UN CASO REAL
En disputa

Cinco días desaparecido, cuatro días muriendo: la muerte de Edgar Allan Poe

2026-10-21 · · Muertes inexplicables · 8 min de lectura

Era día de elecciones, y la taberna de la esquina se usaba como colegio electoral.

La tarde del 3 de octubre de 1849, un impresor que pasaba junto al edificio en Baltimore, en Estados Unidos, vio a un hombre sentado fuera en un estado penoso. Apenas era capaz de sostenerse. Su ropa estaba gastada y no era de su talla: un abrigo manchado y descolorido y unos zapatos usados que nadie que lo conociera esperaría verle puestos.

El impresor reconoció la cara. Era la de un escritor que para entonces era conocido en todo el país.

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No llamó a un médico desde la calle. Se sentó y escribió una nota a un doctor que sabía que el escritor conocía. La nota se conserva, y es una de las poquísimas pruebas sólidas de toda esta historia:

"Hay un caballero, bastante maltrecho, en el colegio electoral del 4º distrito, en el de Ryan, que responde al nombre de Edgar A. Poe, y que parece hallarse en gran apuro; dice que lo conoce a usted, y le aseguro que necesita ayuda inmediata."

Cuatro días después, Edgar Allan Poe había muerto, a los 40 años.

Aquí está el misterio en un párrafo. Se embarcó en una ciudad estadounidense con intención de llegar a otras dos, y no llegó a ninguna. Entre el día en que bajó de aquel barco y la tarde en que lo encontró el impresor hay un hueco de 5 días en los que nadie sabe dónde estuvo, qué hizo ni con quién. Nunca pudo explicarlo. Murió sin decirlo. Y el papeleo médico que podría haber dicho qué lo mató desapareció de un modo tan completo que jamás se ha establecido una causa de muerte.

Lo que se suponía que iba a hacer

En el verano de 1849 su vida había mejorado, y esa es una de las razones por las que el final resulta tan extraño.

Había pasado semanas en Richmond, una ciudad a unos 240 km al sur de Baltimore, dando conferencias públicas con la sala llena y cobrando por ellas. Se había prometido con una viuda a la que había conocido de joven. Se preparaba una boda. En agosto se había unido allí a una sociedad de templanza y había jurado, ante testigos, dejar de beber.

El 27 de septiembre de 1849 salió de Richmond en vapor, rumbo al norte. El plan era sencillo y del todo corriente. Pararía por el camino para hacer un trabajo de edición pagado, seguiría hasta Nueva York, recogería a su tía anciana y la traería al sur para la boda.

La ruta del barco lo llevó a Baltimore. Llegó allí el 28 de septiembre de 1849.

Ese es el último avistamiento confirmado durante 5 días. A partir de aquí, nadie sabe qué pasó.

Su primo, que vivía en esa ciudad, escribió después que no había logrado averiguar dónde había pasado su pariente esos días, ni en qué circunstancias. Ningún casero, ningún amigo, ningún compañero de viaje, ningún tendero se presentó con una versión. En una ciudad donde su cara era conocida, 5 días de la vida de un hombre famoso sencillamente no existen en el registro.

El hospital

El médico que recibió la nota acudió a la taberna e hizo que lo llevaran en coche al hospital del colegio médico.

Lo instalaron en una habitación de un piso alto con rejas en la ventana. Lo que allí ocurrió solo se sabe por lo que aquel único médico escribió más tarde, y la fiabilidad de esos escritos forma parte del problema.

Según esos relatos, el paciente no estaba consciente en ningún sentido normal. Sudaba mucho. Hablaba largamente con cosas que veía en las paredes. Tenía periodos cortos de algo parecido a la lucidez, y en uno de ellos le preguntaron cómo había llegado a la ciudad y por qué medio. La respuesta, escribió el médico, fue incoherente e insatisfactoria.

No tuvo visitas. Parece que en la ciudad no se avisó a nadie hasta que ya había muerto.

La última noche gritó un nombre, una y otra vez. Ese nombre nunca se ha podido vincular con seguridad a nadie de su vida. Los investigadores han propuesto varias posibilidades y ninguna se ha sostenido.

Murió en silencio antes del amanecer del domingo 7 de octubre de 1849. Ni siquiera la hora es segura: unos relatos dicen las 3 de la madrugada, otros las 5.

Lo enterraron al día siguiente. Acudieron menos de 10 personas. El oficio duró unos 3 minutos. La tumba quedó sin lápida durante 26 años.

El papeleo que no existe

Esta es la parte que convierte una muerte triste en una muerte sin resolver.

Un periódico de Baltimore dio como causa de la muerte "congestión cerebral". En 1849 esa expresión no era un diagnóstico. Era una fórmula educada que usaba la prensa cuando se creía que la respuesta real era la bebida, y servía además para media docena de dolencias reales. No resuelve nada.

Nunca ha aparecido un certificado de defunción, y no hay indicio de que se registrara.

Los archivos del hospital correspondientes a esos días han desaparecido.

Y el único testigo presencial, el médico que lo trató, no es un narrador fiable. Su primer relato escrito, en una carta de noviembre de 1849, es breve y vago y dice que el paciente murió de "la dolencia", sin nombrarla. En 1875, 26 años después, contaba una historia mucho más larga. En 1885 publicó un libro sobre el asunto en el que el paciente pronuncia discursos, se citan conversaciones enteras palabra por palabra y algunas fechas contradicen la propia carta anterior del médico y el calendario conocido. Un ejemplo documentado: afirmó que había avisado a la familia de inmediato, cuando en realidad escribió a la tía del escritor solo después de que ella se lo pidiera, más de un mes después.

Es decir: la única persona que lo vio morir produjo tres versiones distintas del hecho, cada una más completa que la anterior, separadas por décadas.

La necrológica que escribió un enemigo

Dos días después de la muerte, un periódico de Nueva York publicó una necrológica firmada con un nombre falso. Anunciaba que pocos lamentarían la noticia y presentaba al muerto como un borracho, inestable y sin amigos.

El autor era un rival literario. Después llegó a ser albacea literario del escritor y, en ese papel, publicó unas memorias sobre él que incluían cartas de las que más tarde se demostró que estaban alteradas y, en algunos puntos, inventadas.

Esto importa por una razón práctica, no sentimental. El primer relato público de cómo había vivido y muerto este hombre lo escribió alguien que quería dañarlo, y se repitió durante generaciones. Todo intento posterior de averiguar qué lo mató de verdad ha tenido que excavar por debajo de él.

Conclusiones y preguntas abiertas

Aquí hay más causas de muerte propuestas que en casi ningún caso comparable. Eso ya dice algo: la falta de pruebas permite que encaje cualquier explicación.

Una teoría sostiene que fue la bebida. Tenía un historial documentado, la fórmula del periódico apuntaba ahí y fue la suposición inmediata de casi todos en su momento. El problema: no explica la ropa prestada, los 5 días perdidos ni los 4 días en el hospital. El médico afirmó no haber notado olor a alcohol, aunque ese médico es el mismo testigo poco fiable.

Una teoría sostiene que fue víctima de un fraude electoral. La práctica llamada cooping está documentada en la prensa de Baltimore de la época: bandas agarraban hombres en la calle, los encerraban en un cuarto trasero, les metían alcohol o drogas, los cambiaban de ropa y los llevaban de un colegio electoral a otro para votar repetidas veces. A los que se negaban los golpeaban. A él lo encontraron en un colegio electoral, en día de elecciones, con ropa que no era suya. El problema: ni un solo testigo, participante o víctima lo relacionó jamás con ello. La práctica está documentada; su implicación no.

Una teoría sostiene que fue la rabia. En 1996 un cardiólogo estadounidense repasó los síntomas registrados en un congreso clínico y sostuvo que encajaban con la rabia: delirio con intervalos lúcidos, dificultad con el agua y muerte en 4 días. El problema: no consta ninguna mordedura, nadie describió entonces el terror clásico al agua y el diagnóstico se apoya por completo en descripciones de segunda mano escritas por un testigo poco fiable.

Una teoría sostiene que lo mató una lesión o un tumor cerebral. Cuando trasladaron los restos en 1875 para volver a enterrarlos, un relato describió un objeto sólido dentro del cráneo, y algunos han apuntado a un tumor calcificado. El problema: un cerebro no sobrevive 26 años bajo tierra, no se conservó nada para examinarlo y una sola descripción no es un diagnóstico.

Una teoría sostiene que murió a golpes. Un escritor estadounidense sostuvo en 1998 que los hermanos de la mujer con la que iba a casarse ordenaron atacarlo para impedir la boda. El problema: no hay prueba contemporánea de agresión alguna ni registro de amenazas. El caso se sostiene solo en indicios.

Una cosa sí se ha descartado. En 2006 se analizó una muestra de cabello y el mercurio hallado quedó muy por debajo de un nivel capaz de matarlo. Los restos son compatibles con el hecho documentado de que fue tratado durante un brote de cólera en julio de 1849, cuando los compuestos de mercurio eran medicina habitual. El envenenamiento lento por metales puede apartarse.

Tres preguntas siguen abiertas, y son las mismas tres que estaban abiertas en 1849.

¿Dónde estuvo entre el 28 de septiembre y el 3 de octubre? ¿De quién era la ropa que llevaba? ¿Y qué fue del expediente hospitalario y del certificado de defunción del escritor estadounidense más famoso de su generación, en una ciudad donde esos papeles se guardaban de forma rutinaria?

Él escribió los primeros relatos detectivescos modernos. Los construyó alrededor de un hombre capaz de reconstruir un crimen entero a partir de un puñado de detalles físicos. Su propia muerte no dejó casi ningún detalle.

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