La ciudad que destrozó a sus propios dioses: las ocho fosas de Sanxingdui
En el verano de 1986, unos obreros de una ladrillera a las afueras de Guanghan, en la llanura de Chengdu, en Sichuan, extraían arcilla. La tierra allí es blanda y amarilla y llevaba años excavándose sin incidentes. Entonces una pala atravesó una cavidad y el hombre que la sostenía se encontró mirando una hoja de jade.
El aviso llegó a los arqueólogos provinciales, que abrieron lo que resultó ser una fosa rectangular cortada en el suelo. Lo que salió de ella, y de una segunda fosa hallada semanas después a pocos metros, no encajaba en nada de lo que se sabía sobre la Edad del Bronce china. Había cabezas de bronce de mandíbula cuadrada y nariz plana, algunas con la cara cubierta de lámina de oro. Había colmillos de elefante, decenas, apilados por capas. Había jades, conchas de cauri traídas del mar a cientos de kilómetros, y una figura de bronce en pie de dos metros y medio sobre un pedestal, con las manos enormes y anilladas extendidas como si sostuvieran algo que ya no está. Había una máscara de bronce tan ancha que un hombre actual no puede abarcarla con los dos brazos, con los ojos proyectados fuera del rostro sobre tallos, como oculares de un telescopio. Y había un árbol de bronce de casi cuatro metros, con pájaros en las ramas.
Casi todos los objetos habían sido rotos antes de entrar en la tierra. No dañados por el suelo, ni aplastados por el peso del relleno: rotos deliberadamente. Muchas piezas además habían sido quemadas. Después los fragmentos se depositaron en la fosa siguiendo un orden, el marfil arriba, y la fosa se cubrió.
Nada en el registro histórico chino describía a la gente que hizo esto. La Edad del Bronce del valle del río Amarillo, la dinastía Shang y su capital en Anyang, se conocen con detalle, en parte porque los Shang escribían. Grababan preguntas en huesos de buey y caparazones de tortuga y guardaban las respuestas. En Guanghan, en el asentamiento que hoy se llama Sanxingdui, no había escritura de ninguna clase. Ni en los bronces, ni en los jades, ni en nada.
El yacimiento llevaba mucho tiempo dando pistas sin que nadie reparara en ellas. En 1927 un campesino llamado Yan Daocheng, cavando una acequia junto a su casa, dio con un depósito de discos y hojas de jade. Algunas piezas se vendieron, otras circularon entre coleccionistas, y en 1934 un equipo del museo de la Universidad de la China Occidental, dirigido por David Crockett Graham, excavó allí una campaña breve y publicó los hallazgos. Después llegó la guerra y el yacimiento esperó. En los años ochenta, arqueólogos chinos trazaron murallas de tierra a su alrededor y establecieron que Sanxingdui no era un santuario en un campo sino una ciudad amurallada de unos 3,6 kilómetros cuadrados, con un barrio palaciego, talleres, zona residencial y un área ceremonial al sur donde se encuentran todas las fosas.
Las dataciones por radiocarbono y el estilo de los bronces sitúan el material entre 1300 y 1100 a. C. aproximadamente, contemporáneo de la Shang tardía, muy al noreste. El metal en sí cuenta una historia complicada. La aleación y la fundición con moldes de piezas son chinas, parte del mismo mundo técnico que Anyang. Las formas no lo son. Nadie en el valle del río Amarillo fundía figuras humanas de dos metros ni máscaras de ojos salientes. Los Shang fundían recipientes para ofrendas de comida y vino. Sanxingdui fundía rostros.
Durante mucho tiempo se pensó que las dos fosas de 1986 eran todo lo que había. Después, entre 2019 y 2022, un equipo chino que trabajaba con un cuidado que las excavaciones antiguas no podían permitirse abrió seis fosas más en la misma área ceremonial, dentro de recintos con clima controlado y con trajes de protección. Las seis dieron miles de objetos más. Había una máscara de oro, más figuras de bronce, más marfil y algo que nadie esperaba: restos de seda, descompuestos casi hasta desaparecer pero identificables químicamente, incluido un residuo junto al ojo de la gran máscara. Era la primera seda de esa antigüedad recuperada en Sichuan, y sugería que estos objetos habían sido envueltos o vestidos antes de ser destruidos.
Las fosas nuevas también rompieron el cuadro ordenado. Las muestras de radiocarbono mostraron que no se rellenaron todas en el mismo momento. La mayoría se agrupa en los siglos XII y XI a. C., pero al menos dos parecen posteriores, próximas al Zhou Occidental temprano. Lo que ocurrió en Sanxingdui no fue una noche de destrucción. Fue una práctica repetida.
Después la ciudad quedó atrás. En algún momento entre 1100 y 1000 a. C. la población de Sanxingdui se adelgazó y el centro de gravedad se desplazó. En 2001, a cuarenta kilómetros, en un suburbio del Chengdu actual, unos obreros cortaron un yacimiento que hoy se llama Jinsha y encontraron oro, jade y bronce en el mismo lenguaje visual: los mismos ojos salientes, los mismos motivos de sol y pájaro, algo más tardíos y algo más pequeños. La gente no desapareció. Se trasladó, o lo hicieron sus sucesores.
Cómo se llamaban a sí mismos se ignora. Textos chinos escritos más de mil años después, sobre todo las Crónicas de Huayang, del siglo IV, describen un reino de Shu en Sichuan y enumeran una serie de gobernantes antiguos, entre ellos uno llamado Cancong del que se dice que tenía los ojos salientes. Si eso es un recuerdo de las máscaras, una explicación inventada después de que alguien viera una, o una coincidencia, nadie puede demostrarlo.
Conclusiones y preguntas abiertas
La interpretación más antigua y todavía más extendida es que las fosas son depósitos de sacrificio: ofrendas a un dios o a los antepasados, en las que los objetos fueron matados mediante el fuego y la rotura para poder salir del mundo de los vivos. Su fuerza está en el tratamiento del material, sistemático más que violento, y en la presencia de marfil, cauris y oro, que representan una riqueza enorme entregada de forma definitiva. Su debilidad es que no hay ningún rito comparable documentado en el resto de la China de la Edad del Bronce, y que los objetos no se ofrecieron enteros, que es lo que el sacrificio suele exigir en otros lugares.
Una segunda lectura, defendida por varios arqueólogos chinos, sostiene que se trata de depósitos de limpieza de templo. Según esta idea, los bronces estuvieron en un santuario durante generaciones y, cuando el santuario se reconstruyó, se trasladó o se renovó, su mobiliario antiguo fue retirado ritualmente del uso sagrado y enterrado en conjunto en lugar de reaprovecharse como metal. Esta hipótesis ganó mucha fuerza con las excavaciones de 2019 a 2022, porque explica fosas de fechas distintas y grupos mezclados de objetos de edades distintas dentro de una misma fosa. Su debilidad es el fuego. Vaciar un templo no exige de manera evidente quemar su contenido, y la combustión en Sanxingdui fue intensa.
Una tercera teoría lee las fosas en clave política: los objetos fueron destrozados por un enemigo, o por una nueva dinastía dentro de la propia Shu, como acto de desacralización, destinado a destruir no el metal sino el poder que contenían los rostros. Tiene la ventaja de explicar por qué las cabezas y las máscaras, las partes que representan a un ser, recibieron el trato más duro. En su contra está la arqueología de la ciudad. No se ha identificado en el asentamiento un nivel de destrucción que corresponda a un saqueo, y de un enemigo vencedor que quemara el templo cabría esperar que se llevara el oro en lugar de enterrarlo.
Una cuarta línea busca una causa natural detrás del abandono. Estudios del sistema del río Minjiang han propuesto que un terremoto o una crecida provocada por un deslizamiento que represó el cauce a finales del segundo milenio a. C. alteraron el abastecimiento de agua de la llanura y obligaron a la población a marcharse, y que las fosas representan un cierre de emergencia del santuario antes de la partida. La fuerza aquí es que Jinsha existe, está cerca y es posterior, de modo que un traslado sí ocurrió. La debilidad es que la datación de los episodios geológicos no es lo bastante precisa para demostrar causalidad, y una correlación de uno o dos siglos prueba poco.
Bajo todo esto hay dos preguntas más duras. La primera es la escritura. Sanxingdui produjo una sociedad grande, organizada y rica, con metalurgia monumental y comercio de larga distancia, y no dejó ni una inscripción. Unos pocos investigadores sostienen que ciertas marcas repetidas en jades y cerámica son el comienzo de una escritura; la mayoría cree que los Shu simplemente no escribían, o escribían sobre algo que no ha sobrevivido. La segunda son los muertos. Ocho fosas, miles de objetos, y ningún cementerio de la gente que los encargó. Las tumbas de la élite de Sanxingdui no se han encontrado nunca.
Conviene dejar de lado dos afirmaciones. La sugerencia, popular en internet desde que empezaron a circular fotografías de las máscaras, de que los objetos son prueba de un contacto extraterrestre, no tiene base probatoria de ningún tipo: las aleaciones, los moldes y las rebabas de fundición son los de un taller local de la Edad del Bronce, y el parecido descansa por entero en expectativas modernas sobre el aspecto de un rostro alienígena. Igualmente, identificar las máscaras con el legendario rey Cancong es una asociación literaria hecha en un texto escrito unos quince siglos después, no un hallazgo.
Lo que queda es una ciudad que fabricó rostros enormes, los destruyó a propósito, los enterró con una riqueza que podría haber conservado y nunca escribió una palabra sobre por qué. La excavación del área ceremonial no ha terminado y el programa chino actual continúa. Por ahora, Sanxingdui sigue siendo el mayor conjunto de arte de la Edad del Bronce de Asia oriental cuyo significado nadie puede leer, en el sentido estricto de que sus autores no dejaron nada que leer.