UN CASO REAL
Resuelto

El Acuchillador de Halifax: el atacante que vio toda una ciudad y que nunca existió

2026-10-16 · · Fenómenos masivos extraños · 8 min de lectura

Una oscura tarde de noviembre de 1938, 2 jóvenes volvían del trabajo a casa por un camino a las afueras de Halifax.

Halifax era una ciudad de lana y textiles en el norte de Inglaterra, a unos 280 km al norte de Londres. Sus calles eran empinadas y empedradas, y muchos de sus callejones daban a patios traseros oscuros.

Las dos tenían 21 años. Más tarde contaron a la policía que un hombre había salido de la oscuridad y las había golpeado con un mazo. Recordaban bien un detalle: el hombre llevaba hebillas brillantes en los zapatos.

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Era el 16 de noviembre. En 2 semanas, Halifax era una ciudad sitiada.

Esta es la historia de un atacante del que informaron decenas de personas, al que persiguieron cientos, y del que Scotland Yard concluyó al final que nunca había existido. En una frase: una ciudad se convenció de que un hombre con una cuchilla atacaba a la gente por las calles, y los investigadores descubrieron que la mayoría de los ataques, y quizá todos, eran inventados o autoinfligidos.

Los primeros cortes

La noche del 21 de noviembre, poco después de las 10, otra joven de 21 años volvía a casa tras su turno en una fábrica de caramelos.

Dijo que un hombre la había atacado en la calle y la había cortado. Tenía una herida en la muñeca que necesitó 4 puntos, y faltó 2 semanas al trabajo.

El periódico local lo publicó. La policía lo trató como un ataque real. Mucha gente en la ciudad lo relacionó enseguida con el ataque a las 2 jóvenes unos días antes.

El 24 de noviembre, a las 7 menos cuarto de la tarde, el conserje de una iglesia dijo que lo habían golpeado en la cabeza y en la mano en una calle no lejos del segundo ataque. Esta vez hubo una descripción: un hombre pelirrojo de unos 30 años, encorvado, de 1,75 m, con un impermeable marrón claro.

La policía detuvo a un hombre en media hora. Lo soltaron esa misma noche.

En una escuela de arte cercana, más de 200 chicas fueron encerradas en las aulas mientras se registraban las calles. La policía ofreció una recompensa de 10 libras por la detención del atacante.

Los periódicos ya le habían puesto nombre: el Acuchillador de Halifax.

Una ciudad presa del miedo

El 25 de noviembre hubo 2 denuncias más.

El encargado de una tienda cooperativa, de 38 años, en un pueblo junto a Halifax, dijo que un hombre lo había atacado en el camino y le había cortado la mano. Dijo que se había defendido y había arrancado una trabilla de la manga del abrigo del atacante. Cerca del lugar se encontró una hoja de afeitar. Al día siguiente apareció en un campo de fútbol un abrigo al que le faltaba la trabilla de la manga.

Para la ciudad, aquello parecía una prueba.

Ese mismo día, una mujer dijo que la habían atacado cuando salió a comprar vinagre. Tenía cortes en la cara y en los brazos.

El 27 de noviembre, a las 7 y media de la tarde, una joven de 18 años contó que pasaba junto a un patio oscuro cuando de las sombras salió un brazo y sintió un golpe. Tenía el brazo cortado. Corrió al cuartel de bomberos, y una docena de bomberos salió a registrar las calles.

El 28 de noviembre hubo 3 denuncias más en un solo día. Una joven tejedora dijo que la habían derribado cerca de su casa. Una mujer de 35 años dijo que la habían atacado por la espalda en una escalera y que había forcejeado con el hombre 2 o 3 minutos. Y la joven de la fábrica de caramelos dijo que la habían atacado por segunda vez, ahora en el patio de su propia casa. La policía subió la recompensa a 25 libras.

Las turbas

Para entonces el miedo se había convertido en algo peor.

Los hombres formaron patrullas y recorrían las calles de noche con palos. Las mujeres dejaron de salir cuando oscurecía. Las tiendas cerraban temprano. El comercio del centro casi se paralizó.

Cualquiera que se pareciera a la descripción estaba en peligro. A cualquier hombre con impermeable podían perseguirlo.

La noche del 27 de noviembre, un grupo de 5 o 6 personas armadas con atizadores se lanzó sobre un chico de 15 años. A uno de ellos lo multaron después en el juzgado.

Un vecino que había acudido a ayudar a una de las víctimas fue acusado de ser él el acuchillador. Una multitud lo rodeó y empezó a pedir a gritos su muerte. La policía tuvo que escoltarlo hasta su casa.

En otra ocasión, una multitud de unas 200 personas acorraló a un hombre contra una pared.

El pánico no se quedó en Halifax. Empezaron a llegar denuncias de acuchilladores desde otras ciudades del norte de Inglaterra, y luego desde más lejos.

Llega Scotland Yard

El jefe de policía de Halifax pidió ayuda a Scotland Yard, en Londres. Los detectives llegaron a finales de noviembre.

Hicieron algo sencillo. Repasaron cada denuncia, una por una, y volvieron a interrogar a cada víctima, con cuidado.

Aun antes de su llegada, la policía local había empezado a dudar. Nunca había testigos. Nadie más que la víctima veía al atacante. Las heridas eran casi siempre cortes pequeños en las manos, los brazos o la cara, en sitios a los que uno puede llegar solo. El 28 de noviembre, el jefe de policía dijo públicamente que algunos incidentes se habían "creado innecesariamente".

El 29 de noviembre, el encargado de la tienda, el que había arrancado la trabilla del abrigo del atacante, confesó.

No había habido ningún atacante. Se había cortado él mismo la mano. El abrigo del campo de fútbol era suyo. La trabilla la había arrancado él.

Las confesiones

A partir de ahí, el caso se vino abajo muy deprisa.

La mujer que había salido a comprar vinagre admitió que se había arañado con el cristal de una botella de vinagre rota. Dijo a la policía que no sabía qué le había llevado a hacerlo.

La joven de 18 años del patio oscuro admitió que había comprado una hoja de afeitar y se había cortado. Según relatos locales, quería llamar la atención de su novio.

Otros admitieron que se habían inventado la historia o que habían convertido un accidente corriente en un ataque. Los médicos concluyeron que las heridas de la tejedora se debían a una caída.

Al final, 5 vecinos fueron acusados de alteración del orden público por hacer perder el tiempo a la policía con denuncias falsas. 4 de ellos fueron a la cárcel. Al encargado de la tienda se le impuso un compromiso de buena conducta.

El 2 de diciembre, el periódico local dijo a sus lectores que nunca había existido un peligro real para el público.

La conclusión de Scotland Yard fue que no había habido ningún Acuchillador de Halifax.

**Aquí termina lo documentado: los ataques que se investigaron resultaron falsos, y nunca se encontró a ningún atacante. Si las primerísimas denuncias también eran falsas, nadie lo ha aclarado del todo.**

Las fuentes publicadas no coinciden en este punto. Algunas dicen que Scotland Yard concluyó que ni un solo ataque había sido real. Al menos un historiador local señala que la primera herida, los 4 puntos del camino desde la fábrica de caramelos, se produjo en una calle iluminada y concurrida, y en su momento se consideró real. Fue la segunda denuncia de la misma joven, en su propio patio, con su madre y los vecinos cerca y sin que nadie viera a nadie, la que hizo dudar a la policía. Y en las fuentes que pudimos consultar no consta que las 2 primeras jóvenes, las del mazo y las hebillas brillantes, confesaran nunca.

Conclusiones y preguntas abiertas

El Acuchillador de Halifax es hoy uno de los ejemplos más conocidos de lo que los sociólogos llaman histeria colectiva o pánico moral: un miedo que se extiende por una comunidad más rápido que los hechos, hasta que la gente empieza a ver, e incluso a fabricar, aquello que teme.

La pregunta no es si la mayoría de los ataques fueron falsos. Las confesiones lo resuelven. La pregunta es cómo empezó y por qué se sumó tanta gente.

**Fue histeria colectiva desde el principio.** Los indicios: Scotland Yard no halló ningún atacante, muchas víctimas confesaron y las heridas eran del tipo que uno puede hacerse a sí mismo. Halifax tenía además un recuerdo al que agarrarse. En 1927 un vecino había sido condenado por rajar la ropa de 6 mujeres. Y se han registrado pánicos parecidos de "acuchilladores fantasma" en otros lugares, por ejemplo en Taiwán en 1956, donde los sociólogos estudiaron una ola de denuncias de cortes que tampoco tuvo atacante. El problema: no explica las primerísimas denuncias, que en ningún registro que conozcamos fueron retiradas.

**Un atacante real lo empezó, y la ciudad hizo el resto.** Los indicios: los primeros ataques ocurrieron antes de que existiera el pánico, y uno de ellos, según al menos una fuente, parecía auténtico. El problema: nunca se encontró a ningún atacante, y nada en lo documentado relaciona las primeras denuncias con una persona real.

**Cada denuncia falsa tuvo su propio motivo personal.** Los indicios: las confesiones dan motivos pequeños y humanos: llamar la atención, que se les tomara en serio, o razones que la persona no sabía explicarse ni a sí misma. El problema: un motivo personal explica a una persona. No explica por qué se lo creyó una ciudad entera, por qué se formaron turbas ni por qué otras ciudades denunciaron sus propios acuchilladores.

Conviene recordar también el momento. El pánico llegó en noviembre de 1938, pocas semanas después de que Europa estuviera al borde de la guerra por Checoslovaquia. En Inglaterra se estaban repartiendo máscaras de gas. Quizá eso hizo que una ciudad asustada estuviera más dispuesta a creer en un enemigo oculto. Es una hipótesis, no algo que pueda demostrarse.

Lo que queda abierto es poco, pero es real. ¿Quién, si es que hubo alguien, atacó a las 2 primeras jóvenes en aquel camino oscuro el 16 de noviembre de 1938? ¿Y cómo llega una ciudad de gente corriente y sensata a ver a un hombre que no está, y a salir en masa a buscarlo?

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