UN CASO REAL
En disputa

El Aniquilador de Sirvientas: 8 muertos en Austin en un solo año y un asesino al que nadie puso nombre

2026-10-17 · · Crímenes sin resolver · 12 min de lectura

En 1885 Austin era una ciudad pequeña que quería ser grande.

Es la capital de Texas, en el sur de Estados Unidos. Vivían allí unas 14.500 personas. En el centro se levantaba un nuevo y grandioso capitolio. Había hoteles, restaurantes, cantinas abiertas toda la noche y calles de tierra que se volvían barro con cada lluvia.

En la mayoría de esas calles no había alumbrado digno de ese nombre. En ningún lugar del mundo se usaban todavía las huellas dactilares. No se podía determinar el grupo sanguíneo. La expresión "asesino en serie" no existía.

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Ese año alguien empezó a entrar de noche en los patios traseros de Austin.

Llegaba en noches oscuras y en noches de luna, casi siempre después de medianoche. Entraba en las cabañas y cuartos traseros donde dormía el servicio de las familias de la ciudad. Llevaba un hacha, y a veces un cuchillo, un saco de arena o un punzón largo y fino.

Entre la última noche de 1884 y la Nochebuena de 1885 mató a 8 personas e hirió gravemente al menos a otras 8, según el recuento que publicó más tarde la revista Texas Monthly.

La mayoría de los muertos eran mujeres negras que trabajaban como cocineras y criadas en casas de blancos. Las 2 últimas víctimas fueron mujeres blancas de familias respetables.

La ciudad le dio muchos nombres al asesino. El que quedó vino de un joven empleado de banco que más tarde sería famoso como el escritor O. Henry. En una carta a un amigo, en mayo de 1885, bromeó con que el pueblo era aburrido, salvo por los "Servant Girl Annihilators". En español: el Aniquilador de Sirvientas.

Nunca lo atraparon. Nadie fue condenado jamás por ninguno de los asesinatos. Esta es la historia de lo que pasó, de lo que hizo la policía y de por qué fracasó.

La primera noche

El primer ataque llegó en la noche del 30 al 31 de diciembre de 1884. Hacía frío y había nieve en el suelo.

Mollie Smith era cocinera y tenía unos 25 años. Trabajaba para una familia de Pecan Street, la calle que hoy se llama Sexta. Vivía en un cuartito detrás de la cocina con su pareja, Walter Spencer.

Hacia las 3 de la madrugada, Walter Spencer entró tambaleándose en el dormitorio de un pariente de la familia. Sangraba por 5 heridas profundas en la cabeza. Suplicó ayuda. No sabía decir quién lo había atacado. Mollie no estaba.

La policía encontró el cuartito empapado en sangre. Los muebles volcados. Un espejo hecho añicos. Huellas de manos ensangrentadas en las paredes y en la puerta. El hacha estaba a los pies de la cama.

Hacia las 9 de la mañana, un vecino siguió un rastro de sangre por el patio. A unos 30 metros del cuarto, junto a la letrina, estaba Mollie Smith.

La habían sacado viva de la cama. Tenía un hachazo en la cabeza y puñaladas en el pecho, el vientre, los brazos y las piernas. Todo indicaba que había sido violada.

Los hombres equivocados

La policía fue primero a por las personas más cercanas a ella. Era lo habitual, y aquí fue un error.

Detuvieron a un camarero negro que la había cortejado tiempo atrás. Tres personas juraron que lo habían acompañado a casa desde una fiesta pasadas las 4 de la madrugada. Aun así, el jurado de la investigación lo señaló como el sospechoso más probable. En marzo de 1885 un gran jurado consideró que las pruebas eran demasiado débiles y lo soltaron sin ruido.

También se juzgó al propio Walter Spencer, el hombre al que casi matan a su lado. Fue absuelto.

Durante 4 meses no pasó nada más. Austin decidió que había sido una sola noche terrible.

Mayo: la cocinera de detrás de la casa del médico

A primera hora del 7 de mayo de 1885 el asesino volvió a atacar, en otra parte de la ciudad.

Eliza Shelly era cocinera y tenía unos 30 años. Vivía con sus hijos en una cabaña detrás de la casa del médico para el que trabajaba. La encontraron muerta en el suelo.

Tenía un hachazo sobre el ojo derecho y le habían abierto agujeros junto a la oreja y entre los ojos. Probablemente había sido violada.

Esta vez hubo un testigo. Su hijo mayor tenía 8 años. Contó que entró un hombre con un trapo en la cara. Preguntó dónde estaba el dinero y dijo que se iba a San Luis por la mañana.

Fuera de la cabaña había huellas. Huellas de pies descalzos. El asesino se había quitado las botas para no hacer ruido.

La policía se aferró a eso. Detuvieron a un adolescente negro solo porque iba descalzo. Compararon sus pies con las huellas, no coincidían y lo soltaron.

Dos semanas después

Poco después de medianoche del 23 de mayo de 1885, Irene Cross, una sirvienta, fue atacada en su cuarto, en otra calle.

Su sobrino pequeño vio al hombre: grande, descalzo, con sombrero marrón y abrigo roto.

Irene huyó al patio. Allí la alcanzó. Casi le cercenó el brazo derecho. Le hirió la cabeza de tal forma que un periodista escribió que parecía que la hubieran escalpado.

Murió 2 días después, el 25 de mayo.

Ya eran 3 mujeres muertas. Todas sirvientas negras. Todas atacadas de madrugada, en la cama, detrás de las casas donde trabajaban. Fue después de esto cuando el empleado de banco escribió su carta.

Y otra vez, los asesinatos se detuvieron. En junio un periodista escribió que Austin estaba "de nuevo serena".

Agosto: una madre y su hija

Hacia las 5 de la mañana del 30 de agosto de 1885, un hombre encontró a Rebecca Ramey inconsciente, con el cráneo fracturado.

Su hija Mary tenía 11 años. El asesino la dejó sin sentido con un saco de arena, la llevó a un lavadero del patio, la violó y la atacó con un hacha. Le clavaron un objeto largo y fino en el oído.

Mary murió algo más de una hora después de que llegaran 2 médicos.

Rebecca sobrevivió. No pudo decir quién las había atacado.

El alguacil de la ciudad, el jefe de la policía de Austin, llegó al lugar unas 7 horas después del crimen. Según un relato, fue la primera vez en Texas que la policía usó perros sabuesos en un caso de asesinato.

Los perros llevaron a un joven descalzo cuyos pies encajaban con las huellas. Un médico dijo que no tenía nada que ver. También lo soltaron.

Los vecinos negros de Austin sabían muy bien quiénes estaban muriendo. Formaron un comité en el juzgado y pidieron al alcalde, al concejo municipal y al gobernador de Texas que ofrecieran una recompensa. Se la negaron.

Solo después de que un periódico criticara la negativa, los ciudadanos reunieron ellos mismos el dinero.

Septiembre: cuatro personas en una cabaña

Antes de la 1 de la madrugada del 28 de septiembre de 1885, el asesino entró en una cabaña de la calle San Marcos.

Dormían allí 4 personas. A 2 mujeres, Patsy Gibson y Lucinda Boddy, las golpeó con un saco de arena. Las 2 sobrevivieron con el cráneo fracturado.

Mató a Orange Washington, un joven que estaba allí con su novia. Orange murió unas horas después.

A su novia, Gracie Vance, la sacaron por una ventana y la arrastraron hasta un establo cercano. Allí la golpearon con un ladrillo y la violaron. Un periódico local escribió que su cabeza había quedado "casi hecha papilla".

Esta vez una de las heridas dio un nombre en cuestión de minutos: dijo que el atacante era un hombre negro al que conocía. Lo detuvieron y le quitaron la ropa, manchada de sangre.

Tenía coartada. Lo tuvieron semanas en la cárcel mientras analizaban la sangre. Resultó ser la suya. Meses después lo liberaron.

**Este es el patrón de todo el caso: cada vez que la policía tenía un sospechoso, las pruebas se deshacían, y los ataques seguían.**

La caza que no encontró nada

En otoño de 1885 la búsqueda del asesino era enorme, y casi inútil.

Los sabuesos recorrían noche tras noche las calles de tierra. Encontraban rastros y los perdían. Trajeron detectives privados de fuera. Su presencia solo aumentó el pánico.

La policía detenía hombres en masa. El 26 de diciembre de 1885 The New York Times informó de que en Austin habían sido detenidos unos 400 hombres a lo largo del año. Ninguno fue condenado por los asesinatos.

Las descripciones no coincidían. Los testigos hablaron de un hombre blanco; de un hombre moreno; de un negro de piel clara con la cara tiznada; de un hombre con un vestido ancho de mujer; de un hombre con sombrero de ala caída; de un hombre con un trapo en la cara. Algunos creían que eran 2 atacantes, o una banda.

Muchos funcionarios blancos se negaban a creer que un solo hombre hiciera todo aquello. Para ellos, cada asesinato era un crimen aparte entre los sirvientes negros de la ciudad, con su propio culpable. Esa creencia marcó toda la investigación.

Y entonces llegó la Nochebuena, y todo cambió.

Nochebuena

Hacia la medianoche del 24 de diciembre de 1885, el asesino entró en la casa de un carpintero llamado Moses Hancock, en East Water Street.

Su esposa, Susan Hancock, era una mujer blanca a la que la prensa describía como una de las damas más refinadas de Austin. Su marido la encontró en el patio trasero.

La habían golpeado con un hacha. Le habían clavado un instrumento largo y afilado por el oído derecho, unos 5 centímetros dentro del cerebro. Según un relato, vivió unos días más y murió el 28 de diciembre.

Alrededor de una hora después, al otro lado de la ciudad, en West Hickory Street, volvió a ocurrir.

James Phillips, un joven que trabajaba como arquitecto, fue hallado inconsciente en casa de sus padres, con heridas de hacha en la cabeza. Él y su esposa Eula vivían allí con su bebé.

Eula Phillips tenía 17 años. La encontraron fuera, en un patio, desnuda y muerta. Los relatos no coinciden en si era el patio de sus suegros o el de unos vecinos.

La mató un golpe en la cabeza y, al parecer, había sido violada. Le habían colocado maderos pesados sobre los brazos para inmovilizarlos. En una cerca quedó la huella de una mano ensangrentada.

Volvieron a traer a los sabuesos. Siguieron un rastro unos 3 kilómetros fuera de la ciudad y lo perdieron.

La mañana de Navidad el periódico local salió con el titular: "¡SANGRE! ¡SANGRE! ¡SANGRE!"

La ciudad reacciona

Hasta Navidad casi todas las víctimas habían sido negras, y la ciudad había respondido despacio. Ahora habían muerto 2 mujeres blancas en una sola noche, y Austin se movió deprisa.

El alcalde convocó una reunión de emergencia en el capitolio. Acudieron más de 1.000 personas. Se formó un comité de seguridad, en parte para impedir que la multitud linchara a alguien.

Ciudadanos y comerciantes reunieron varios miles de dólares. El comité ofreció una recompensa de 1.000 dólares. El gobernador añadió 300 más. Se contrataron detectives de fuera. Se impuso un toque de queda estricto, las cantinas nocturnas tuvieron que cerrar a medianoche y salieron a la calle unos 30 policías más. Los hombres patrullaban sus barrios de noche.

Y la policía se volvió hacia los maridos.

Los dos maridos

James Phillips fue detenido el 1 de enero de 1886. Corrían rumores de que había descubierto que su mujer veía a otros hombres y la había matado él. Unos testigos dijeron que una vez amenazó con matarla si le era infiel. La acusación sostuvo que había imitado el método del asesino para ocultar su propio crimen.

Fue condenado; según un relato, a 7 años. En pocos meses la condena fue anulada en apelación por falta de pruebas. Un relato moderno dice simplemente que fue declarado no culpable. En cualquier caso, la justicia nunca lo declaró culpable en firme de la muerte de su mujer, y ante la ley siguió siendo inocente.

Moses Hancock también fue acusado de matar a su esposa. La acusación dijo que ella pensaba dejarlo por la bebida. Su juicio terminó sin condena: la mayoría de los relatos dice que el jurado no logró ponerse de acuerdo, uno dice que fue absuelto. Quedó libre, y ante la ley también siguió siendo inocente.

Mucha gente creyó entonces que culpar a los maridos era una forma de que los poderosos de Austin dijeran que no había ningún asesino único. Justo cuando el estado quería presumir de su nuevo capitolio.

Aquí termina el rastro

Después de la Nochebuena de 1885 los asesinatos cesaron.

Nadie atribuyó ningún otro asesinato al mismo hombre. Los periódicos escribieron que el asesino, o los asesinos, parecían haberse marchado de Austin.

**A partir de aquí no hay ninguna prueba que lleve a ninguna parte. Ningún arma se vinculó a una persona. Ningún testigo identificó al atacante de forma que se sostuviera. Nadie confesó. Todos los acusados quedaron libres.**

El caso nunca se resolvió. Las razones son claras.

La policía de 1885 no tenía huellas dactilares, ni análisis de sangre, ni idea de que un solo hombre pudiera matar una y otra vez durante un año. Las huellas descalzas se midieron, pero nunca se ligaron a un culpable. Los rastros de los perros se acababan. Los funcionarios pasaron meses tratando cada asesinato como un caso aparte. Y cuando la ciudad por fin se tomó en serio los crímenes, el asesino ya no estaba.

Los sospechosos que constan

Con los años se han propuesto 3 nombres. Todos estos hombres murieron hace mucho. Ninguno fue juzgado por estos asesinatos, y cada uno debe considerarse inocente.

**Un joven cocinero abatido por la policía.** En febrero de 1886, poco después del último asesinato, la policía disparó contra un cocinero de 19 años llamado Nathan Elgin cuando atacaba a una chica con un cuchillo. Murió. En 2014 el programa de la televisión pública estadounidense History Detectives lo señaló como sospechoso: trabajaba cerca de los escenarios y le faltaba un dedo del pie, lo que encajaba con una huella extraña atribuida al asesino. El problema: nunca fue juzgado, la huella nunca se ha examinado con métodos modernos y todo el caso contra él descansa en una sola comparación.

**El cocinero que zarpó hacia Londres.** Un cocinero conocido solo como Maurice, que según se dice procedía de Malasia, trabajaba en un hotel de Austin cerca de donde vivían muchas de las víctimas. En enero de 1886 dejó la ciudad en barco y acabó en Londres. Un artículo de un periódico de Austin de 1888 sacó su nombre. El problema: no hay ninguna prueba que lo sitúe en ningún escenario. La teoría se basa solo en dónde trabajaba y cuándo se fue.

**Jack el Destripador.** En 1888, cuando empezaron los asesinatos de Whitechapel en Londres, el director de un periódico estadounidense sugirió que el mismo hombre podía estar detrás de ambos. Algunos autores modernos han repetido la idea, incluida una teoría según la cual el comerciante de Liverpool James Maybrick estaba entonces en Austin. El problema: nunca se ha probado ningún vínculo, y los ataques de Austin, con hachas y contra parejas en la cama, eran distintos en el método de los crímenes de Londres.

El relato moderno más completo del caso es el libro The Midnight Assassin, de Skip Hollandsworth, publicado en 2016.

Por Mollie Smith, Eliza Shelly, Irene Cross, Mary Ramey, Gracie Vance, Orange Washington, Susan Hancock y Eula Phillips, nadie rindió cuentas jamás.

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