UN CASO REAL
Documentado

La princesa que nunca existió: una momia falsificada y la mujer a la que nadie ha puesto nombre

2026-09-17 · · Personas sin nombre · 7 min de lectura

La cinta de vídeo llegó a Karachi en octubre de 2000. Un periodista paquistaní la vio y comprendió casi de inmediato que estaba ante algo extraordinario, o ante algo extraordinariamente turbio. La cámara recorría un ataúd de madera tallada. Dentro yacía un cuerpo envuelto y vendado a la manera antigua, el rostro cubierto por una máscara dorada, una corona de oro encima y, sobre el pecho, una lámina de oro trabajada con escritura cuneiforme.

La cinta procedía de Kharan, en Baluchistán, cerca de la frontera afgana, de la casa de un jefe tribal llamado Wali Mohammed Reeki. El precio pedido era de 600 millones de rupias paquistaníes, unos once millones de dólares estadounidenses de entonces. Reeki dijo que la momia le había llegado de un hombre que la encontró tras un terremoto cerca de Quetta.

La policía actuó antes de que pudiera cerrarse ninguna venta. El 19 de octubre de 2000 el ataúd fue incautado y trasladado al Museo Nacional de Pakistán, en Karachi, y en cuestión de días la historia dio la vuelta al mundo.

Los nuevos misterios, una vez por semana por correo
Un correo por semana. Sin spam, cancela con un clic.

La hija de Jerjes

La inscripción del pectoral de oro era el corazón del asunto. Traducida, se leía como una declaración en primera persona: quien hablaba era hija del gran rey Jerjes, pedía protección a una divinidad y daba su nombre, Rodoguna.

Jerjes I gobernó el imperio aqueménida entre 486 y 465 antes de nuestra era. Nunca se había recuperado una momia real persa. El rito funerario persa no era egipcio, y la idea de una princesa aqueménida embalsamada y dorada al modo egipcio habría obligado a reescribir cuanto se sabía sobre las costumbres funerarias de la dinastía. El eminente arqueólogo paquistaní Ahmad Hasan Dani examinó el ataúd y lo fechó hacia el año 600 antes de nuestra era. En una rueda de prensa el 26 de octubre la momia fue presentada al mundo como una princesa persa, y el Museo Nacional se encontró custodiando lo que se describía como uno de los hallazgos arqueológicos del siglo.

Las consecuencias diplomáticas fueron inmediatas. Irán declaró que la momia había sido saqueada con toda seguridad en suelo iraní, probablemente en la región de Hamadán, y exigió su devolución. Pakistán rechazó la reclamación. La administración talibán de Afganistán sostuvo entonces que el cuerpo procedía de territorio afgano y pertenecía a Kabul. Tres reclamaciones, un cadáver y muchísimo ruido.

La conservadora que siguió preguntando

Asma Ibrahim, la arqueóloga y conservadora que dirigía los trabajos del museo, sintió inquietud desde muy pronto. Era ella quien debía cuidar del objeto, y cuidarlo significaba mirarlo de cerca.

Reunió un equipo y revisó las pruebas pieza por pieza durante cerca de un año. El cuerpo fue radiografiado y pasado por un escáner de tomografía. El ataúd de madera y el sarcófago de piedra se sometieron a análisis técnico. Se tomaron muestras de la estera de juncos sobre la que reposaba el cuerpo. Y el texto cuneiforme se envió a una revisión filológica seria.

Los escáneres llegaron primero, y fueron demoledores. Los embalsamadores del antiguo Egipto extraían los órganos internos pero dejaban el corazón en su sitio, porque el corazón hacía falta en el juicio de los muertos. Este cuerpo había sido vaciado por completo, corazón incluido. Las técnicas no coincidían con ninguna tradición de momificación conocida, egipcia o no. La cavidad se había rellenado con un polvo que resultó ser desecante moderno, bicarbonato de sodio y sal común. El cuerpo y el cabello habían sido blanqueados.

Después llegó la anatomía. Los restos eran de una mujer de entre veintiuno y veinticinco años aproximadamente. No era en absoluto un cuerpo antiguo. Y presentaba daños que nada tenían que ver con el enterramiento: una fractura en el cuello y lesiones en la columna compatibles con un golpe fuerte de un objeto contundente.

La datación cerró el caso. El análisis de radiocarbono del material orgánico asociado al enterramiento apuntó a una muerte en torno a 1996, cuatro años antes de que la momia apareciera en el mercado.

La inscripción falló por su cuenta. Rüdiger Schmitt, especialista alemán en persa antiguo, examinó el cuneiforme y encontró errores gramaticales en varios puntos. Peor aún, el nombre del pectoral era Rodoguna, que es la forma griega. Una inscripción aqueménida auténtica habría usado el nombre en persa antiguo, Wardegauna. Schmitt identificó además pasajes tomados de la inscripción de Behistún, la gran proclamación real de Darío el Grande grabada en un acantilado del oeste de Irán y disponible en cualquier biblioteca. El falsificador había copiado de un manual, y había copiado mal.

En abril de 2001 el museo anunció públicamente la conclusión. La princesa persa era una invención, y el caso pasó de la arqueología a una investigación por homicidio.

Lo que vino después y lo que no

La falsificación había sido elaborada y cara. Alguien construyó un sarcófago de piedra y un ataúd de madera tallada, cortó e inscribió un pectoral de oro, hizo una máscara y una corona, consiguió el lino y aplicó un proceso de momificación lo bastante convincente para engañar a primera vista a gente experimentada. Eso no es obra de una persona en una tarde. Implica un taller, dinero y un plan para vender en el mercado internacional de antigüedades.

La vía penal no llevó a nada útil. En Pakistán se presentaron cargos contra varios hombres al amparo de la legislación sobre antigüedades y normas conexas en relación con el intento de venta, y conviene decirlo con claridad: estar acusado no es estar condenado, y toda persona acusada se presume inocente mientras un tribunal no determine lo contrario. Nadie ha sido nunca condenado por matarla. Nunca se ha demostrado que nadie la conociera.

Tampoco fue identificada. Los investigadores no lograron asociar un nombre, una familia, una aldea ni una denuncia por desaparición a una mujer joven de poco más de veinte años muerta en algún punto de la región hacia 1996. Su cuerpo había sido blanqueado, vaciado y envuelto en tela, lo que eliminó buena parte de aquello con lo que suele trabajar un examen forense. Nunca apareció documentación alguna sobre su vida.

Permaneció años en el museo, una pieza que se había convertido en prueba y luego en un problema que nadie quería. En 2005 los tribunales ordenaron entregar el cuerpo a la Fundación Edhi, la organización benéfica paquistaní más conocida por enterrar a los muertos sin reclamar. En 2008 la fundación le dio un funeral y la enterró con todos los ritos, como mujer no identificada.

Conclusiones y preguntas abiertas

Dos cosas están fuera de discusión. La momia es una falsificación moderna, demostrada de forma independiente por datación de radiocarbono, por tomografía, por análisis químico de los materiales de relleno y por análisis lingüístico de la inscripción. Y la mujer que había dentro murió a mediados de los años noventa con el cuello roto y lesiones en la columna.

Lo que no está resuelto es cómo murió, y ese vacío ha generado dos lecturas.

Una sostiene que fue asesinada precisamente para convertirla en una antigüedad vendible. Su fuerza está en la frialdad de la operación y en la presencia de una lesión contundente grave en el cuello. Si se construye una momia para venderla por once millones de dólares, un cuerpo reciente es más útil que uno descompuesto, y la falsificación exigía un cadáver en buen estado. Su debilidad es que ninguna prueba ha vinculado nunca una muerte concreta con un falsificador concreto, y la teoría se apoya en la inferencia y no en algo probado ante un tribunal.

La otra sostiene que murió por accidente o por una violencia ajena al fraude, y que su cuerpo fue obtenido después, quizá robado de una tumba o comprado a alguien con acceso a los muertos, y luego utilizado. Su fuerza es que exige menos supuestos y encaja con el modo habitual de operar de las redes de falsificación, que toman lo disponible en vez de fabricar una víctima. Su debilidad son las fechas y el patrón de lesiones, que quedan incómodamente próximos, y el hecho de que una tumba saqueada suele dejar rastro en alguna parte.

Asma Ibrahim, que hizo más que nadie por destapar el fraude, ha dicho públicamente que lo considera un caso de asesinato que nunca se investigó como tal. La investigación policial paquistaní sobre la muerte, a diferencia de la del contrabando, quedó de hecho estancada. Las líneas obvias, qué falsificador, qué taller, quién suministró el cuerpo, no llegaron a una conclusión que se haya hecho pública.

Quedan además varias preguntas prácticas. Nadie ha establecido de dónde salieron los componentes materiales: el sarcófago de piedra, la orfebrería, el ataúd tallado. Nadie ha establecido quién escribió el cuneiforme, una persona con acceso a una edición impresa de la inscripción de Behistún y con formación suficiente para copiar signos, pero no la bastante para evitar errores gramaticales básicos y una forma equivocada de un nombre real. Y nadie ha establecido si otras piezas del mismo taller se vendieron con éxito y están hoy en alguna colección privada, sin examinar.

La mayor pregunta abierta es la más sencilla. Murió una mujer joven. La despojaron de todo lo que la identificaba, la blanquearon, la rellenaron de bicarbonato, la vistieron de princesa de un imperio caído hace dos mil quinientos años y la pusieron en venta. La estudiaron científicos de tres continentes, se pelearon por ella tres gobiernos, la fotografiaron los periódicos del mundo, y ocho años después la enterraron sin nombre alguno. En algún lugar hay una familia que dejó de tener noticias de una hija hacia 1996 y a la que nunca se le ha dicho qué fue de ella.

¿Te ha gustado este caso? Recibe los casos nuevos de la semana cada viernes, gratis por correo.
Un correo por semana. Sin spam, cancela con un clic.
Lecturas gratuitas restantes este mes: 1

Comparte este artículo:

Comentarios de lectores (0)
Solo los suscriptores activos con pago verificado pueden comentar. Acceso completo