El Ourang Medan: el barco de la muerte que quizá nunca zarpó
La historia se cuenta casi siempre con la certeza plana de un informe policial, y esa certeza es lo primero que debería inquietar a un lector cuidadoso. En algún punto de las aguas frente a Sumatra, en el estrecho de Malaca, unos radiotelegrafistas habrían captado una llamada de socorro en morse que arañaba la oscuridad. Venía, dice el relato, de un carguero holandés llamado Ourang Medan. Todos los oficiales, incluido el capitán, muertos, decía el mensaje; probablemente muerta toda la tripulación. Después una ráfaga de código ininteligible y sin sentido, como si una mano moribunda siguiera golpeando la llave. Y luego, rompiendo toda convención de la radio marítima, tres palabras sencillas: muero. Tras ellas, nada salvo el siseo de un canal abierto.
Lo que sigue es una de las escenas más sordamente espeluznantes del folclore del mar, y merece contarse con sobriedad, porque describe la muerte de unos hombres. El buque más cercano, habitualmente identificado como el mercante estadounidense Silver Star, cambió el rumbo y encontró el carguero a la deriva, cabeceando en la marejada sin una sola luz encendida, en apariencia intacto. Un grupo de abordaje subió y entró en un cuadro que la historia ha repetido, casi palabra por palabra, durante tres cuartos de siglo. La tripulación yacía muerta donde había caído, esparcida por las cubiertas, el puente, la timonera y los pasillos. Tenían los ojos abiertos. Los brazos extendidos, algunos tendidos hacia la nada. Los rostros, insiste el relato, quedaron fijos en expresiones de terror, las bocas abiertas como ante una última visión insoportable. No había heridas, ni sangre, ni señal de lucha o enfermedad. Hasta el perro del barco yacía muerto, se decía, congelado en mitad de un gruñido. Y bajo cubierta la temperatura era extraña, indebidamente fría.
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