El motor seguía en marcha: el catamarán vacío del Kaz II
La mañana del 15 de abril de 2007, tres hombres de Perth salieron de Airlie Beach en un catamarán de 9,8 metros llamado Kaz II. Empezaban un viaje largo. El plan era subir por la costa de Queensland hasta Townsville y seguir después, rodeando el extremo norte de Australia y bajando por el lado occidental, hasta casa.
Derek Batten tenía 56 años y era el dueño de la embarcación. Había hecho un curso de vela y había llevado dos veces un barco por las islas Whitsunday, lo que a escala del mar del Coral es experiencia modesta pero no nula. Con él iban dos hermanos, Peter Tunstead, de 69 años, y James Tunstead, de 63. Eran amigos de Batten y ninguno tenía muchas horas de agua. Era, como suelen serlo estas cosas, un viaje del que tres hombres ya mayores llevaban tiempo hablando.
Hacia el mediodía hicieron una llamada por radio cerca de George Point, en la desembocadura del río Proserpine. Fue rutinaria. Nadie volvió a saber de ellos.
Tres días después, el 18 de abril, un helicóptero de rescate que iba a otra misión avistó un catamarán a la deriva frente a la Gran Barrera de Coral, sin nadie visible en cubierta. El estado del mar impidió abordarlo durante dos días más. Cuando por fin subieron el 20 de abril, el Kaz II estaba a 88 millas náuticas de la costa del norte de Queensland, muy fuera de la barrera, y a la deriva.
Lo que hallaron a bordo es la razón por la que aún se habla de este caso.
El motor diésel estaba en marcha, en punto muerto. Las luces de la cabina estaban encendidas. Un portátil seguía encendido con el programa de navegación funcionando. Había comida servida, y cubiertos, como si se hubiera interrumpido una comida. Las defensas, esos cojines hinchables que un barco cuelga por el costado al atracar, estaban desplegadas sobre la borda en pleno océano abierto. Los chalecos salvavidas de los tres seguían guardados. También sus efectos personales, sus carteras, su equipo. Una vela estaba izada y muy rota, deshecha por días de golpear al viento sin nadie que la arriara.
No había rastro de los tres hombres ni señal de que algo hubiera ido mal. Ni sangre, ni daños en la cabina, ni nota, ni llamada de socorro. No faltaba nada de lo que se llevaría alguien que se marcha por decisión propia.
La búsqueda que siguió fue de las mayores de la historia reciente de Queensland: aviones y buques cubriendo miles de kilómetros cuadrados del mar del Coral durante cinco días. No se encontró nada. Nunca se ha recuperado ningún cuerpo.
Casi de inmediato el caso adoptó el vocabulario del Mary Celeste, con todo lo que eso arrastra. La cobertura australiana e internacional echó mano de la piratería, de un negocio de drogas, de una desaparición fingida, de la idea de que otra embarcación se había puesto al costado, y ahí entraron las defensas desplegadas. La policía de Queensland dijo pronto que trataba la desaparición como sospechosa, lo que en lenguaje policial solo significa que aún no se había excluido nada, y que la prensa leyó como una insinuación.
Entonces los investigadores encontraron la cámara.
Una cámara de vídeo a bordo había grabado imágenes de aquella mañana. Mostraban a los tres hombres en cubierta, vivos, tranquilos, pescando. El motor estaba parado. Por la popa se arrastraba en el agua un cabo blanco. La grabación era ordinaria en todos los sentidos, y eso era precisamente lo que la hacía valiosa: fijaba las últimas horas, establecía que no había nadie más a bordo y mostraba un cabo en el agua por detrás.
La investigación judicial se abrió en Townsville el 4 de agosto de 2008 ante el forense del estado de Queensland, Michael Barnes. Duró varios días y escuchó a 27 testigos: policías, peritos forenses, expertos marinos, las familias de los hombres y marinos que sabían exactamente qué hace un catamarán cuando se suelta el timón con viento.
Barnes descartó el delito. Descartó la desaparición fingida. Después expuso, con lenguaje prudente, una secuencia que da cuenta de lo que había en el barco.
Uno de los hermanos Tunstead, concluyó, entró probablemente al agua para liberar un sedal enredado en el timón o en la hélice, o se metió detrás de algo caído por la borda. El otro hermano fue tras él. Batten, solo en cubierta, dejó el timón para arriar la vela y volver a por ellos. Al hacerlo, el barco trasluchó. La botavara barrió la bañera y lo tiró al mar.
Todo lo que había a bordo encaja con eso. Un motor al ralentí en punto muerto es lo que queda cuando alguien quita gas y abandona la rueda con prisa. La vela rota es una vela que se estaba arriando cuando quien la arriaba dejó de existir. La comida en la mesa es una comida a la que nadie volvió.
Sobre el agua misma, el forense fue tajante. Ninguno de los tres era buen nadador, el mar estaba picado y un catamarán con cualquier trapo arriba se aleja de un hombre en el agua más deprisa de lo que él puede seguirlo. Escribió que el final habría sido rápido y que los hombres se habrían agotado enseguida.
Y escribió algo más, que es la razón por la que esto sigue siendo un misterio y no un accidente cerrado. Dijo que no podía ser tan concluyente sobre las circunstancias en que se produjeron las muertes.
Conclusiones y preguntas abiertas
La reconstrucción del forense es la explicación más sólida disponible y merece tomarse en serio, no como un carpetazo oficial. Su fuerza está en que explica casi todo lo material de ese barco con una sola cadena de hechos ordinarios, y no necesita ni un segundo buque, ni violencia, ni un plan. Las caídas al agua en cascada, en las que el rescatador sigue a quien intenta salvar y luego un tercero sigue a los dos, son una categoría documentada de muerte en el mar, no una especulación.
Su debilidad es que es una reconstrucción, levantada hacia atrás desde el estado de la cubierta. Ninguna parte de la secuencia fue presenciada, y el forense lo dijo. La trasluchada que se llevó a Batten es el eslabón peor sostenido, porque no hay nada en el barco que la registre. El escenario también exige que dos hombres de 69 y 63 años, ninguno seguro en el agua, entraran al mar desde una embarcación en marcha, cosa que marinos experimentados cuestionaron en la vista.
Las explicaciones rivales sobreviven sobre todo gracias a ese hueco, y cada una tiene su propio problema.
Una ola gigante o una tromba marina explicarían la desaparición simultánea de tres personas, y el mar del Coral produce ambas. Pero una ola capaz de barrer a tres hombres de un catamarán deja marcas. Mueve equipo, inunda la cabina, arranca herrajes. La cabina estaba seca y ordenada, el portátil funcionaba y la comida seguía sobre la mesa.
Una varada en un banco de arena cerca de George Point, seguida de los tres metiéndose al agua para empujar el barco, también se ha propuesto y encaja con la geografía de la última llamada. Encaja además con las defensas, que varios familiares sostuvieron que estaban fuera porque el barco había estado al costado de algo. La objeción, expuesta por oficiales marinos en la vista, es prosaica: las embarcaciones pequeñas suelen dejar las defensas fuera durante días tras salir de un puerto deportivo, por simple pereza, y verlas en alta mar no prueba nada.
Las teorías que implican otro buque, piratería o una cita en el mar no tienen nada detrás. No se llevaron nada. Tres carteras, efectos personales, un barco que en sí mismo valía la pena llevarse, todo seguía a bordo. Quien vino, según esa versión, vino a por nada y lo dejó todo.
Y hay un detalle más que la versión más pulcra del accidente no absorbe del todo. La cámara mostró a los hombres pescando con el motor parado y un cabo arrastrando por popa. Cuando se halló el barco, el motor estaba en marcha. Alguien lo arrancó. Eso no derriba la versión del forense, porque Batten bien pudo arrancarlo después de que cayera el primero, pero sí significa que la secuencia empezó antes y de forma menos serena de lo que sugiere la fórmula lisa de una desdichada cadena de acontecimientos.
Diecinueve años después, el Kaz II sigue siendo el caso que los marinos australianos sacan a colación cada vez que alguien subestima lo rápido que una tripulación pequeña puede quedarse en ninguna. Hay una reconstrucción que casi con seguridad describe lo ocurrido. No hay testigo, ni cuerpo, ni prueba. El forense lo dijo así, y vale la pena repetirlo en sus propios términos: podía decir qué le hizo probablemente el mar a tres hombres una mañana luminosa de otoño, pero no podía decirlo con certeza.