La pila de Bagdad: una vasija que quizá dio chispas, o solo guardó pergaminos
Bagdad, 1938. En el laboratorio del Museo de Irak, un investigador austriaco llamado Wilhelm Konig daba vueltas entre las manos a una vasija de barro pequena y sin gracia: trece centimetros de ceramica palida y sin vidriar, cuya boca estuvo cerrada alguna vez con un tapon de betun negro. Dos anos antes, en 1936, unos obreros del Ferrocarril del Estado de Irak que abrian una zanja de cimentacion en Khujut Rabu, una aldea a las afueras de Bagdad no lejos de las ruinas de Ctesifonte, irrumpieron en una tumba antigua y sacaron un racimo de vasijas como esta. Fueron a parar, como suele ocurrir con los hallazgos raros, al museo y a las manos del hombre que dirigia su laboratorio. Dentro de esta habia un cilindro de cobre enrollado y, dentro de este, una varilla de hierro comida por la corrosion; todo el conjunto se sostenia con el betun. Los almacenes de los museos estan llenos de vasijas raras. Esta, decidio Konig, no era simplemente rara: era imposible. En un articulo publicado ese mismo ano propuso que el objeto era una celda galvanica: una bateria electrica funcional, ensamblada unos dos mil anos antes de que Alessandro Volta apilara su famosa pila en 1800.
Conviene detenerse en lo radical de esa afirmacion. Una bateria solo necesita dos metales distintos y un liquido acido entre ellos, y la vasija aporta los metales sin discusion: hierro y cobre, la pareja clasica. Konig la dato en la epoca parta, entre el siglo III antes de Cristo y el siglo III de nuestra era; estudiosos posteriores, por el estilo de la ceramica, se inclinaron por el periodo sasanida que le siguio. En cualquier caso, si tenia razon, alguien en Mesopotamia embotello la electricidad mas de un milenio antes de que Europa tuviera siquiera una palabra para el fenomeno, y luego, de algun modo, todo aquel arte se olvido tan por completo que no sobrevive ni una sola mencion posterior.
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