La bicicleta verde y la bala en el camino
El sábado 5 de julio de 1919, hacia las 6 y media de la tarde, Bella Wright se subió a su bicicleta.
Tenía 21 años. Vivía con sus padres en un pueblo pequeño, justo al este de Leicester, una ciudad del centro de Inglaterra, a unos 160 km al norte de Londres.
Era la mayor de 7 hermanos. Dejó la escuela a los 12 años, trabajó como sirvienta en casas ajenas y después pasó a una fábrica de caucho. Todos los días iba y volvía del trabajo en bicicleta.
Tenía un novio que estaba en el mar, en la marina. La guerra había terminado 8 meses antes y el país estaba lleno de jóvenes que volvían a casa.
Esa tarde iba a visitar a su tío. Él vivía en un pueblo llamado Gaulby, a unos 7 km, por estrechos caminos de campo.
En algún punto del trayecto, un hombre en bicicleta se puso a su lado.
Tenía treinta y tantos años y el pelo canoso. Su bicicleta era poco común. Estaba pintada de verde, tenía el manillar vuelto hacia arriba y un freno que funcionaba pedaleando hacia atrás.
Más tarde él diría que se encontraron por casualidad en el camino y que se detuvo a ayudarla con una rueda delantera floja.
Hacia las 8 menos cuarto llegó a la casa de su tío. El hombre no entró. Esperó fuera.
El tío y otro pariente lo vieron allí. Al tío no le gustó su aspecto.
Hacia las 9 ella volvió a salir. Las fuentes dan dos horas: las 8:50 o las 9:00.
En la casa oyeron cómo el hombre la saludaba. Dijo algo así como: "Bella, has tardado mucho".
Se marcharon juntos.
A las 9:20, un granjero la encontró en un tramo solitario de una antigua calzada romana, a unos 3 km de la casa del tío. Estaba tendida en el camino, junto a su bicicleta. Tenía la cara y la cabeza cubiertas de sangre. Estaba muerta.
Nadie, ni entonces ni después, ha podido decir qué pasó exactamente en esos 20 o 30 minutos.
En una frase: una joven se marchó de casa de su tío con un desconocido en una bicicleta verde, media hora después estaba muerta en el camino, y la policía tenía que averiguar cómo había muerto y quién era el responsable.
El policía que volvió
El granjero fue a buscar ayuda. La ayuda llegó del policía del pueblo, el único agente de la zona. El policía llamó a un médico.
Para entonces ya oscurecía. El médico examinó el cuerpo a la luz de una vela.
Vio mucha sangre en la cara y en la cabeza, y una bicicleta en el suelo. Concluyó que se había caído, se había golpeado la cabeza y había muerto desangrada.
Parecía un accidente. Llevaron el cuerpo a pasar la noche en una casa vacía cercana.
En la mayoría de los casos, todo habría terminado ahí. Un triste accidente en un camino rural, un informe breve, un entierro.
Pero el policía no se quedó tranquilo. A las 6 de la mañana siguiente volvió solo al camino y registró el suelo.
A unos 5 metros de donde había estado el cuerpo, encontró una bala. La había hundido en el barro la pezuña de un caballo. Era una bala grande, de las que dispara un revólver pesado del ejército.
Después fue a la casa vacía y le lavó a la joven la sangre seca de la cara.
Debajo del ojo izquierdo había un pequeño agujero.
No se había caído de la bicicleta. Le habían disparado en la cabeza.
La autopsia lo confirmó. La bala entró por debajo del ojo izquierdo y salió por la parte de atrás de la cabeza. Los médicos calcularon que el disparo se había hecho a unos 2 metros.
El pájaro junto a la cancela
Junto al lugar donde murió había una cancela que daba a un campo.
En la cancela, y en el suelo entre la cancela y el cuerpo, había marcas de sangre. Según relatos posteriores, eran las huellas de un pájaro que había ido y venido una docena de veces.
En el campo, detrás de la cancela, había un cuervo muerto.
El policía lo explicó de forma sencilla: un pájaro había bebido la sangre y había ido y venido entre el cuerpo y la cancela. Así lo dijo en el juicio.
Pero en la investigación oficial sobre la causa de la muerte, un experto en armas planteó otra posibilidad. Pensaba que al cuervo quizá también le habían disparado.
Si tenía razón, alguien había estado disparando en esos campos aquella tarde. La bala que la mató podía haberla disparado alguien que ni siquiera la vio.
Esa cuestión nunca se resolvió. El jurado del juicio ni siquiera oyó hablar de ella.
Un hombre al que nadie encontraba
Ahora la policía tenía un asesinato. Tenía una bala, pero no un arma. Y tenía una descripción: un hombre de unos 35 años en una bicicleta verde.
La descripción se publicó en periódicos locales y nacionales. Describía la bicicleta con todo detalle: modelo de hombre con 3 marchas, cuadro verde, guardabarros negros, manillar hacia arriba, freno de contrapedal y un sillín de cuero de una marca conocida.
No era una bicicleta corriente. La policía estaba segura de que alguien la reconocería.
Nadie se presentó.
Algo importante sí averiguó la policía. Esa misma tarde, unas 3 horas antes del disparo, 2 niñas de 14 y 12 años habían salido en bicicleta por la misma zona. Contaron que un hombre en una bicicleta verde las había seguido y molestado.
Un reparador de bicicletas de Leicester también recordaba una bicicleta verde así, y a un cliente que se la había llevado.
Pero nada de eso dio un nombre. El hombre de la bicicleta verde se había esfumado en la ciudad.
Pasó el verano. Luego el otoño. Luego el invierno.
**Durante 7 meses, la investigación tuvo una bala, una descripción y 2 niñas asustadas, y ni un solo sospechoso.**
La cuerda en el canal
Aquí intervino el azar.
El 23 de febrero de 1920, un barquero llevaba una barcaza cargada de carbón por el canal que atraviesa Leicester. En aquella época, las barcazas las arrastraba un caballo que caminaba por la orilla, atado con una cuerda larga.
En un momento dado, la cuerda se aflojó y se hundió en el agua. Al volver a subir, traía algo enganchado.
Era el cuadro de una bicicleta. Era verde.
La policía dragó el canal en ese punto y sacó más piezas. Alguien había desmontado la bicicleta antes de tirarla.
Alguien había intentado también borrar su identidad. El número de serie, que cada fábrica graba en sus bicicletas, había sido limado del cuadro. El nombre del fabricante estaba raspado.
Pero quien lo hizo se olvidó de un sitio. En una pieza escondida de la bicicleta todavía se podía leer un número. Las fuentes no coinciden en el lugar exacto. La mayoría dice que en la cara interior de la horquilla delantera. Una dice que en la potencia del manillar.
Ese único número bastó.
Los detectives lo llevaron a los registros del fabricante. Los registros los condujeron a una tienda de bicicletas en otra ciudad, a unos 40 km. Y los libros de la tienda mostraban que la bicicleta se había vendido en mayo de 1910, 9 años antes del crimen, a un hombre llamado Ronald Light.
El 19 de marzo, el canal devolvió algo más. Del mismo tramo de agua, la policía sacó una funda de revólver del ejército. Con ella había 12 balas sin disparar, del mismo tipo grande que la bala hallada en el camino.
Se identificó la funda como una que había recibido Ronald Light en el ejército.
El revólver nunca apareció.
El hombre de la bicicleta verde
Ronald Light tenía 34 años. Había servido en el ejército durante la guerra y se había licenciado en 1919. Según varias fuentes, volvió a casa con neurosis de guerra y parcialmente sordo.
Vivía en Leicester con su madre viuda.
A principios de 1920 se había ido de la ciudad para dar clases de matemáticas en un internado de otra parte de Inglaterra, a unos 120 km. Llevaba allí 2 meses.
El 4 de marzo de 1920, la policía se presentó en el colegio y lo detuvo.
En el interrogatorio lo negó todo. Dijo que nunca había tenido una bicicleta verde. Dijo que nunca había visto a la joven.
Las dos afirmaciones resultaron falsas enseguida.
El tío de Bella y su pariente lo reconocieron. También las 2 niñas que decían haber sido seguidas. Y también el reparador de bicicletas.
La criada de su madre declaró también. Contó que la noche del 5 de julio él había llegado a casa hacia las 10, mucho más tarde de lo esperado, y había dicho que se le había estropeado la bicicleta.
Se supo además que, después del crimen, la bicicleta se quedó en casa durante meses. En otoño de 1919 le limó los números, la llevó a un puente sobre el canal y la tiró al agua pieza a pieza. Un obrero que estaba cerca lo vio y más tarde se lo contó a la policía.
Fue acusado de asesinato.
Hay que decirlo con claridad: el acusado tenía derecho a la presunción de inocencia, y el jurado acabaría declarándolo no culpable.
El juicio en el castillo
El juicio comenzó el 8 de junio de 1920 en la antigua sala del castillo de Leicester. Duró 5 días.
La acusación la dirigía el abogado de mayor rango del gobierno. La defensa, el abogado penalista más famoso de Inglaterra en aquella época, conocido por ganar casos que parecían perdidos.
El argumento de la acusación era sencillo.
El acusado era la última persona a la que se había visto con ella. Había tenido un revólver pesado del ejército y munición del mismo tipo que la bala mortal. Había mentido a la policía en todo. Había desmontado su bicicleta, le había limado los números y la había tirado al canal junto con la funda. Los inocentes, decía la acusación, no se comportan así.
Entonces la defensa hizo algo que todavía era poco habitual. Subió al acusado al estrado y le dejó contar su versión.
Lo admitió casi todo.
Sí, la había encontrado en el camino. Sí, la había acompañado a casa de su tío y había esperado fuera. Sí, se habían ido juntos.
Pero, dijo, poco después se separaron en un cruce. Ella siguió su camino y él volvió hacia Leicester. Llegó tarde a casa, dijo, porque la bicicleta le dio problemas por el camino.
Dijo que nunca la había llamado "Bella". Dijo que ni siquiera sabía su nombre.
¿Por qué había mentido? Cuando leyó en el periódico que había muerto, dijo, le entró el pánico. Su madre era mayor y estaba enferma, y temía lo que un escándalo le haría. Así que calló. Y una vez callado, le pareció demasiado tarde para hablar, así que se deshizo de la bicicleta.
El contrainterrogatorio duró 5 horas. Según las crónicas del juicio, no se contradijo ni una sola vez.
Luego el abogado defensor se centró en la bala.
Recordó al jurado que la bala se había encontrado en el camino, no en el cuerpo. Nadie podía demostrar con qué arma se había disparado. Quizá, sugirió, vino de lejos. Un disparo perdido, quizá un rebote, quizá alguien que tiraba a los pájaros. Un disparo así sería un accidente trágico, no un asesinato.
Y planteó la pregunta que la acusación no podía responder: ¿por qué?
Los dos no se conocían antes de aquella tarde. No le robaron. No la agredieron. Nadie pudo mostrar ningún motivo para que él quisiera matarla.
El 12 de junio de 1920, el jurado se retiró a deliberar. Tardó unas 3 horas.
El veredicto fue: no culpable.
En la sala hubo aplausos.
Según la ley inglesa de la época, ya no se le podía volver a juzgar por su muerte.
Lo que la investigación hizo bien, y en qué falló
Mirando atrás, la investigación tuvo una forma extraña.
Empezó con un error. Un médico, trabajando a la luz de una vela, lo llamó accidente. Si el policía del pueblo no hubiera vuelto a las 6 de la mañana, la bala se habría quedado en el barro. Y Bella Wright habría pasado a los archivos como una joven que se cayó de la bicicleta.
Después se atascó por completo. Durante 7 meses, una descripción detallada de una bicicleta poco común no dio ningún resultado, aunque su dueño vivía todo el tiempo en la misma ciudad.
Y entonces la rescataron un caballo, una cuerda y una barcaza de carbón.
Al final, todas las pruebas materiales eran indirectas. No había arma. Nadie vio el disparo. En 1920 no había forma de vincular una bala con un arma concreta sin tener el arma.
Lo que la policía sí demostró, sin ninguna duda, fue que él había mentido y había destruido pruebas.
El jurado decidió que mentir no era lo mismo que matar.
Después del veredicto
Se marchó de Leicester. Durante un tiempo vivió con otro nombre. En diciembre de 1920 lo multaron por registrarse en un hotel con un nombre falso.
A finales de los años 20 vivía junto al mar, en el condado de Kent, en el sureste de Inglaterra. En 1934 se casó con una viuda. Murió en 1975, a los 89 años.
Su hijastra contó después que no supo nada del juicio hasta después de su muerte.
Bella Wright fue enterrada en el cementerio de la iglesia de su pueblo.
Décadas más tarde, investigadores que revisaron archivos antiguos dijeron haber encontrado otros documentos sobre su pasado. Hablaban de problemas en su juventud, entre ellos una acusación de conducta indecorosa hacia una niña, y de un empleo que perdió antes de la guerra. El jurado no supo nada de esto. Nada de ello se examinó nunca en un tribunal, y nunca fue condenado por nada relacionado con ello.
Los investigadores encontraron también una nota que, según se afirma, escribió un alto mando de la policía 3 días después del veredicto. Según la nota, mientras esperaba el juicio, el acusado le confesó que el revólver se disparó por accidente mientras se lo enseñaba a ella.
Nunca se ha demostrado si la nota es auténtica ni si esa conversación tuvo lugar.
**Aquí termina lo documentado: una joven murió de un disparo en un camino rural, el hombre que se fue con ella mintió y destruyó su bicicleta, un jurado lo declaró no culpable, y nadie más fue acusado jamás.**
Conclusiones y preguntas abiertas
Más de 100 años después hay 4 explicaciones principales. Ninguna encaja con todo.
**La mató a propósito.** Las pruebas: fue la última persona vista con ella. Tenía el tipo de arma y de munición adecuado. Las 2 niñas dijeron que las había molestado esa misma tarde. Y su conducta posterior fue la de alguien que oculta algo. Una autora que estudió el caso en 1993 concluyó que era culpable y que al jurado le influyeron su educación y su clase social. El problema: nadie pudo mostrar un móvil y nadie vio el disparo. Un jurado escuchó todas las pruebas y lo absolvió, y ante la ley es inocente.
**El arma se disparó por accidente.** Las pruebas: la nota policial describe justo eso. Le estaba enseñando el revólver y se disparó. Eso explicaría un disparo a 2 metros, y también el pánico, las mentiras y la bicicleta destruida. El problema: la autenticidad de la nota está en duda. Él nunca lo dijo en público y siempre negó haberla matado.
**Un disparo perdido desde lejos.** Las pruebas: era el argumento de la defensa, y tenía algún apoyo. Estaba el cuervo muerto, y un experto en armas que creía que quizá le habían disparado. Eso significaría que alguien disparaba en esos campos aquella tarde. El problema: un disparo al azar desde lejos que alcanza justo en la cabeza a una ciclista, justo en la media hora después de salir de casa de su tío, sería una coincidencia extraordinaria. Y nadie dijo nunca que hubiera estado disparando allí esa tarde.
**Otra persona completamente distinta.** Las pruebas: él dijo que se separaron en un cruce, y nadie ha demostrado lo contrario. Un libro publicado en 1930 sostuvo que era inocente. El problema: nunca se encontró otro sospechoso. No se vio a ningún otro hombre con ella, y nunca se identificó a nadie más en esos caminos aquella noche.
Queda abierta la única pregunta que el revólver desaparecido y el cuervo sin examinar podrían haber respondido: ¿el disparo se hizo a 2 metros, o desde lejos, al otro lado de los campos?
El camino sigue ahí. El único hombre que podía responder a esa pregunta murió en 1975, y nunca lo hizo.