UN CASO REAL
Resuelto

Cuatro personas en dos bidones: los cuarenta años que costó saber sus nombres

2026-09-20 · · Los crímenes más graves, resueltos · 12 min de lectura

El bidón estaba tumbado de lado entre la maleza, a unos treinta metros del esqueleto quemado de una tienda rural de la carretera 28, justo fuera del límite del parque estatal de Bear Brook, en Allenstown, Nuevo Hampshire. Era un bidón de acero corriente de 55 galones, de los que transportan aceite o disolvente industrial, y llevaba allí el tiempo suficiente para que las hojas se hubieran acumulado contra él. El 10 de noviembre de 1985, un cazador que caminaba por la linde de los árboles reparó en él y miró dentro.

Lo que encontró fueron restos esqueléticos envueltos en plástico: una mujer adulta y una niña. Las habían metido juntas en el bidón. Las autopsias establecieron que ambas habían muerto por traumatismo contundente. Más allá de eso, el estado de Nuevo Hampshire no pudo establecer casi nada.

No había cartera, ni documentación, ni ropa rastreable, ni una sola ficha dental en todo el país que coincidiera. El forense estimó que la mujer tenía entre veintitrés y treinta y tres años, y la niña entre ocho y diez. Los investigadores repasaron los expedientes de desaparecidos de Nuevo Hampshire y luego los de fuera, y no encontraron a nadie que encajara. Al final las enterraron en un cementerio de Allenstown bajo una lápida sin nombres, con una simple descripción: aquí yacen los restos mortales, conocidos solo por Dios, de una mujer de 23 a 33 años y una niña de 8 a 10.

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Ahí se quedó el caso durante quince años.

El segundo bidón

El 9 de mayo de 2000, los investigadores volvieron al lugar para mirar de nuevo. Era trabajo rutinario, de esas revisiones periódicas que a veces reciben los casos archivados cuando los hereda un detective nuevo. A unos noventa metros de donde había aparecido el primer bidón, muy fuera del perímetro registrado en 1985, encontraron un segundo bidón de 55 galones. Dentro estaban los restos de otras dos niñas.

A una se le calcularon entre uno y tres años. A la otra, entre dos y cuatro. Ambas habían muerto igual que las dos primeras víctimas. Ambas llevaban en el suelo, dentro de ese bidón, tanto tiempo como las otras.

Cuatro personas. Dos bidones. Un pedazo de bosque. Y todavía ni un solo nombre.

Para los investigadores que heredaron el expediente, el caso adquirió una etiqueta que en realidad no era más que una dirección. Era el caso de Allenstown, o los asesinatos de Bear Brook, por el parque estatal del otro lado de la carretera. Ninguno de los dos nombres pertenecía a nadie de los que estaban dentro de los bidones. Se encargaron y difundieron reconstrucciones faciales de los cuatro. Llegaron avisos que no llevaron a ninguna parte. Cada pocos años, un detective sacaba las cajas, las leía desde el principio y volvía a guardarlas.

La investigación de 1985 tropezó con un problema difícil de explicar a quien no trabajara un caso en aquella época. No existía una base de datos nacional de ADN para restos sin identificar. No existía una base nacional de desaparecidos que el público pudiera consultar: NamUs, el sistema que finalmente la proporcionó, no entró en línea hasta 2007. Un cadáver hallado en Nuevo Hampshire y una familia que presentaba una denuncia en California existían en dos universos separados, y no los conectaba nada salvo una llamada de teléfono que a nadie se le ocurrió hacer. Las víctimas de Allenstown eran, en el sentido burocrático literal, invisibles.

Lo que podían decir los huesos

Para la década de 2010, los propios restos se habían convertido en el único testigo disponible, y la ciencia forense había mejorado lo bastante como para empezar a tomarle declaración.

En 2014, el análisis de ADN mitocondrial estableció que la mujer adulta, la niña mayor y la niña menor estaban emparentadas por línea materna. En 2015, un análisis posterior confirmó que la mujer era la madre biológica de dos de las tres niñas. La niña intermedia, la de dos a cuatro años, no estaba emparentada con ninguna de ellas.

El análisis de isótopos en huesos y dientes añadió una geografía. La firma química del agua que bebe una persona queda depositada en sus tejidos y varía según la región. Los resultados indicaron que este grupo familiar llevaba solo semanas o meses viviendo en el noreste de Estados Unidos antes de morir. Venían de otro sitio. Ese único hallazgo reencuadró el caso: los investigadores habían pasado décadas buscando una familia de Nueva Inglaterra desaparecida, y la familia no era de Nueva Inglaterra.

Aun así, nada de esto produjo un nombre. Los nombres los produjo un caso completamente distinto, a cinco mil kilómetros de allí.

La niña a la que llamaron Lisa

En 1986, un hombre que se hacía llamar Gordon Jenson dejó a una niña pequeña en un parque de caravanas de Scotts Valley, California, y no volvió a buscarla. Tenía unos cinco años. No sabía decir su apellido. Entró en el sistema de protección de menores de California como Lisa, acabó siendo adoptada y creció.

Años después, un hombre fue detenido en California por abandono de menor y dio el nombre de Curtis Mayo Kimball. Las huellas dactilares vincularon más tarde a Kimball y a Jenson con la misma persona. Una prueba de ADN en 2003 estableció que no era el padre biológico de Lisa, lo que significaba que en algún sitio había una mujer que era su madre, y tampoco nadie sabía quién era.

El detective Peter Headley, de la oficina del sheriff del condado de San Bernardino, siguió trabajando en la cuestión de quién era Lisa realmente. Hacia 2015 recurrió a Barbara Rae-Venter, una abogada de patentes jubilada que había tomado la genealogía genética como afición y se había vuelto extraordinariamente buena en ella. El método que usó era nuevo: subir un perfil de ADN a una base genealógica pública de consumo, encontrar a los primos lejanos que comparten fragmentos de él, construir sus árboles genealógicos hacia atrás hasta que los árboles se cruzan e identificar a quien se sienta en la intersección. Se había usado para ayudar a personas adoptadas a encontrar a sus familias biológicas. Nunca se había usado para resolver una investigación criminal.

Funcionó. Lisa fue identificada como Dawn Beaudin, nacida en Nuevo Hampshire. Su madre era Denise Beaudin, de Manchester, Nuevo Hampshire, que abandonó el estado hacia el Día de Acción de Gracias de 1981 con su hija bebé y un novio al que había presentado a su familia como Robert Evans. Nunca se denunció la desaparición de Denise Beaudin. Sus parientes dieron por hecho que se había mudado y había dejado de llamar. Hubo que esperar a 2016 para que se abriera un expediente de desaparecida, treinta y cinco años después de que alguien la viera por última vez.

Las víctimas de Bear Brook habían aparecido en Allenstown, a veinte minutos en coche de Manchester. En enero de 2017, las autoridades de Nuevo Hampshire anunciaron públicamente que conectaban ambos casos a través del hombre que se hacía llamar Robert Evans.

El hombre de los cinco nombres

En junio de 2017, los investigadores anunciaron que habían establecido quién era. El ADN del cromosoma Y obtenido de uno de sus hijos biológicos de un primer matrimonio confirmó que Robert Evans, Gordon Jenson, Curtis Kimball y Larry Vanner eran el mismo hombre: Terry Peder Rasmussen, nacido en Denver, Colorado, en 1943.

Rasmussen se casó en 1968, tuvo cuatro hijos entre 1969 y 1972 y vivió en Arizona y el norte de California. Su mujer lo dejó a mediados de los años setenta. Su familia lo vio por última vez hacia la Navidad de 1974. Después recorrió el país durante más de un cuarto de siglo bajo una serie rotatoria de identidades, con trabajos corrientes, formando relaciones con mujeres que tenían hijos y siguiendo adelante.

Los alias no eran sofisticados. No falsificaba documentos ni construía coartadas elaboradas. Simplemente daba otro nombre, aceptaba trabajos donde no lo comprobaban y confiaba en que en los años setenta y ochenta nada en Estados Unidos comparaba automáticamente una identidad con otra. Cada vez que una relación terminaba o un lugar se complicaba, se convertía en otra persona, y quien había sido dejaba de existir en todos los registros que importaban.

Ya estaba en prisión cuando los investigadores averiguaron quién era, y ya estaba muerto. En 2002, el cuerpo de su esposa, una química californiana llamada Eunsoon Jun, apareció oculto en la casa que compartían en Richmond, California. Fue detenido bajo el nombre de Larry Vanner y condenado por su asesinato. Murió en prisión en diciembre de 2010, sin que nadie le hubiera hecho jamás una sola pregunta sobre cuatro cuerpos en dos bidones en Nuevo Hampshire, porque nadie sabía todavía que había que preguntárselo.

La bibliotecaria

Saber el nombre del asesino no dio a las víctimas el suyo. Eso lo hizo Rebekah Heath, una bibliotecaria de Connecticut que seguía el caso como proyecto de investigación privado.

Heath rastreó viejos foros de genealogía, que son en esencia botellas digitales lanzadas al mar por gente que busca parientes perdidos. Encontró un mensaje dejado en Ancestry en 1999 por un hombre que buscaba a una hermanastra llamada Sarah McWaters, desaparecida siendo bebé junto a su madre y su hermana mayor. Heath empezó a rastrear a la madre, Marlyse Honeychurch, y halló una referencia que la vinculaba a un hombre de apellido Rasmussen. Se lo llevó a los investigadores.

El 6 de junio de 2019, las autoridades de Nuevo Hampshire dieron una rueda de prensa y, por primera vez en treinta y cuatro años, pronunciaron en voz alta los nombres de tres de las víctimas. La mujer era Marlyse Elizabeth Honeychurch, nacida en 1954. La niña mayor era su hija Marie Elizabeth Vaughn, nacida en 1971. La menor era su hija Sarah Lynn McWaters, nacida en 1977. A las tres se las vio por última vez hacia el Día de Acción de Gracias de 1978 en La Puente, California, tras una discusión familiar. Honeychurch se marchó con un hombre al que conocía desde hacía poco. Nadie de la familia volvió a saber de ella, y nadie presentó una denuncia.

La niña intermedia, la que no pertenecía a ninguna de ellas, seguía sin nombre. El ADN ya había demostrado que Rasmussen era su padre.

El último nombre

A principios de 2024, la Unidad de Casos Archivados de la Policía Estatal de Nuevo Hampshire incorporó al DNA Doe Project para trabajar específicamente en ella, con técnicas de genealogía genética que habían avanzado mucho desde 2017. El 5 de septiembre de 2025 se confirmó la identificación mediante ADN y registros documentales, y el fiscal general de Nuevo Hampshire, John Formella, lo anunció públicamente.

Se llamaba Rea Rasmussen. Nació en 1976 en el condado de Orange, California. Su madre era una mujer llamada Pepper Reed, nacida en 1952, a la que no se ha visto desde finales de los años setenta y cuya desaparición tampoco se denunció nunca.

Cuarenta años después de que se abriera el primer bidón, las cuatro víctimas de Allenstown tienen nombre. Y la identificación de la última produjo de inmediato una quinta desaparecida.

Conclusiones y preguntas abiertas

El caso Bear Brook está hoy formalmente cerrado en cuanto a quién cometió los asesinatos. Terry Rasmussen es el único sospechoso que las autoridades de Nuevo Hampshire han nombrado nunca, el ADN establece su parentesco con una de las víctimas y su patrón documentado de vincularse a mujeres con hijos pequeños y luego desaparecer solo encaja con la forma del crimen. No puede ser juzgado, porque está muerto desde 2010.

Lo que no está cerrado es casi todo lo demás.

La primera pregunta abierta es a cuántas personas mató. Los investigadores han declarado públicamente que creen que Rasmussen fue responsable de al menos cinco homicidios y probablemente más, en varios estados y bajo varias identidades. La cuenta conocida es Marlyse Honeychurch, sus dos hijas, su propia hija Rea y Eunsoon Jun. Denise Beaudin nunca ha aparecido. Pepper Reed nunca ha aparecido. Ninguna de las dos desapariciones se denunció en su momento, que es precisamente por lo que quedaron sin examinar durante décadas, y eso plantea la posibilidad incómoda de que ocurriera lo mismo con otras. El argumento contrario es que no hay prueba física que lo vincule a ninguna víctima adicional, y que un hombre que usó al menos cinco nombres en veinticinco años es una figura demasiado cómoda sobre la que proyectar casos sin resolver. Ambas posturas son hoy infalsables.

La segunda pregunta es la cronología de los bidones. Si Honeychurch y sus hijas desaparecieron en California a finales de 1978, y Rea Rasmussen nació en California en 1976, y la evidencia isotópica dice que el grupo llevaba solo semanas o meses en el noreste antes de morir, entonces los asesinatos ocurrieron en una ventana bastante estrecha tras su llegada a Nuevo Hampshire. Pero el segundo bidón apareció quince años después del primero, a menos de cien metros, y nadie ha explicado públicamente por qué se separaron los cuerpos en dos recipientes ni si se depositaron allí al mismo tiempo. Los restos no dieron respuesta a eso, y la única persona que lo sabía está muerta.

La tercera pregunta el caso se la impuso a todo el sistema judicial, no solo a Nuevo Hampshire. Bear Brook fue donde se usó por primera vez la genealogía genética investigativa contra un caso criminal, en el trabajo que hizo Barbara Rae-Venter para identificar a Dawn Beaudin. Dos años después se aplicó la misma técnica al Asesino del Golden State y se convirtió en noticia nacional. Los partidarios señalan que desde entonces ha identificado a decenas de víctimas y delincuentes en casos que de otro modo estaban muertos para siempre. Los críticos señalan que funciona registrando el ADN de personas que nunca consintieron ser registradas, la mayoría de las cuales subió su perfil para encontrar a un abuelo. El caso fundacional de la técnica es también el argumento más fuerte de ambos lados: sin ella, cuatro personas en los bosques de Nuevo Hampshire seguirían siendo números.

La última pregunta es la más sencilla y la más dura. Durante casi cuarenta años, cuatro seres humanos yacieron en un parque estatal sin nombre, y en todos esos años no existió ni una sola denuncia de desaparición que encajara con ellos. La familia de Marlyse Honeychurch creía que había cortado con ellos tras una discusión. La familia de Denise Beaudin creía que se había mudado. La desaparición de Pepper Reed no llamó la atención de nadie. El caso no era irresoluble porque las pruebas fueran malas. Era irresoluble porque nadie había denunciado que faltara alguien.

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