Resuelto

La lluvia de carne de Kentucky: el día que la carne cayó de un cielo despejado

2026-07-04 · Naturaleza inexplicable · 10 min de lectura

El cielo sobre el condado de Bath, en Kentucky, estaba despejado la mañana del 3 de marzo de 1876, y ese solo detalle es la razón por la que la historia se ha negado a morir durante ciento cincuenta años. En algún momento entre las once y el mediodía, en la granja de Allen Crouch, a dos o tres millas del pequeño balneario de Olympia Springs, su esposa estaba en el patio haciendo jabón. Se hallaba quizá a cuarenta pasos de la casa cuando el aire a su alrededor empezó a llenarse de copos de lo que parecía, inconfundiblemente, carne roja fresca. Descendían con suavidad, sin viento alguno que los llevara, sobre una franja de terreno de unas cien yardas de largo por cincuenta de ancho. La mayoría de los trozos medían unas dos pulgadas cuadradas; el mayor, se dijo, rozaba las cuatro. No había nube en lo alto, ni ave a la vista, nada en el aire quieto de marzo que explicara de dónde había salido la carne, y la señora Crouch, según todos los testimonios, quedó muy alterada.

A la mañana siguiente los vecinos vinieron a verlo por sí mismos. Harrison Gill, un hombre al que los primeros informes se afanan en llamar «de veracidad incuestionable», recorrió el terreno y halló restos de carne todavía adheridos a los travesaños de la cerca y esparcidos en abundancia por la hierba. La noticia viajó con asombrosa rapidez para un condado rural. El New York Herald, Scientific American y The New York Times publicaron la historia en cuestión de semanas, y los periódicos echaron mano enseguida de los nombres que encajaban con el ánimo: la Gran Lluvia de Carne de Kentucky, el Aguacero de Carne, la Lluvia Carnal. El asunto adquirió el detalle que lo fijaría para siempre en la memoria cuando dos hombres del lugar decidieron zanjar la cuestión del modo más directo del que es capaz un ser humano. La probaron. Uno de ellos, un trampero llamado Benjamin Franklin Ellington, se marchó jurando que era carne de oso, o de lo contrario, según dijo, su nombre no era Benjamin Franklin Ellington; otros la creyeron más cercana al cordero o al venado. Aquel acto de probar, más que la caída misma, elevó una mañana extraña en una granja de Kentucky a la categoría de sensación nacional, mitad horror y mitad farsa.

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