UN CASO REAL
Documentado

Creo que puedo lograrlo: la desaparición de Michael Rockefeller

2026-08-02 · · Desaparecidos sin rastro · 8 min de lectura

Poco después de las siete de la mañana del 19 de noviembre de 1961, un estadounidense de veintitrés años se desnudó sobre el casco volcado de un pequeño catamarán en el mar de Arafura, frente a la costa suroeste de lo que entonces era Nueva Guinea Neerlandesa. Había pasado una noche y casi todo un día aferrado a los restos junto a un antropólogo holandés llamado Rene Wassing. La corriente los alejaba de tierra en lugar de acercarlos. Michael Clark Rockefeller ató dos bidones vacíos para formar un flotador improvisado, dijo que ya no se podía esperar y pronunció la frase que persigue este caso desde entonces: "Creo que puedo lograrlo".

Wassing lo siguió con la vista durante media hora. Más tarde describió tres puntos sobre el agua, los dos bidones y una cabeza, que se hacían cada vez más pequeños. Después, nada. Jamás se ha recuperado el menor rastro de Michael Rockefeller.

Había nacido el 18 de mayo de 1938, quinto hijo y varón menor de Nelson A. Rockefeller, entonces gobernador de Nueva York y más tarde vicepresidente de Estados Unidos, y de Mary Todhunter Clark. Tenía una hermana melliza, Mary. Estudió en la Buckley School de Manhattan y en la academia Phillips Exeter, se graduó cum laude en Harvard en historia y economía y sirvió seis meses como soldado raso en el ejército estadounidense.

Los nuevos misterios, una vez por semana por correo
Un correo por semana. Sin spam, cancela con un clic.

Lo que lo separaba del resto de su generación familiar era una obsesión que nada tenía que ver con la banca ni con la política. En 1961 se unió a una expedición del Museo Peabody de Arqueología y Etnología de Harvard al valle del Baliem, en las tierras altas de Nueva Guinea Neerlandesa, trabajó como técnico de sonido en el documental etnográfico de Robert Gardner, Dead Birds, y tomó cientos de fotografías propias. Cuando la expedición terminó, en verano, ya sabía adónde quería ir después.

La región asmat se extiende por la costa suroeste: un inmenso pantano de mareas, de barro, manglares y ríos pardos y lentos, sin carreteras, donde a las aldeas solo se llega por agua. Su gente era, y sigue siendo, de los mejores talladores de madera del mundo: altos postes bisj con figuras de antepasados, escudos de guerra, proas de canoa, tambores y remos, producidos dentro de un sistema ritual y cosmológico denso que Rockefeller apenas empezaba a comprender. Era patrono del Museo de Arte Primitivo, fundado por su padre en Nueva York, y volvió a Nueva Guinea en el otoño de 1961 con la intención de pasar varios meses reuniendo tallas asmat para él. Las obtenía mediante trueque con hachas de acero, anzuelos y sedal, tabaco y telas, y llevaba cuadernos e inventarios. En sus cartas hablaba de querer resolver el enorme rompecabezas del arte asmat antes de que cambiara por completo.

Necesitaba una embarcación capaz de llegar a las aldeas. En el pequeño puesto administrativo de Agats compró un catamarán casero a un oficial de patrulla holandés: dos largas canoas monóxilas unidas a una plataforma de madera y movidas por un motor fuera de borda. Era una embarcación de río, no de mar.

El 18 de noviembre de 1961 partió con ella desde Agats a lo largo de la costa. Lo acompañaban Rene Wassing, antropólogo del gobierno holandés asignado por el departamento colonial de asuntos indígenas, y dos jóvenes asmat que los registros recuerdan como Simón y Leo. La ruta cruzaba desembocaduras de ríos anchos, donde la corriente de salida choca con el oleaje del mar de Arafura y el agua se vuelve corta y empinada. A varias millas de tierra el catamarán se inundó, el motor se ahogó y la plataforma volcó.

Simón y Leo decidieron nadar hacia la costa. Ambos llegaron, tras muchas horas en el agua, y dieron la alarma. En una región sin carreteras y casi sin radios, la noticia avanzó despacio.

Rockefeller y Wassing se quedaron con el casco. La marea, en vez de empujarlos hacia dentro, los arrastró mar adentro. Las estimaciones de la distancia hasta la línea de manglares a la mañana siguiente varían mucho, desde unas tres millas en los primeros informes hasta diez o doce en otros. Wassing, que no era buen nadador, defendía esperar. Rockefeller fabricó su flotador con dos bidones vacíos, tomó un cuchillo y se echó al agua.

A Wassing lo recogió al día siguiente, a unas veinte millas de la costa, un buque de búsqueda guiado desde el aire.

Para entonces se había desplegado una operación enorme. El gobernador de Nueva Guinea Neerlandesa, Pieter Platteel, movilizó patrulleras, infantes de marina, policía y aviación. Se trasladaron helicópteros australianos, descargados en el aeródromo de Merauke. Estados Unidos, contactado al máximo nivel, puso a disposición aviones y un barco. Tripulaciones papúes en canoas recorrieron durante días los caños, los fangales y los manglares, y las crónicas holandesas de la época hablan de miles de habitantes locales sumados a la búsqueda costera.

Nelson Rockefeller fletó un Boeing 707, según se publicó por unos treinta y ocho mil dólares, y voló con Mary, la hermana melliza de Michael, arrastrando una multitud de periodistas que llenó la pista de Merauke. Durante unas dos semanas la búsqueda siguió sobre pantano, mar y litoral. No se recuperó ni un solo objeto: ni cuerpo, ni ropa, ni gafas, ni bidones.

Nelson Rockefeller la suspendió y regresó a casa. La conclusión oficial, registrada por las autoridades holandesas y aceptada por la familia, fue muerte por ahogamiento. Michael Rockefeller fue declarado legalmente muerto en 1964.

La colección que había reunido sí llegó a Nueva York. Buena parte de ella está hoy en el Museo Metropolitano de Arte, en un ala que lleva su nombre. Una vidriera diseñada por Marc Chagall se instaló en su memoria en la Union Church de Pocantico Hills. Su hermana melliza, Mary Rockefeller Morgan, se hizo terapeuta y escribió sobre el duelo particular del gemelo superviviente. Rene Wassing pasó el resto de su vida respondiendo la misma pregunta a desconocidos. Y en los Países Bajos, en Estados Unidos y en el propio Asmat, el expediente nunca se cerró del todo.

Conclusiones y preguntas abiertas

El veredicto oficial es la lectura más sencilla de las pruebas y tiene defensores serios. Mary Rockefeller Morgan ha sostenido que su hermano, por buen nadador que fuera, se enfrentaba a mareas estacionales, corrientes potentes hacia mar abierto y agua fluvial turbulenta de salida, y que la distancia era sencillamente excesiva. La debilidad de la teoría del ahogamiento es que explica una desaparición pero no una ausencia: en una búsqueda de ese tamaño, en una costa donde todo lo que flota acaba en los manglares, no se encontró absolutamente nada, ni siquiera los dos bidones.

Un segundo conjunto de relatos, mucho más antiguo, apunta a la aldea de Otsjanep. A las pocas semanas de la desaparición, dos misioneros holandeses que hablaban las lenguas locales, Cornelius van Kessel y Hubertus von Peij, informaron de que los aldeanos les habían contado que Rockefeller llegó a tierra y fue muerto allí. Von Peij escribió en diciembre de 1961 que cuatro hombres le describieron cómo se habían repartido los restos entre un grupo de la aldea. Un oficial de patrulla holandés, Wim van de Waal, hizo sus propias indagaciones en 1962 y dijo después que le entregaron un cráneo. La agencia Associated Press publicó una versión de la historia en marzo de 1962. En 1969 el periodista estadounidense Milt Machlin viajó a la zona, descartó la idea romántica de que Rockefeller siguiera vivo en cautiverio y concluyó que los indicios de una muerte violenta eran sólidos.

La investigación moderna más completa es el libro de Carl Hoffman, Savage Harvest, publicado en 2014. Hoffman trabajó en archivos gubernamentales y eclesiásticos holandeses y vivió temporadas en aldeas asmat, y afirma haber escuchado relatos coherentes con los recogidos en los años sesenta. El motivo que le describieron, y que antes describieron a los misioneros, no era apetito sino deuda. En enero de 1958 una patrulla colonial holandesa al mando de un administrador llamado Max Lapre abrió fuego en Otsjanep y mató a varios hombres cuyos nombres reaparecen en los relatos posteriores. En la comprensión asmat de aquella época, esas muertes creaban una deuda que debía equilibrarse. Una teoría sostiene que un extraño llegado solo desde el mar, del mismo mundo colonial, pudo leerse como el saldo de esa cuenta. Hoffman argumentó además que los funcionarios holandeses, en un territorio que estaban a punto de perder ante Indonesia y tratando con una de las familias más notorias de Estados Unidos, tenían todas las razones para dejar la conclusión en ahogamiento.

Nada de esto está probado. Los relatos son orales, recogidos con décadas de diferencia, a través de intérpretes, a veces ante forasteros con dinero y cámaras, y en todas partes la gente tiende a dar al visitante la historia que ha venido a buscar. No se ha presentado ni analizado ninguna prueba física. Los asmat son un pueblo vivo, con sus propios historiadores y su propia versión de 1961, que no coincide necesariamente con la que circula en los libros occidentales; la violencia colonial documentada en Otsjanep en 1958 es la parte de esta historia que menos se cuenta. Cualquier descripción de lo ocurrido después del intento a nado debe leerse como testimonio y no como sentencia, y quienes viven en esa costa merecen ser tratados como testigos y no como decorado.

Las preguntas abiertas son tercas. ¿Por qué una operación con aviones, barcos y miles de rastreadores no recuperó absolutamente nada, sea cual sea la teoría? ¿Qué concluyó internamente la administración holandesa y dónde están hoy esos expedientes? ¿Fue el veredicto de ahogamiento un juicio o una comodidad? ¿Podrían identificarse aún restos, y sería esa investigación ética o deseada por las comunidades implicadas? Y detrás de todo late la pregunta a la que el caso vuelve siempre: en qué se estaba metiendo exactamente un coleccionista de veintitrés años que llegó con hachas y anzuelos a un lugar donde su propio gobierno había disparado tres años antes.

¿Te ha gustado este caso? Recibe los casos nuevos de la semana cada viernes, gratis por correo.
Un correo por semana. Sin spam, cancela con un clic.
Lecturas gratuitas restantes este mes: 1

Comparte este artículo:

Comentarios de lectores (0)
Solo los suscriptores activos con pago verificado pueden comentar. Acceso completo