Pidió que la dejaran marchar: la desaparición de Connie Converse
Elizabeth Eaton Converse nació el 3 de agosto de 1924 en Laconia, Nuevo Hampshire, y creció en Concord en un hogar bautista estricto. Su padre era pastor. La música que ella escribiría más tarde no se alentaba en aquella casa. Su hermano menor, Philip, llegó a ser uno de los politólogos más respetados de Estados Unidos, y fue él quien acabó guardando sus papeles, sus cintas y su silencio.
Fue una estudiante excepcional. Se graduó como la primera de su promoción en el instituto de Concord, reunió ocho premios académicos y obtuvo una beca para Mount Holyoke College, en Massachusetts. Estuvo dos años y se marchó. En 1944, sin terminar la carrera, se mudó a Nueva York. Para una joven de ese origen en aquella década, renunciar a una beca era casi impensable.
En Nueva York trabajó en oficinas, entre ellas una larga temporada en una imprenta llamada Academy Photo Offset, en el barrio del Flatiron, y vivió en distintos momentos en Greenwich Village, Hell's Kitchen y Harlem. Aprendió sola a tocar la guitarra y empezó a escribir canciones. También empezó a hacerse llamar Connie. Las canciones no se parecían a nada de su entorno: en primera persona, secas, adultas, a veces divertidas, muchas veces sobre la soledad, cantadas con una voz llana y sin adornos sobre una guitarra austera. Escribía material confesional de cantautora a principios de los años cincuenta, años antes del renacimiento folk de Greenwich Village que haría famosa esa forma.
Casi todo lo que sobrevive de su música existe gracias a un solo hombre. Gene Deitch, grafista y animador que organizaba veladas musicales en su casa, puso una grabadora sobre la mesa de la cocina y la registró tocando en 1954. No hubo estudio, ni productor, ni sello. Las cintas se hicieron entre amigos, y Deitch las conservó durante los cincuenta años siguientes.
Deitch también le consiguió la única actuación pública suya de la que hay constancia. En 1954 apareció brevemente en la televisión de la CBS, en el nuevo programa matinal que presentaba un joven Walter Cronkite. Fue el único momento en que su música llegó a una audiencia nacional mientras vivía. No salió nada de ello.
En 1956 grabó para su hermano un conjunto de canciones bajo el título Musicks, en dos volúmenes. Siguió escribiendo y siguió sin llegar a ninguna parte. El problema no era la calidad del trabajo sino su forma: demasiado literario para el pop, demasiado personal para el folk, demasiado raro para que la industria discográfica de los cincuenta supiera en qué estante ponerlo. No tenía mánager, ni agente, ni el menor talento para promocionarse. En 1961 concluyó que la música no iba a suceder.
Ese año dejó Nueva York y se mudó a Ann Arbor, Michigan, donde Philip daba clases en la Universidad de Michigan. La coincidencia temporal es uno de los accidentes crueles de su historia. La escena de Greenwich Village que habría tenido un sitio para sus canciones estaba formándose justo cuando ella se iba de la ciudad.
Sus años de Michigan fueron productivos y, en la superficie, exitosos. Trabajó como secretaria y, desde 1963, como editora ejecutiva del Journal of Conflict Resolution, una revista académica sobre las causas de la guerra. Se le daba bien. También se volvió activa políticamente: colaboró con Women Strike for Peace y ayudó a organizar la primera jornada docente estadounidense contra la guerra de Vietnam, celebrada en la Universidad de Michigan. Durante casi una década tuvo una segunda vida, respetada por quienes la rodeaban, con la guitarra guardada.
Esa vida se rompió a finales de 1972, cuando la revista se trasladó a Yale y ella no fue con ella. Lo que siguió fue una caída larga: agotamiento, problemas de salud, mucha bebida y depresión. En su propia correspondencia describió haber pasado por algo cercano a una crisis nerviosa. En 1973 su familia y sus amigos juntaron dinero para enviarla a Inglaterra a descansar. Volvió, y la situación no mejoró.
Cumplió cincuenta años el 3 de agosto de 1974. En los días alrededor de ese cumpleaños se sentó a escribir a mano una serie de cartas a su familia y a sus amigos más cercanos. Eran serenas, cuidadosamente compuestas y sin reproches. Escribió que quería intentar empezar de nuevo en otro sitio, dio las gracias a quienes habían sido buenos con ella, dijo que le habría gustado darles más de lo que dio y les pidió, con las palabras más sencillas posibles, que la dejaran marchar.
El 10 de agosto de 1974 cargó su Volkswagen Escarabajo con la guitarra y unas pocas pertenencias. Su sobrino la vio dejar el bolso en el asiento del copiloto, arrancar el motor y despedirse con la mano mientras salía de Ann Arbor. Ese es el último avistamiento confirmado de Connie Converse. Ni ella ni el coche han aparecido jamás.
Su familia no llamó a la policía aquella semana. Las cartas eran explícitas y decidieron honrarlas. Una década después, aproximadamente, Philip Converse consultó a un rastreador profesional de personas desaparecidas y le dijeron lo que probablemente ya sospechaba: un adulto en Estados Unidos tiene derecho legal a desaparecer, y hasta una búsqueda exitosa podría no producir nada con lo que se pudiera actuar. Lo dejó estar. Su expediente nunca ha sido más que eso.
Su música volvió sin ella. En enero de 2004 Gene Deitch acudió al programa de radio Spinning on Air de la emisora WNYC, dirigido por David Garland, y puso al aire las cintas de la cocina. Dos oyentes, Dan Dzula y David Herman, salieron a buscar el resto. Encontraron más grabaciones en la colección de Deitch, ya en Praga, y en un archivador en Ann Arbor. En marzo de 2009 diecisiete de las canciones se publicaron como el álbum How Sad, How Lovely en el sello Lau Derette, seguido de una reedición en vinilo en 2015. Los músicos empezaron a versionarla. En 2023 el escritor Howard Fishman publicó una biografía completa, To Anyone Who Ever Asks. La cantante clásica Julia Bullock grabó su canción One by One en un álbum ganador de un Grammy en 2024. Cincuenta años después de irse, Connie Converse tiene el público que nunca tuvo cuando estaba aquí.
Conclusiones y preguntas abiertas
El expediente documental es insólitamente claro hasta la partida y está completamente vacío a partir de ahí. Sabemos cuándo se fue, qué conducía, qué se llevó y qué escribió. Sabemos que tenía cincuenta años, mala salud, un problema con la bebida y ningún trabajo tras diez años sostenida por uno. Después de la mañana del 10 de agosto de 1974 no hay nada: ni un avistamiento confirmado, ni una transacción, ni un vehículo, ni restos.
La lectura que mantienen buena parte de su familia y la mayoría de quienes han leído las cartas es que pretendía poner fin a su vida y que las cartas eran una despedida. Se apoya en su estado de ánimo, en el carácter definitivo de las palabras y en la ausencia de todo contacto posterior con las personas a las que quería. Su debilidad es física. En cincuenta años no han aparecido ni un cuerpo ni un coche, y un Volkswagen Escarabajo es un objeto difícil de hacer desaparecer.
La lectura rival, la que ella misma dejó por escrito, es que quiso decir exactamente lo que dijo: empezar de cero con otro nombre, en un sitio donde no la conocieran. No es imposible. En 1974 un adulto decidido aún podía salirse del rastro de papel. La debilidad es que tenía cincuenta años, salud frágil, muy poco dinero y ningún destino claro, y que en medio siglo no ha aflorado en ninguna parte rastro alguno de esa segunda vida.
Una tercera posibilidad, menos discutida, es que en la carretera ocurriera algo corriente y ajeno a su plan: un accidente, una avería en un lugar aislado, un delito contra una mujer que viajaba sola. Explicaría mejor que las otras dos la desaparición del coche. Su debilidad es que ningún siniestro, ningún cuerpo sin identificar y ningún vehículo abandonado se han vinculado nunca con ella, en un país que lleva esos registros.
El coche es el nudo. Una persona puede desvanecerse; un vehículo suele reaparecer, en un lago, un desguace, un registro de titularidad o un control de matrícula. Que del suyo nunca haya vuelto nada es el argumento más fuerte de que la respuesta está en un lugar no buscado y no en uno pasado por alto.
Lo que queda abierto es factual y humano a la vez. Hacia dónde condujo y hasta dónde llegó. Si las cartas eran una despedida de una vida o de la vida es algo que sus propias palabras no resuelven, y su familia tomó la decisión deliberada de no forzar una respuesta. Por qué una obra tan original no encontró casa en los años cincuenta, y por qué hizo falta una emisión de radio en 2004 para rescatarla, es un fracaso aparte con sus propias lecciones. Lo único que nadie discute es que ella pidió que la dejaran en paz, y que el mundo lleva dos décadas haciendo lo contrario, por admiración, y demasiado tarde para que ella lo sepa.