La oleada belga: la noche en que los F-16 persiguieron algo que la Fuerza Aérea nunca identificó
Era poco más de las cinco y media de la tarde del 29 de noviembre de 1989 cuando dos gendarmes que patrullaban cerca de Eupen, un pueblo en la frontera de Bélgica con Alemania, avisaron por radio de algo que no sabían explicar. Sobre un campo flotaba una enorme plataforma oscura, más o menos triangular, con potentes luces blancas en las esquinas y un punto rojo pulsante en el centro. Se deslizaba despacio, casi sin ruido, y luego se alejó hacia un lago cercano. En pocas horas, su aviso era uno de los cerca de ciento cuarenta que llegaron a la gendarmería aquella única noche: de conductores, familias y agentes fuera de servicio, la mayoría sin idea de que alguien más observaba el mismo trozo de cielo.
Fue la noche inaugural de lo que se conocería como la oleada belga. Durante meses, desde aquella velada de noviembre hasta el año siguiente, testigos de todo el país describieron lo mismo: un triángulo grande, oscuro y silencioso, volando bajo y despacio, con luces inconfundibles, a veces inmóvil como aparcado en el aire. Cuando los avisos remitieron, unas 13.500 personas afirmaban haberlo visto. La sociedad civil de investigación SOBEPS, que trabajó junto a la gendarmería, reunió unas 2.600 declaraciones escritas y más tarde publicó dos gruesos volúmenes sobre el asunto. De los casos que examinó a fondo, juzgó que varios centenares resistían cualquier explicación corriente.
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