Percy Fawcett y la ciudad perdida de Z: el explorador que el Amazonas nunca devolvió
El 20 de abril de 1925 tres hombres salieron a caballo de Cuiabá, en el estado brasileño de Mato Grosso, y se dirigieron al noreste, hacia las cabeceras del río Xingú. El coronel Percy Harrison Fawcett tenía cincuenta y siete años y había completado ya siete expediciones al interior de Sudamérica. Con él iban su hijo mayor Jack, de veintiuno, y el amigo de infancia de Jack, Raleigh Rimell. Para lo habitual de la época viajaban extremadamente ligeros. Fawcett había elegido un grupo pequeño a propósito: las expediciones grandes, argumentaba, alarmaban a los pueblos de la selva, avanzaban despacio y consumían provisiones más deprisa de lo que era posible transportarlas. Tres hombres en forma, creía, podían atravesar un terreno donde una columna quedaría detenida. Buscaban los restos de una ciudad a la que se refería en sus papeles con una sola letra, escogida precisamente porque no revelaba nada: Z.
Fawcett no era un aventurero aficionado. Se había incorporado a la Royal Geographical Society en 1901 para formarse en topografía, y desde 1906 la Sociedad lo envió a cartografiar las fronteras disputadas de Bolivia y Brasil, un trabajo hecho en tierra de fiebres, con equipo primitivo y riesgo constante. Completó aquellos levantamientos con precisión y temple suficientes para hacerse un nombre en los círculos exploradores británicos. Había cruzado ríos que ningún europeo había trazado, soportado la malaria y el hambre casi absoluta, y había regresado cada vez.
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