Documentado

El relámpago del Catatumbo: la tormenta que lleva cuatrocientos años rugiendo

2026-07-03 · Naturaleza inexplicable · 10 min de lectura

La noche del 24 de julio de 1823, el destino de la independencia de Venezuela pendía sobre las aguas oscuras del lago de Maracaibo. La tradición cuenta que la flota republicana del almirante José Prudencio Padilla logró cerrar sobre la escuadra española porque el propio cielo delató al enemigo: relámpagos silenciosos sobre la orilla sur del lago recortaron las velas españolas hora tras hora, convirtiéndolas en blancos que un artillero no podía errar. Los historiadores aún discuten cuánto de eso es adorno añadido por generaciones posteriores. Lo que nadie discute es que la gente del Zulia lo creyó lo suficiente como para inscribir el relámpago en el tejido mismo de su identidad: en su bandera, en su escudo y en la letra de su himno regional. Pocos fenómenos naturales de la Tierra han sido cosidos tan hondo al relato fundacional de una nación. Este se ganó el honor haciendo lo que ninguna otra tormenta del planeta logra: no irse nunca del todo.

El lugar en sí no parece nada en el mapa: un rincón pantanoso y cargado de mosquitos del noroeste de Venezuela donde el río Catatumbo desemboca en el lago de Maracaibo, el mayor lago de Sudamérica. Sin embargo, casi todas las noches el cielo sobre ese pantano ofrece un espectáculo que no se ha registrado en ningún otro lugar del planeta. Durante nueve y hasta diez horas seguidas, los relámpagos rasgan la oscuridad casi sin pausa, parpadeando entre dieciséis y cuarenta veces por minuto y alcanzando picos de aproximadamente 28 destellos por minuto. Según los recuentos tradicionales, la tormenta se enciende entre 140 y 160 noches al año; el registro satelital es aún más generoso y apunta a tormentas nocturnas en cerca de 297 noches anuales. En 2014, Guinness World Records certificó al lago de Maracaibo como el lugar con la mayor concentración de rayos de la Tierra - una densidad medida de unos 232 destellos por kilómetro cuadrado al año -, arrebatándole el título a la aldea de Kifuka, en la cuenca del Congo. El ranking surgió de un análisis satelital dirigido por la científica atmosférica Rachel Albrecht, basado en años de datos de los sensores de rayos de la NASA en órbita; los propios divulgadores de la NASA bautizaron después el fenómeno como el Faro de Maracaibo.

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