En disputa

Las luces de Marfa: faros, espejismos y un enigma que el desierto no termina de entregar

2026-07-05 · Lugares enigmáticos · 10 min de lectura

Empieza, como tantas historias del desierto, con un adolescente cansado y una luz que no debía estar allí. Una tarde de 1883, un vaquero de dieciséis años llamado Robert Reed Ellison conducía ganado por el paso de Paisano, en la tierra alta y seca del lejano oeste de Texas, cuando advirtió un parpadeo en el crepúsculo y lo tomó por fogatas de los apaches. Fue lo bastante cauto como para mencionarlo, y unos jinetes salieron a mirar. No hallaron cenizas, ni brasas, ni un círculo de piedras, ni rastro de campamento de ninguna clase. A la noche siguiente la luz volvió, y a la otra también. Otros colonos, entre ellos la familia Humphreys hacia 1885, dijeron ver más o menos lo mismo. Y aquí un periodista tiene que detenerse y mirar de frente el cimiento de toda la leyenda, porque Ellison nunca escribió una palabra al respecto. Su relato llegó al papel solo décadas después, llevado allí por la memoria familiar y el folclore. El documento fundacional de las luces de Marfa no es documento alguno.

Ese detalle importa más de lo que parece a primera vista, porque la historia de Ellison es el único puente verdaderamente importante hacia una época anterior al automóvil. El primer relato impreso conocido de las luces apareció recién en julio de 1957, en la revista Coronet, y para entonces las carreteras cruzaban desde hacía décadas la cuenca desértica al este de Marfa, y los coches llevaban una generación lanzando sus haces por la llanura. En 1976, el folclorista Elton Miles reunió recuerdos del siglo XIX y la fotografía de un ranchero en su libro Tales of the Big Bend, pero también eso era memoria mirando hacia atrás, no registro contemporáneo. Entre Ellison y Coronet, el rastro es enteramente oral: rancheros, soldados y relatos contados en la mesa familiar. Durante la Segunda Guerra Mundial, se cuenta que pilotos que se entrenaban en el cercano aeródromo militar de Marfa cazaron las luces desde el aire y volvieron sin nada. La primera pregunta incómoda no es, pues, de física en absoluto, sino de cronología: ¿es este un misterio del siglo XIX, o un fenómeno del siglo XX vestido con un disfraz heredado? Ningún documento fechado lo zanja, y esa incertidumbre se asienta bajo todo lo que sigue.

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