Los cifrados de Beale: tres páginas de números, una fortuna enterrada... o un engaño brillante
En la primavera de 1845, un posadero de Lynchburg ya entrado en años, llamado Robert Morriss, rompió por fin el candado de una caja de hierro que llevaba veintitrés años bajo su custodia. El hombre que se la había dejado, un virginiano llamado Thomas J. Beale, le había pedido que la guardara a buen recaudo, le había prometido una carta con la clave por correo y se había marchado a caballo por los caminos del invierno para no regresar jamás. La carta nunca llegó. Cuando Morriss forzó por fin la caja, encontró dentro dos cartas escritas con sencillez y tres hojas cubiertas de borde a borde con números: 520 cifras en la primera página, 763 en la segunda, 618 en la tercera. Según las cartas, esos números custodiaban una fortuna en oro y plata enterrada en las colinas del cercano condado de Bedford. Morriss moriría sin leer una sola línea de ellas. Casi un siglo y medio después, lo mismo puede decirse de casi todos los demás - excepto, quizá, de un hombre.
Beale había entrado por primera vez en el establecimiento de Morriss, el Hotel Washington, una noche de enero de 1820: un hombre alto, de tez morena y unos treinta años, que pasó el invierno encandilando a la sociedad de Lynchburg antes de volver a cabalgar hacia el oeste. Regresó dos años después, se alojó brevemente y dejó la caja cerrada al cuidado de Morriss con unas pocas palabras discretas sobre su importancia. Luego se marchó por última vez. Una carta sí llegó a Morriss, enviada desde San Luis en la primavera de 1822, con la promesa de que, pasados diez años, un amigo le haría llegar desde un punto lejano la clave decisiva. Ni el amigo ni la clave llegaron jamás. Sin la clave, la caja no era más que tres páginas de números y una historia que nadie podía comprobar.
Has usado tus lecturas gratuitas de este mes.
Desbloquea los 151 misterios documentados - en 6 idiomas, sin anuncios.
Acceso completo