UN CASO REAL
Documentado

La Llanura de las Jarras: miles de vasijas de piedra y un campo minado sobre la respuesta

2026-08-12 · · Lugares enigmáticos · 8 min de lectura

En los pastizales ondulados de la meseta de Xiangkhoang, en el norte de Laos, hay vasijas de piedra a cientos al aire libre. Están talladas en roca maciza, se estrechan ligeramente hacia el borde, miden en su mayoría entre uno y tres metros de alto y casi otro tanto de ancho, y las mayores pesan del orden de 14 toneladas. Unas se mantienen erguidas en grupos apretados en las laderas, otras yacen volcadas y medio hundidas en la hierba. Las prospecciones han identificado bastante más de noventa sitios con jarras en la provincia, con más de 120 registrados en total, y cada sitio va desde una sola vasija hasta unas 400. El nombre que quedó, en lao y en cualquier otro idioma, es simplemente la Llanura de las Jarras.

La piedra no es uniforme. Se han identificado cinco tipos de roca en las vasijas: arenisca, la más común y empleada para las jarras mayores, junto con granito, conglomerado, caliza y brecha. Se han localizado canteras cerca de varios sitios, y en el Sitio 1, el grupo más visitado, las jarras parecen haber sido trasladadas unos 8 kilómetros desde donde se cortó la roca. No hay indicios de maquinaria con herrajes, ni rueda en el registro local, ni animales de tiro adecuados al terreno. Las vasijas se vaciaron con herramientas de mano y se arrastraron hasta su sitio.

El Sitio 1, conocido localmente como Ban Hai Hin, alberga unas 316 jarras dispuestas en cinco grupos sobre una loma baja. Entre ellas hay más de veinte discos tallados de arenisca, la mayoría tumbados en el suelo. Al borde del sitio se abre una cueva de caliza con aberturas en el techo. Esa cueva se convirtió en el eje de la primera interpretación seria de todo el paisaje.

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La arqueóloga que la formuló fue Madeleine Colani, investigadora francesa vinculada a la Escuela Francesa del Extremo Oriente. Colani prospectó la meseta a comienzos de los años treinta y publicó sus resultados en 1935 en una obra en dos volúmenes sobre los megalitos del Alto Laos, documentando 21 sitios. Excavó una veintena de jarras y el terreno contiguo, y recuperó un conjunto constante: hueso quemado, ceniza, cuentas de vidrio, fusayolas, discos de oreja y herramientas de bronce y hierro. Dentro de la cueva halló capas con hueso humano carbonizado. Colani concluyó que la cueva había servido de crematorio, que las jarras contenían los restos de los muertos y que los discos eran tapas o marcadores funerarios. Su lectura del lugar como paisaje mortuorio nunca ha sido refutada.

Lo que no pudo hacer fue datarlo con seguridad. Durante décadas las jarras se adscribieron en bloque a la Edad del Hierro del sudeste asiático continental, aproximadamente entre 500 antes de nuestra era y 500 de nuestra era, sobre todo por los objetos metálicos y las cuentas hallados con ellas. Ese rango era una inferencia tipológica y no una medición, y dejaba sin responder la pregunta central: cuándo se tallaron y colocaron realmente las jarras.

Después la meseta se convirtió en zona de guerra. Entre 1964 y 1973, durante el conflicto de Indochina, Estados Unidos ejecutó sobre Laos uno de los bombardeos aéreos más intensos de la historia, y la provincia de Xiangkhoang fue de las más castigadas. Se lanzaron cantidades enormes de submuniciones de racimo, y una proporción elevada no detonó al impactar. Los campos de jarras quedaron saturados de munición sin explotar. Algunas vasijas quedaron destrozadas y los cráteres cortaron los depósitos arqueológicos en varios sitios. Durante una generación, salirse de un sendero despejado en esos campos suponía un riesgo mortal, y la excavación sistemática era sencillamente imposible. Los equipos de desminado han abierto desde entonces corredores en los sitios principales, señalando el terreno seguro con piedras pintadas, pero incluso hoy solo una pequeña parte de los sitios registrados se ha investigado con cierta profundidad.

La investigación sostenida se reanudó en 2016 con el Proyecto Arqueológico de la Llanura de las Jarras, una colaboración lao-australiana. Lo codirigen Dougald O'Reilly, de la Universidad Nacional de Australia, Louise Shewan, de la Universidad de Melbourne, y Thonglith Luangkhoth, del Departamento de Patrimonio de Laos, en cooperación con las autoridades locales y con los operadores de desminado que aseguran el terreno antes de abrir cualquier trinchera. El proyecto combinó la excavación en el Sitio 1 con cartografía, teledetección y, sobre todo, dataciones de laboratorio.

Los resultados rehicieron la cronología. La luminiscencia ópticamente estimulada, que mide cuánto tiempo lleva un sedimento enterrado a resguardo de la luz solar, se aplicó al suelo bajo las jarras. Indicó que las vasijas ya se colocaban en la meseta en el segundo y primer milenio antes de nuestra era, mucho antes de lo que sugería la horquilla de la Edad del Hierro. En cambio, las dataciones por radiocarbono de restos humanos alrededor y debajo de las jarras se agruparon bastante después, entre los siglos VIII y XIII de nuestra era. Las excavaciones documentaron varias prácticas funerarias distintas en el mismo terreno: inhumaciones primarias, paquetes de huesos de enterramiento secundario y vasijas cerámicas con restos de bebés, todo dispuesto en torno a las jarras en pie.

De esa combinación salió el hallazgo más incisivo del proyecto. Las jarras y los enterramientos hallados junto a ellas están separados por un intervalo muy largo. Se estuvo enterrando entre las jarras durante siglos, quizá más de un milenio, después de que las propias jarras estuvieran ya colocadas. Fuese cual fuese la finalidad de su talla, comunidades posteriores siguieron tratando ese suelo como sagrado y lo usaron para sus muertos.

La prueba más directa de que las jarras funcionaban como contenedores llegó más tarde, y desde un sitio alejado de la ruta turística. Las excavaciones realizadas entre 2022 y 2024 en el Sitio 75, a unos 70 kilómetros al noreste de la ciudad de Phonsavan, abrieron una jarra de 1,3 metros de alto y hallaron en su interior los restos desarticulados de al menos 37 individuos, junto con herramientas de hierro, cerámica, cuentas de vidrio y una campanilla de aleación de cobre. El radiocarbono situó los depósitos entre aproximadamente 890 y 1160 de nuestra era, acumulados en varias fases a lo largo de generaciones. La disposición de los huesos y la ausencia de partes completas del cuerpo apuntaron a enterramiento secundario: los cuerpos se descompusieron en otro lugar antes de que los huesos se recogieran y se depositaran en la vasija. Publicado en la revista Antiquity en 2026, se describió como el primer hallazgo sustancial de restos humanos intactos dentro de una jarra laosiana.

La condición formal del conjunto cambió en 2019, cuando la UNESCO inscribió los Sitios Megalíticos de Jarras de Xiengkhuang, la Llanura de las Jarras, en la Lista del Patrimonio Mundial. Se incluyeron once sitios componentes, con un área central de unas 175 hectáreas y una zona de amortiguamiento mucho mayor. La inscripción trajo protección, financiación y atención internacional, y también un problema de conservación sin solución sencilla: el bien contiene munición que no ha sido retirada, y el desminado es lento, caro y peligroso.

Conclusiones y preguntas abiertas

La función funeraria del paisaje ya no se discute en serio. Restos humanos, ajuares y estructuras de enterramiento están documentados en varios sitios por equipos independientes, y la jarra del Sitio 75 mostró huesos dentro de una vasija y no solo alrededor. Las preguntas sin resolver atañen a las jarras mismas.

La interpretación más sólida, en una línea que va de Colani al proyecto actual, sostiene que las jarras eran recipientes mortuorios usados para la exposición y descomposición de los muertos, cuyos huesos se retiraban después para un enterramiento secundario en el terreno circundante. Su debilidad es la cobertura. Solo una jarra ha entregado un conjunto sustancial e intacto en su interior, y miles de vasijas jamás se han excavado. Un caso confirmado demuestra que la práctica existió, no que explique todas las jarras de la meseta.

Una lectura alternativa considera las jarras ante todo monumentos o marcadores, y el depósito de restos en su interior una reutilización tardía. Los resultados de luminiscencia le dan cierta fuerza, ya que sitúan las jarras siglos o milenios antes de los enterramientos datables. La debilidad es que esas fechas corresponden al sedimento bajo las jarras y no al tallado de la piedra, y la base de muestras sigue siendo pequeña.

La tradición local ofrece un relato completamente distinto. La historia oral lao atribuye las jarras a un rey gigante, recordado como Khun Cheung, que habría mandado fabricarlas para elaborar y guardar vino de arroz con el que celebrar una gran victoria. Algunos investigadores lo leen como memoria de banquetes asociados a ritos funerarios, un vínculo verosímil pero no contrastado arqueológicamente. Una teoría práctica emparentada sostiene que las jarras recogían agua de lluvia monzónica para viajeros de una ruta comercial terrestre, idea que a veces se liga al tránsito de sal y hierro por las tierras altas. La lastran la falta de drenaje, de tapas selladas en su sitio y de residuos de agua, además de la presencia de los muertos.

Las afirmaciones de que las jarras las hicieron gigantes o visitantes de otro mundo son rechazadas por los arqueólogos. Nada en las vasijas excede la capacidad de comunidades de la Edad del Hierro con herramientas de hierro, cuerdas y trabajo organizado, y las canteras con jarras a medio terminar muestran el proceso en marcha.

Lo que queda realmente abierto es mucho. Quién talló las jarras, en qué lengua y bajo qué organización social, se ignora, porque ninguna escritura y ningún poblado se han vinculado con seguridad a sus constructores. Por qué unos sitios reúnen cuatrocientas vasijas y otros una sola, no se explica. Si los discos de arenisca son tapas, marcadores u otra cosa, no está decidido. Y el mayor obstáculo no es intelectual. Menos de uno de cada diez sitios registrados se ha investigado como es debido, y mientras siga la munición, la mayor parte de la llanura guardará sus respuestas.

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