Peter Bergmann: el hombre que se borró a sí mismo antes de morir
En la tarde del 12 de junio de 2009, un hombre de entre cincuenta y muchos y sesenta y tantos años bajó de un autobús procedente de Derry en la estación de Sligo, una localidad de la costa noroeste de Irlanda. Tomó un taxi hasta el Sligo City Hotel y se registró con el nombre de Peter Bergmann, dando una dirección de Viena: Ainstettersn 15, 4472. Los investigadores establecieron después que esa calle no existe en Austria y que el código postal no está asignado; los de Viena empiezan por 1. Pagó tres noches en efectivo.
Lo que las cámaras de seguridad del pueblo grabaron en los días siguientes inquieta desde entonces a todo el que lo ha visto. Una y otra vez, el hombre salía del hotel cargando una bolsa de plástico morada que parecía llena, y regresaba con ella vacía. Se le vio hacerlo más de una docena de veces, siguiendo cada día rutas distintas. Los detectives revisaron luego las papeleras a lo largo de sus recorridos y no recuperaron un solo objeto desechado. La bolsa morada nunca apareció. La mañana del 13 de junio visitó la oficina de correos de Sligo y compró ocho sellos de 82 céntimos y etiquetas de correo aéreo. Ninguna carta relacionada con él surgió jamás en ninguna parte.
El 14 de junio pidió a un taxista que le recomendara una playa tranquila donde un hombre pudiera nadar. El conductor sugirió Rosses Point, un arenal pintoresco a las afueras, y lo llevó hasta allí. Bergmann contempló el agua un rato y volvió al hotel. Al día siguiente, 15 de junio, dejó el hotel, fue a la estación y viajó a Rosses Point en el autobús de la tarde. Los testigos de aquella noche recordaban a un hombre educado, con acento alemán o austriaco, paseando por la playa. Lo vieron cerca de una docena de personas; varias lo advirtieron junto al agua al caer la oscuridad.
A primera hora del 16 de junio, un padre y su hijo encontraron su cuerpo en la arena. Ninguna cámara ni testigo lo vio entrar en el mar. Las etiquetas de su ropa habían sido recortadas. No llevaba cartera, ni documentos, ni nada que pudiera identificarlo.
La autopsia ahondó el misterio en lugar de resolverlo. El hombre se estaba muriendo: tenía un cáncer de próstata avanzado con metástasis en los huesos, había sufrido infartos previos y le habían extirpado un riñón. El patólogo no halló indicios de ahogamiento típico en agua salada ni señales de violencia; la causa de la muerte se registró como paro cardíaco agudo. Los informes del caso señalan que no recibía tratamiento contra el cáncer.
La investigación de la Garda duró meses e involucró a Interpol. Sus huellas y su ADN no coincidieron con ninguna base de datos europea. Ninguna denuncia de desaparición encajó jamás con él. Un nuevo llamamiento en 2023, con imágenes actualizadas y análisis de ADN, tampoco produjo un nombre. Por qué eligió Sligo, qué llenaba la bolsa morada y quién esperaba unas cartas que quizá nunca se enviaron: todo sigue sin saberse. La interpretación dominante, tan indemostrada como todo en este caso, es que un hombre con una enfermedad terminal decidió morir siendo nadie, y ejecutó ese plan casi a la perfección. Casi, porque el mundo lleva dieciséis años intentando devolverle su nombre.