Las calaveras de cristal: cómo una rueda de joyero delató la leyenda de los antiguos mayas
En 1881, un cráneo humano de tamaño natural, tallado en un solo bloque de cristal de roca pulido, se puso a la venta en la tienda parisina del anticuario Eugene Boban. Boban no era una figura marginal. Había sido anticuario oficial de la corte del emperador Maximiliano durante la breve aventura imperial francesa en México, y sabía exactamente cuánto pagaría un mercado europeo ávido del Nuevo Mundo desaparecido. Ya había intentado, sin éxito, vender cráneos de cristal al museo nacional de México, presentándolos como auténticos hallazgos aztecas. El cráneo parisino pasó por una subasta y luego a la joyería neoyorquina Tiffany and Co., que lo compró a Boban por 950 dólares. En 1897, Tiffany lo cedió al Museo Británico, que lo catalogó como azteca y lo puso en exhibición. Un segundo cráneo, también rastreable hasta Boban, entró en las colecciones públicas francesas; hoy se conserva en el Museo del Quai Branly de París.
En julio de 1936, los lectores de Man, la revista del Real Instituto Antropológico de Londres, asistieron a un extraño teatro forense: dos cráneos humanos de tamaño natural, en cristal de roca pulido, fotografiados y medidos punto por punto. Uno era el del Museo Británico. El otro se exhibía en la galería londinense del marchante Sydney Burney. El anatomista G. M. Morant informó de que ambos objetos se parecían demasiado para ser obras independientes. Adrian Digby, del Museo Británico, le respondió por escrito. Nadie en aquel cortés intercambio imaginó que el cráneo de Burney acabaría su carrera como la reliquia maya más famosa de la tierra.
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