La bella chica de los cigarros: ¿quién mató a Mary Rogers en 1841?
El domingo 25 de julio de 1841, hacia las 10 de la mañana, una joven llamó a la puerta de la habitación de uno de los huéspedes de la casa de su madre, en Nueva York.
Se llamaba Mary Rogers. Tenía unos 21 años. El huésped era Daniel Payne, un cortador de corchos que alquilaba un cuarto en la casa. También era su prometido.
Ella le dijo que iba a pasar el día con su tía y sus primos, al otro lado de la ciudad.
Según los relatos posteriores, él respondió que iría a buscarla por la noche para acompañarla a casa.
Ella salió a la calle. Era un domingo caluroso de verano.
Ninguna de las personas que la conocían volvió a verla con vida.
Esa noche estalló sobre la ciudad una fuerte tormenta. Payne no fue a buscarla. Su madre contó después que se alegró de que su hija no estuviera en la calle con aquel temporal.
El lunes el tiempo mejoró. Mary no volvió a casa.
Por la tarde Payne fue a casa de la tía. La tía le dijo que Mary nunca había llegado. El domingo no había estado allí en ningún momento.
Quién era
Para entender por qué este caso conmocionó a todo un país, hay que saber quién era Mary Rogers.
Nació hacia 1820 en un pueblo pequeño de Connecticut, en el noreste de Estados Unidos. No se conserva ningún registro de su nacimiento, así que el año exacto no es seguro. Su padre murió cuando ella era pequeña. Su madre se mudó con ella a Nueva York y abrió una casa de huéspedes: una casa donde se alquila un cuarto y se come en una mesa compartida. Estaba en el número 126 de Nassau Street, en pleno Manhattan, la parte más antigua de la ciudad.
De adolescente, Mary empezó a trabajar detrás del mostrador de una tienda de tabaco en Broadway, la calle principal de la ciudad. El dueño le pagaba bien, y tenía un motivo. Era muy guapa, y los hombres entraban en la tienda solo para mirarla. Escritores, periodistas y políticos compraban allí sus puros.
Los periódicos le pusieron un apodo: "la bella chica de los cigarros". Un cliente llegó a publicar un poema sobre ella en un periódico.
Así que, cuando desapareció, la ciudad ya conocía su cara.
La primera desaparición
Hay un detalle más, y es importante para todo lo que vino después. No era la primera vez que Mary Rogers desaparecía.
Las fuentes no coinciden en cuándo ocurrió. La mayoría dice que fue en octubre de 1838. Un periódico de Nueva York informó entonces de que la chica de los cigarros había desaparecido de su casa, y de que su madre había encontrado una nota que sonaba a despedida antes de un suicidio. Al día siguiente otro periódico informó de que todo había sido una falsa alarma: simplemente estaba visitando a una amiga en Brooklyn, al otro lado del río.
Un relato escrito en 1910 por un historiador de la policía sitúa una desaparición parecida a principios de 1841. Según ese relato, estuvo fuera 6 días y volvió sin explicar dónde había estado.
En cualquier caso, el episodio dejó huella. Algunos periódicos insinuaron que el dueño de la tienda lo había montado todo para hacer publicidad de su negocio. Otros insinuaron que había un hombre de por medio. Nunca se demostró nada.
Después de aquello, Mary dejó la tienda y volvió a ayudar a su madre con la casa de huéspedes. Unos meses más tarde se anunció su compromiso con Daniel Payne.
El cuerpo en el río
Volvamos ahora a julio de 1841.
Durante 2 días Payne la buscó. Recorrió la ciudad de punta a punta. A los 2 días puso un anuncio en un periódico pidiendo información sobre una joven desaparecida.
El miércoles 28 de julio de 1841, unos hombres en una barca pequeña en el río Hudson vieron algo flotando en el agua. El Hudson es el río ancho que separa Nueva York del estado de Nueva Jersey.
Estaban frente a Hoboken, un pueblo de la orilla de Nueva Jersey, a un corto trayecto en transbordador desde Manhattan. En 1841, los neoyorquinos iban a Hoboken los domingos para escapar de la ciudad: había praderas junto al río, tabernas y una cueva con un manantial de agua dulce que era una atracción conocida.
Lo que flotaba estaba a unos 180 metros de la orilla, no lejos de esa cueva. Los hombres remaron hasta allí. Era el cuerpo de una mujer joven.
Las fuentes no coinciden en cuántos hombres eran ni quiénes: 2 excursionistas, 3 hombres en un bote de remos o pescadores que tendían sus redes. Todas coinciden en el lugar y la fecha.
Remolcaron el cuerpo hasta la orilla y lo dejaron en la ribera. Allí quedó, con el calor del verano, cerca de una hora, hasta que llegó el forense. Se formó una multitud.
Un antiguo huésped de la casa, que en su día había cortejado a Mary, llegó desde Nueva York al enterarse del hallazgo. Miró la ropa y el cuerpo y dijo que era ella. También a él lo interrogaron, y lo dejaron ir. Nada lo relacionaba con la muerte.
Lo que encontró el forense
El forense de Hoboken era médico. Examinó el cuerpo allí mismo y después con más detalle.
Esto es lo que dicen su informe y las crónicas de prensa sobre él.
Había moratones oscuros a ambos lados del cuello, con forma de dedos.
Una tira de tela estaba atada con mucha fuerza alrededor del cuello, tan apretada que se había hundido en la carne. Las fuentes no coinciden en qué era: una dice que un trozo de encaje, otra que una tira arrancada de su enagua. Según uno de los relatos, el médico anotó que estaba atada con un nudo de marinero.
Tenía marcas en las muñecas, como si se las hubieran atado.
El vestido estaba rasgado. El médico concluyó que había sido violada antes de morir.
Todavía llevaba puestos sus guantes finos. El sombrero le colgaba del cuello por las cintas.
Su conclusión: asesinato por estrangulamiento.
Un relato escrito en 1910 añade que tenía una cuerda atada a la cintura, con una piedra pesada en el otro extremo, como si alguien hubiera querido hundirla. Las fuentes más antiguas no lo mencionan, así que no es seguro.
No todo el mundo quedó satisfecho con el examen. Un periodista de un pequeño diario del estado de Nueva York escribió sobre la "dejadez" del forense de Hoboken. El cuerpo había estado al calor, la gente se apretujaba alrededor, y las pruebas que pudiera haber se perdieron en las primeras horas.
Una ciudad sin detectives
En este punto el lector necesita saber una cosa sobre la Nueva York de 1841: no tenía una policía de verdad.
La ciudad tenía unos 320.000 habitantes. Para mantener el orden contaba con una guardia nocturna de hombres a tiempo parcial, 100 alguaciles municipales, 31 agentes judiciales y 51 policías. No había departamento de detectives. Resolver asesinatos no era trabajo de nadie.
Además, el cuerpo se había encontrado en otro estado. Hoboken estaba en Nueva Jersey, no en Nueva York.
Los periódicos se volvieron pronto contra las autoridades. Cada día publicaban nuevos rumores y nuevas acusaciones de que no se hacía nada.
Una semana después del hallazgo, más o menos, las autoridades publicaron una proclama. Ofrecían una recompensa por información, y una promesa: cualquier cómplice que ayudara a condenar al asesino no sería procesado, siempre que no fuera el propio asesino. El gobernador del estado de Nueva York anunció una recompensa de 750 dólares.
El primer sospechoso
La primera persona en la que se fijaron los investigadores fue el prometido.
Daniel Payne era la última persona conocida que la había visto. Corrieron rumores de que la pareja había discutido y de que ella había amenazado con romper el compromiso.
Lo interrogaron. Explicó dónde había estado el domingo y el lunes, y otras personas lo confirmaron. Lo soltaron. Nunca fue acusado de nada.
La carta sobre la banda
Entonces llegó una carta.
Al día siguiente de anunciarse la recompensa, el forense recibió una carta anónima. El autor decía ser un joven de Hoboken.
Escribía que aquel domingo había visto a una joven que coincidía con la descripción de Mary en un parque junto al río, en Hoboken, con 6 hombres de aspecto rudo que habían llegado en una barca. También describía una segunda barca, con 3 hombres bien vestidos. Uno de ellos, según la carta, preguntó si los hombres habían usado la violencia con la mujer. Después esa barca volvió a Nueva York.
La carta se publicó en los periódicos. Nunca se identificó a su autor.
Poco después se presentaron 2 hombres que habían estado en la orilla ese día. Dijeron que habían visto a una mujer parecida a Mary con un grupo de hombres rudos. Pero no podían asegurar que fuera ella.
Esta se convirtió en la teoría más popular de la ciudad: que Mary Rogers había sido atacada por una de las bandas callejeras que rondaban la orilla los domingos. El miedo a las bandas, y a los nuevos inmigrantes a quienes se culpaba de ellas, llenó los periódicos durante semanas.
Una mujer en la posada
Unas semanas después del asesinato apareció el cochero de una diligencia. Dijo que aquel domingo había visto a una joven que coincidía con la descripción de Mary bajar cerca de Hoboken con un hombre alto, moreno y bien vestido. Según él, fueron a una posada junto al camino, cerca de la cueva.
La posada la llevaba una viuda. Cuando los investigadores fueron a verla, dijo que recordaba a la pareja. Un hombre que encajaba con esa descripción había entrado con una joven. Tomaron algo y luego salieron hacia el bosque que había detrás de la posada.
Poco después, según ella, oyó gritar a una mujer en el bosque. En ese momento no le dio importancia. Los gritos y el alboroto en el bosque eran algo normal allí los domingos.
Los investigadores aceptaron su relato. Algunos autores señalaron más tarde que no había contado nada de esto en las primeras semanas después del crimen, cuando los periódicos no hablaban de otra cosa.
El matorral
Entonces llegó el hallazgo más importante de todo el caso.
No lejos de la posada había un matorral espeso. Unos niños jugaban allí. Eran los hijos de la viuda que llevaba la posada.
Las fuentes no coinciden en la fecha: principios de septiembre de 1841, o el 25 de septiembre de 1841, unos 2 meses después del asesinato.
Dentro del matorral los niños encontraron ropa de mujer: una enagua blanca, un pañuelo de seda, una sombrilla y un pañuelo de lino bordado con las letras "M. R."
Se identificaron como las prendas que Mary llevaba cuando salió de casa.
El suelo del matorral estaba removido. Las ramas estaban rotas y pisoteadas, como si hubiera habido una lucha. Un rastro ancho iba del matorral hacia el río, como si hubieran arrastrado algo pesado.
La gente empezó a llamarlo "el matorral del crimen".
Pero el hallazgo tenía un problema. Las cosas habían estado a la intemperie 2 meses, con el calor del verano y las tormentas, en un lugar lleno de visitantes cada domingo. Algunos observadores se preguntaron por qué nadie las había visto antes. Otros se preguntaron si alguien las había puesto allí más tarde.
La viuda dijo además que había encontrado 2 guantes de Mary en su patio. La policía lo descartó enseguida: los guantes de Mary seguían en sus manos cuando sacaron el cuerpo del río.
El prometido en el banco
Daniel Payne nunca se recuperó de su muerte.
El 7 de octubre de 1841, unas 10 semanas después de la desaparición, cruzó a Hoboken. Visitó el matorral. Fue de taberna en taberna, bebiendo. Compró un frasco de láudano, una medicina hecha con opio que entonces se vendía libremente.
Lo encontraron agonizando en un banco cerca de la cueva, a unos cientos de metros de donde habían sacado su cuerpo del agua. Murió allí.
En el bolsillo llevaba una nota. Empezaba así: "Al mundo - Aquí estoy, en el mismo lugar". Luego pedía a Dios que le perdonara su "tiempo malgastado".
La investigación oficial sobre la muerte de Mary todavía no había terminado.
La nota se leyó de 2 maneras opuestas. Unos vieron en ella una confesión. Otros vieron solo a un hombre destrozado por la pena, que había ido a morir al lugar donde había muerto la mujer que amaba. La nota no dice cuál de las dos cosas es. Nunca fue acusado, nunca fue juzgado, y para la ley y para esta revista es inocente.
Una historia en París
En 1842 el caso llegó a un escritor que vivía entonces en Filadelfia, a unos 130 kilómetros de Nueva York.
Edgar Allan Poe recordaba a la chica de los cigarros por los periódicos. Escribió un relato titulado "El misterio de Marie Rogêt". Trasladó toda la historia a París, cambió los nombres y conservó casi todos los demás detalles del caso real. Su detective de ficción, Dupin, se sienta en su cuarto, lee las crónicas de los periódicos y desmonta las teorías una por una.
El relato se publicó en 3 partes, en 1842 y 1843. En la introducción, Poe afirmaba que su relato era un análisis riguroso del asesinato real de Nueva York.
Pero el detective nunca nombra a un asesino. Y la policía real no prestó ninguna atención al relato.
La confesión en el lecho de muerte
Luego, en el otoño de 1842, apareció una nueva explicación.
La viuda de la posada recibió por accidente un disparo de uno de sus propios hijos. Una fuente da la fecha del 6 de noviembre de 1842. Murió unos 10 días después.
Antes de morir, delirando por la fiebre, dijo algo nuevo. Según las crónicas, dijo que Mary Rogers había llegado a su posada aquel domingo con un médico joven, para abortar. En aquella época un aborto era peligroso y se hacía a escondidas. Según ella, Mary murió durante la operación. Sus hijos, dijo, llevaron después el cuerpo al río, lo arrojaron al agua y esparcieron la ropa por el matorral.
Un periódico de Nueva York lo publicó con el mensaje de que el misterio quedaba "por fin explicado".
Los 2 hijos mayores fueron detenidos y acusados de ayudar a ocultar el cuerpo. Los cargos se retiraron pronto. No había pruebas físicas, no había otros testigos, y la única fuente eran las palabras de una moribunda delirando por la fiebre.
La policía no la creyó. El médico joven nunca fue identificado.
Aquí termina lo que se sabe
**Y ahí se detiene el rastro documentado. Nadie fue condenado nunca, y nadie sabe quién mató a Mary Rogers, ni siquiera con certeza cómo murió.**
El caso nunca se resolvió. Varias cosas hacen imposible resolverlo hoy.
El examen del cuerpo se hizo con prisas y al aire libre, con calor, delante de una multitud.
El crimen cruzó la frontera entre 2 estados, y ninguna autoridad se hizo cargo de él por completo.
La ropa del matorral apareció con 2 meses de retraso, y la encontraron los hijos de la mujer que más tarde confesaría.
Y cada testigo que se presentó lo hizo después de leer los periódicos, que ya habían contado a toda la ciudad qué debía buscar.
Lo que cambió el caso
El asesinato de Mary Rogers no encontró a su asesino. Pero cambió la ciudad.
En 1845 el estado de Nueva York aprobó una ley que convertía en delito que una mujer buscara un aborto. Mary Rogers se citó como uno de sus motivos. Ese mismo año la ciudad aprobó una ley de reforma policial y creó una policía moderna, a tiempo completo, en lugar de la vieja guardia nocturna.
Poe también volvió a su relato. En una versión posterior añadió pequeñas pistas que apuntaban a la explicación del aborto.
Los sospechosos y las teorías
Todas las personas implicadas murieron hace mucho tiempo. Estas son las teorías tal como constan en los documentos.
**La banda.** La carta anónima y los 2 hombres de la orilla describieron a una mujer con un grupo de hombres rudos. En 1841 era la teoría que creía la mayoría de los periódicos. El problema: el autor de la carta nunca apareció, y los 2 hombres no podían decir que fuera ella.
**El prometido.** Fue el último en verla, hubo rumores de una pelea, y su última nota decía "aquí estoy, en el mismo lugar". El problema: su relato de dónde estuvo quedó confirmado, y la nota puede leerse como pena tan fácilmente como culpa. Nunca fue acusado.
**Un aborto fallido.** Ya en agosto de 1841 lo sugirió el director de un periódico. La posadera lo dijo en su lecho de muerte, y Poe lo insinuó después. El problema: el forense encontró en su cuello moratones de dedos y una tela atada con fuerza. Eso no encaja con una muerte en una mesa de operaciones, a menos que después se hiciera parecer un asesinato. Y la confesión vino de una mujer con fiebre.
**El hombre desconocido.** El cochero y la posadera describieron los 2 a un hombre alto, moreno y bien vestido. El problema: nunca se le identificó, y sus testimonios llegaron semanas después del crimen.
**El dueño de la tienda.** Murió en París en 1881, y decía que el fantasma de Mary lo perseguía. En 1887, en un pleito por su herencia, un abogado afirmó que había pagado a Poe 5.000 dólares para que escribiera el relato y desviara las sospechas. El problema: nunca se presentó nada que respaldara esa afirmación. La hizo un abogado en una pelea por una herencia, 46 años después del crimen.
185 años después, la bella chica de los cigarros sigue donde la dejó Poe: en un relato con detective, y sin asesino.