Resuelto

El yeti bajo el microscopio: cómo el ADN cerró el caso sin ruido

2026-06-13 · Criaturas misteriosas · 8 min de lectura

En la mañana del 8 de noviembre de 1951, dos hombres exhaustos descendían por un glaciar bajo el Menlung La, un alto paso en la frontera entre Nepal y el Tíbet, cuando la nieve ante ellos dejó de estar vacía. Eric Shipton, uno de los alpinistas del Himalaya más experimentados de su tiempo, y su compañero, el cirujano Michael Ward, llevaban semanas sondeando las rutas meridionales hacia el Everest. Ahora, a algo entre 5.000 y 5.500 metros, una hilera de huellas cruzaba la nieve fresca ante ellos y se perdía sobre el hielo. Eran grandes y eran nítidas, y en la más nítida de ellas un dedo ancho y abierto se hundía en la costra. Su compañero sherpa, Sen Tensing, no tenía la menor duda de qué las había dejado. Shipton, que no llevaba regla, colocó su piolet junto a una huella, puso la bota de Ward junto a otra y tomó cuatro fotografías antes de que el sol pudiera fundir la prueba.

Aquellas fotografías dieron la vuelta al mundo. Una en particular, una sola huella con un piolet como escala, se publicó en The Times aquel diciembre y se convirtió en la prueba física más famosa que el yeti haya dado jamás. Aquí, al fin, había algo que se podía medir: no el relato de un viajero, no la historia de un monje, sino una marca en la nieve captada en película por un hombre cuya competencia nadie discutía. El propio Shipton nunca pretendió saber qué había hecho la huella.

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