a quien su médico había dicho que nadara menos, entró solo aquel día, cuando el único otro bañista se quedó en la orilla? ¿Por qué no hubo investigación forense durante treinta y ocho años, dejando un vacío que llenó el rumor? ¿Y puede alguna resolución oficial satisfacer del todo a un público que nunca tuvo un funeral al que asistir?