La mujer en la vitrina - diez años sin nombre
Nació en un suburbio del sur de Londres, en Inglaterra, en septiembre de 1905, y de adolescente trabajó en una confitería.
En 1926, con 21 años, se embarcó hacia Nueva Zelanda. Al año siguiente se trasladó a Sídney, en Australia, y encontró trabajo como acomodadora en un cine. Quienes la conocieron entonces la describían como una mujer menuda, apreciada y de buena compañía.
En abril de 1930 se casó en Sídney con un inmigrante italiano. Él trabajaba como maquinista y camarero. En 1933 la pareja se mudó a Melbourne, unos 880 km al suroeste, donde ella entró en una peluquería y él encontró empleo en un periódico en italiano.
El matrimonio se deterioró, y esa parte no se discute. Había discusiones frecuentes. Ella bebía mucho y desaparecía de casa durante días. Según lo que él mismo contó después, aquello lo humillaba ante la pequeña comunidad italiana en la que trabajaba.
En la última semana de agosto de 1934 hubo una discusión por un viaje de trabajo que él estaba a punto de hacer. Después de aquello, nadie que haya dejado constancia volvió a ver a Linda Agostini.
Todo lo que se afirma sobre su última noche viene de una única fuente: lo que su marido contó 10 años después. No existe ningún relato independiente.
Un juez de instrucción acabaría situando su muerte entre el 28 de agosto y el 1 de septiembre de 1934, aproximadamente. Nadie ha conseguido nunca precisar más.
El hombre con el toro
La mañana del 1 de septiembre de 1934, un peón llevaba un toro de raza por una carretera rural a unos 8 km de Albury, una localidad del estado de Nueva Gales del Sur, en Australia, cerca del límite con el estado de Victoria.
El toro se detuvo y se negó a pasar junto a una alcantarilla de hormigón que cruzaba bajo la carretera.
El hombre miró dentro. Metido allí había un saco de yute, y dentro del saco el cuerpo de una mujer. Le habían dado fuego.
Estaba tendida con una toalla envuelta alrededor de la cabeza. Llevaba un pijama de seda amarilla con un dibujo de dragón chino, y nada más. El fuego había destruido gran parte de la cara y del tronco, pero no el pijama, y es ese pijama el que dio al caso el nombre que arrastra desde entonces.
La autopsia se realizó el 3 de septiembre de 1934. Determinó que había sido golpeada repetidamente en la cabeza y que la causa de la muerte fueron múltiples fracturas en el lado izquierdo del cráneo. También encontró algo que complicó el asunto: una bala de pequeño calibre había entrado por debajo del ojo derecho y se había detenido en la parte posterior del cuello. El médico concluyó que el disparo no fue lo que la mató.
Se estimó que tenía entre 20 y 30 años, unos 157 cm de altura, delgada, de piel clara y pelo rubio corto.
Le tomaron las huellas y las compararon. No había coincidencia en ningún registro australiano.
Una investigación sin nada que investigar
Una investigación por asesinato empieza normalmente con un nombre y se abre desde ahí: a quién conocía, a quién debía dinero, quién la vio por última vez, quién ganaba algo.
Aquí no había nombre, y casi toda pregunta útil dependía de tenerlo. A los detectives les quedaron un cuerpo y un pijama.
Hicieron lo que se podía hacer. La descripción salió en los periódicos de dos estados y luego a policías de otros países. Se sacaron y compararon denuncias de mujeres desaparecidas. En los años siguientes, la lista de mujeres que podía ser ella creció hasta 125 nombres.
El pijama era el único objeto distintivo del caso, y los detectives pasaron meses intentando establecer dónde se había vendido una prenda así y a quién. No condujo a ninguna persona concreta.
Y luego estaba el asunto de sus dientes, que es el gozne sobre el que gira todo este caso.
En 1934, los dientes eran la mejor prueba de identidad disponible para un cuerpo sin rostro. El trabajo dental es individual, los dentistas guardan fichas y la comparación es sencilla, siempre que la ficha del cuerpo sea exacta.
La policía pidió a un dentista local que examinara y anotara los dientes. No tenía experiencia forense. Su ficha contenía dos errores.
Esos dos errores no solo retrasaron el caso. Lo alejaron activamente de la respuesta, porque la ficha se usó después para descartar candidatas. Las mujeres cuyos registros dentales no coincidían con la descripción defectuosa fueron tachadas. Una de las tachadas en las primeras semanas de la investigación era la mujer que sería identificada como la víctima 10 años más tarde.
En octubre de 1934 el cuerpo fue llevado unos 550 km al noreste, a Sídney, para más exámenes, y se conservó allí en una bañera forrada de zinc con formol, en el departamento de anatomía de la universidad.
El cuerpo en la vitrina
A partir de 1935 la policía hizo algo que ningún cuerpo policial australiano había hecho antes. La expusieron.
El cuerpo conservado se colocó en una vitrina de cristal en la universidad para que el público pudiera acudir, mirarla y, esperaban, reconocerla. Vinieron miles de personas. Había colas fuera del edificio. El caso estaba constantemente en la prensa, y la exposición lo mantenía allí.
No produjo una identificación.
Lo que produjo fue un problema lento que en su momento nadie pesó. La inmersión prolongada en formol cambia el tejido humano. El color se va y se desplaza, los rasgos blandos se endurecen y se alteran. Cada año en esa bañera hacía del cuerpo un testigo menos fiable del aspecto que había tenido la mujer viva. La policía conservaba su única prueba degradándola.
La instrucción se abrió por fin en el juzgado de Albury el 18 de enero de 1938, más de 3 años después del hallazgo. La prueba médica confirmó que había muerto por golpes en la cabeza. El juez hizo constar que había muerto de forma violenta, golpeada y con un disparo, entre el 28 de agosto y el 1 de septiembre de 1934 aproximadamente, y que pese a las averiguaciones en muchos países no se podía darle nombre.
Un fallo abierto. Ni sospechoso, ni víctima, nada.
En 1942 una mujer se presentó asegurando que el cuerpo era el de su hija, desaparecida en 1930. La reclamación llegó a un tribunal, que la desestimó: la prueba se basaba en rumores sin corroboración directa, y la policía comprobó que el pelo y los dientes no coincidían. Ese mismo año el cuerpo salió de la universidad y pasó a la jefatura de policía de Sídney, para que el expediente y el cuerpo estuvieran en el mismo edificio.
Llevaba entonces 8 años sin identificar.
Qué cambió en 1944
Cambiaron dos cosas a la vez, y conviene separarlas, porque solo una de ellas era científica.
La primera fue un nuevo examen forense. El comisario de la policía de Nueva Gales del Sur llevaba años interesado personalmente en el caso, y en 1944 ordenó volver a examinar el cuerpo conservado. Un anatomista y un dentista lo revisaron, y esta vez el trabajo dental quedó anotado como debía: los empastes, las extracciones, el patrón individual de lo que se le había hecho en la boca y cuándo.
Esa ficha se comparó con radiografías dentales y con los recuerdos de un dentista de Melbourne que había tratado a una mujer denunciada como desaparecida en 1934. Coincidía.
La mujer con la que coincidía era Linda Agostini, que había sido considerada y descartada en las primeras semanas de 1934 por una ficha dental defectuosa.
El segundo cambio no tenía nada que ver con la prueba. Su marido, Antonio Agostini, llamado Tony, había pasado parte de la guerra internado como nacional de un país con el que Australia estaba en guerra. En 1944 había sido liberado y trabajaba otra vez de camarero en Sídney, y el comisario sabía exactamente dónde encontrarlo.
El 4 de marzo de 1944 lo hicieron acudir. Según el relato que nos ha llegado, no fue detenido ni acusado. Se le dijo que el cuerpo de la alcantarilla había sido identificado como su mujer, y se observó que estaba en un estado nervioso. Le preguntaron qué le pasaba.
Entonces confesó.
Su versión fue esta. Hubo un forcejeo por un arma. El arma se disparó y la alcanzó. Creyendo que la había matado, la golpeó repetidamente en la cabeza para asegurarse de que estaba muerta. Envolvió el cuerpo en una toalla y un saco, lo trasladó unos 300 km, cruzando el límite estatal, e intentó quemarlo dentro de una alcantarilla junto a la carretera. Dijo que había callado 10 años por miedo a la deportación y por vergüenza ante la comunidad italiana.
Fue detenido el 6 de marzo de 1944. Una vista preliminar en abril consideró que había base para juzgarlo.
El juicio se abrió en el Tribunal Supremo de Victoria, en Melbourne, el 28 de junio de 1944. Se declaró inocente de asesinato, manteniendo que el disparo había sido accidental. El jurado deliberó menos de 2 horas. El 29 de junio de 1944 lo absolvió de asesinato y lo condenó por homicidio. El 30 de junio fue sentenciado a 6 años de trabajos forzados.
Cumplió parte de la pena - las versiones difieren sobre cuánto exactamente - y fue deportado a Italia el 21 de agosto de 1948.
El 13 de julio de 1944, 10 años después de ser sacada de la alcantarilla, fue enterrada en un cementerio de Melbourne con su propio nombre.
Por qué no quedó cerrado
Sobre el papel es un caso resuelto: una víctima con nombre, un hombre juzgado en audiencia pública, una condena, una pena cumplida. Casi ningún caso sin resolver de aquella época terminó tan limpio.
Los problemas empezaron casi de inmediato, y son físicos.
La descripción del cuerpo tomada en 1934 no coincidía con la descripción de la mujer con la que se lo identificó. El color de ojos era distinto. El pecho se describía de otra manera. La forma de la nariz era distinta. En cuanto al color de ojos, las fuentes disponibles hoy se contradicen entre sí sobre qué mujer tenía qué color, y esa contradicción merece decirse en voz alta. En lo que todas las versiones coinciden es en que las dos descripciones no encajaban entre sí.
Luego está la confesión misma, que no resiste una lectura atenta de su logística. No hay constancia de que él tuviera un vehículo en 1934, en plena Depresión. Nunca se recuperó sangre ni otro rastro de ningún vehículo relacionado con él. Y la historia exige que un hombre conduzca unos 300 km con un cuerpo en el coche y cruce un límite estatal en una época en que el tráfico fronterizo no estaba sin vigilancia.
Además, después se retractó en parte. Retiró su aceptación de la identificación y mantuvo hasta su muerte que el cuerpo de la alcantarilla no era el de su mujer.
Y las 125 mujeres de la lista original, en su mayoría, nunca fueron descartadas ni localizadas. Una vez declarado resuelto el caso, nadie volvió a ellas.
En 2004 un historiador de Melbourne publicó un libro sosteniendo que la identificación había sido errónea, que la condena fue producto de la presión policial y que constituía un error judicial.
Una cosa hay que decirla con cuidado. Fue juzgado, y un jurado lo condenó por homicidio. Ese veredicto consta y sigue en pie. Lo que se discute no es si fue condenado, sino quién era la mujer de la alcantarilla.
Esa pregunta ya no se puede responder por la vía fácil. El cuerpo pasó 10 años en formol, que arruina el tejido para pruebas genéticas, y fue enterrado en 1944 sin guardar muestras. Nunca se ha solicitado una exhumación, aunque comparar lo que quede con parientes vivos de ambos lados es al menos posible en principio.
Conclusiones y preguntas abiertas
Hay tres lecturas de este caso, y cada una explica una parte y falla en otra.
Una lectura es que el caso es exactamente lo que parece. Una comparación dental hecha por personas cualificadas coincidió, y un hombre que no estaba detenido ni acusado confesó por su propia iniciativa una muerte, algo que la gente no suele hacer sin motivo. El problema: esa comparación se hizo sobre un cuerpo que llevaba 10 años en conservante, la hizo el mismo cuerpo policial que ya había errado una vez con la prueba dental, y la descripción física nunca encajó.
Otra lectura es hombre correcto, cuerpo equivocado. Según esta versión, él sí mató a su mujer en agosto de 1934 y la hizo desaparecer en un lugar que nunca se ha encontrado, y la mujer de la alcantarilla era otra persona. Es la única lectura que explica a la vez la confesión y la descripción que no cuadra. El problema: exige que dos mujeres murieran en las mismas semanas, y que el segundo cuerpo no haya aparecido en 92 años.
Otra lectura es que la confesión se fabricó. Que a un hombre con motivos para temer a las autoridades se le dijo que el cuerpo era el de su mujer y se quebró, y que el resto se ajustó a su alrededor. El problema: un jurado lo escuchó y escuchó el caso, no se libró de nada, y en 8 décadas nadie ha presentado un nombre alternativo creíble para la mujer del pijama.
Siguen abiertas tres preguntas, y ninguna necesita tecnología nueva.
¿Qué fue de los otros 124 nombres de la lista, y existen todavía esos expedientes?
¿Se conservan la ficha dental de 1934, la ficha corregida de 1944 y las radiografías del dentista de Melbourne, de modo que la comparación pudiera auditarla alguien ajeno a la policía?
¿Y autorizaría hoy alguien una exhumación, sabiendo que la respuesta será o una confirmación o uno de los peores fallos de identificación de la historia judicial australiana?
Durante 10 años no tuvo nombre, y miles de desconocidos hicieron cola para desfilar ante una vitrina y mirar lo que quedaba de su cara. Lleva 82 años con un nombre en una lápida. Nadie ha comprobado nunca, por ningún método capaz de zanjarlo, si es el suyo.