El chico de ninguna parte: el enigma sin resolver de Kaspar Hauser
La tarde del 26 de mayo de 1828, lunes de Pentecostés, cuando buena parte de Núremberg había salido a pasear, un muchacho apareció tambaleándose en una plaza empedrada junto a la puerta de Unschlitt. Apenas se tenía en pie. Oscilaba sobre unas piernas que parecían no haber aprendido nunca el arte de caminar, y a cuantos se acercaban les tendía las mismas dos cartas y repetía las mismas pocas palabras aprendidas de memoria: quería, decía, ser soldado de caballería, como lo había sido su padre. Un zapatero lo llevó a la casa del capitán von Wessenig, el oficial cuyo nombre figuraba en el sobre. Allí el muchacho lloró al ver un caballo, tendió la mano hacia la llama de una vela como si el fuego fuera un juguete vivo, la apartó al quemarse y después durmió como un muerto. Cuando por fin alguien le puso una pluma en el puño, escribió con letra apretada e infantil lo único que parecían haberle enseñado a escribir: Kaspar Hauser.
Las dos cartas fueron las primeras pruebas del caso, y plantearon más preguntas de las que resolvieron. Una iba firmada por un anónimo que decía haber tenido al muchacho en su casa desde 1812 e insistía en que jamás se le había permitido salir. La segunda se presentaba como una nota de su madre moribunda; daba una fecha de nacimiento, el 30 de abril de 1812, y comunicaba que su padre, un oficial de caballería, había muerto. Los investigadores que examinaron los documentos observaron que ambas letras se parecían y que la tinta y el papel parecían de la misma hechura. La conclusión que se sacó entonces, y que nunca se ha revocado, fue que las dos cartas las había escrito con toda probabilidad la misma persona.
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