Las piedras navegantes del Valle de la Muerte: un misterio centenario que se derritió
Racetrack Playa es el lecho de un lago seco en un remoto rincón septentrional del Parque Nacional del Valle de la Muerte, de casi cinco kilómetros de largo, llano hasta en unos pocos centímetros a lo ancho de toda su extensión, ceñido por montañas oscuras y a horas de camino accidentado del asfalto más cercano. El barro se ha secado en un mosaico de hexágonos agrietados que llega hasta el horizonte. Dispersas sobre él yacen cientos de piedras, algunas no mayores que un puño, unas pocas de más de trescientos kilogramos, y tras cada una se arrastra un largo surco impreso en la arcilla. Los surcos corren decenas y a veces cientos de metros. Se curvan, zigzaguean, y aquí y allá varios corren lado a lado y doblan al unísono, como barcos que guardan la formación.
Las piedras se habían movido. Eso nunca estuvo en disputa. Lo que nadie tenía era el suceso mismo. Durante buena parte de un siglo, ninguna persona viva declaró haber visto a una sola de ellas ni siquiera estremecerse. Un visitante podía acampar en la playa una temporada entera y no ver más que quietud, y volver al invierno siguiente para hallar que un peñasco había recorrido doscientos metros en el intervalo, dejando una cicatriz fresca en el barro y ni una sola huella al lado. El comportamiento era además irregular: algunas rocas permanecían inmóviles durante décadas mientras sus vecinas cruzaban la llanura, y nadie sabía decir por qué una se movía y otra no.
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