Dos hojas en el bolsillo de un muerto: la clave que el FBI publicó porque no supo leerla
El campo estaba junto a la carretera 367, en el condado de St. Charles, Misuri, una franja llana de tierra de labor a las afueras de West Alton, allí donde el río Misuri se acerca al Misisipi. El último día de junio de 1999, con un calor que llevaba acumulándose una semana, algo entre los surcos llamó la atención. Los ayudantes del sheriff que entraron encontraron el cuerpo de un hombre. Llevaba allí el tiempo suficiente para que el verano hubiera hecho su trabajo. No había cartera, ni documentos, ni nada que dijera quién era.
Lo dijeron las huellas dactilares. El muerto era Ricky C. McCormick, nacido el 14 de junio de 1958, cuarenta y un años, vecino de San Luis. Se le había visto con vida cinco días antes, el 25 de junio, en el hospital Forest Park de la ciudad, donde era un paciente conocido. Padecía una enfermedad crónica de corazón y pulmón y vivía de una pensión por incapacidad. Tenía cuatro hijos y ningún domicilio fijo propio. Había dejado la escuela sin terminarla. Tenía antecedentes penales, entre ellos una condena de tres años por estupro de la que cumplió once meses.
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