El yeti bajo el microscopio: cómo el ADN cerró el caso sin ruido
La historia empieza con una huella. El 8 de noviembre de 1951, en lo alto de la cuenca de Menlung, cerca del Everest, el montañero Eric Shipton y su compañero Michael Ward toparon con una hilera de pisadas en la nieve a unos 5.500 metros. Shipton colocó un piolet y una bota junto a la huella más nítida y tomó cuatro fotografías. Publicadas en The Times aquel diciembre, las imágenes dieron al yeti su prueba más famosa: una sola marca con un dedo ancho y abierto que se parecía, de forma inquietante, a la de un gigante descalzo. Edmund Hillary, que conocía aquellas montañas, sospechó que la huella era el rastro de un animal salvaje difuminado y agrandado por la nieve al fundirse.
La creencia era mucho más antigua que la fotografía. La tradición sherpa hablaba del yeti como un habitante real de las alturas, y varios monasterios conservaban reliquias tenidas por sus restos: «cueros cabelludos» peludos y una mano esquelética guardados durante generaciones. Durante décadas esos objetos quedaron fuera del alcance de la prueba. Lo que lo cambió todo no fue una cámara mejor ni una expedición más audaz, sino la capacidad de leer el ADN.
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