Documentado

El sudor inglés: la peste Tudor que mataba en horas y luego se esfumó

2026-06-23 · Fenómenos masivos extraños · 8 min de lectura

Algunos estaban alegres en la comida y muertos a la hora de la cena. La frase la han pulido cinco siglos de repetición, y sigue siendo la descripción breve más exacta de la enfermedad que los Tudor llamaban el sudor. No se arrastraba. Un hombre podía despertar sano, trabajar toda una mañana, sentarse a comer y ser un cadáver antes de que se encendieran las velas.

El curso de la dolencia lo describieron de forma coherente quienes la vieron. Empezaba con un pavor sin nombre, la sensación de que algo iba terriblemente mal, seguido de un escalofrío bastante violento para sacudir el cuerpo entero, dolor de cabeza, dolor que atravesaba el cuello, los hombros y los miembros, y un cansancio aplastante. En pocas horas el frío daba paso a su contrario: un sudor empapador y hediondo que calaba la ropa de cama y dio a la enfermedad su nombre. El corazón se desbocaba, la respiración se entrecortaba, y sobre todo ello pesaban unas ganas irresistibles de dormir. Rendirse a ese sueño era, muy a menudo, morir.

El sudor inglés golpeó cinco veces. La primera epidemia estalló en el verano de 1485, en las mismas semanas en que Enrique Tudor marchaba desde su victoria en Bosworth hacia Londres y una corona nueva. Arrasó la capital con tal fuerza que, según algunos relatos, mató a muchos miles de londinenses en cuestión de semanas. Se llevó a dos alcaldes sucesivos y a seis concejales con días de diferencia entre sí, y obligó al ansioso rey nuevo a aplazar su coronación. Una enfermedad llegada con la Casa de Tudor ensombrecería a la dinastía mientras reinara.

Siguieron cuatro oleadas más, en 1508, 1517, 1528 y 1551. Cada una ardió por pueblo tras pueblo con rapidez aterradora, se apagó en semanas y quedó en silencio durante años antes de volver sin aviso. El patrón fue siempre el mismo: una aparición súbita, unos meses violentos y luego nada.

De la primera a la última, toda la historia registrada de la enfermedad en Inglaterra abarca sesenta y seis años, de 1485 a 1551. Cinco brotes, ninguno de ellos de más de unos pocos meses, separados por largos silencios. Tampoco sobrevivir a una oleada protegía a nadie de la siguiente, pues las mismas personas podían enfermar de nuevo años después, y enfermaban.

Lo que más asustaba a la gente no era simplemente la rapidez, sino la selección. La peste y la mayoría de las demás pestilencias caían con más fuerza sobre los pobres, los viejos y los ya débiles. El sudor invertía la regla. Penetraba en las casas de los ricos y los bien alimentados, derribaba a hombres jóvenes en la plenitud de su fuerza y no perdonaba ni a cortesanos ni a sacerdotes. Los contemporáneos advirtieron también, sin poder explicarlo, que parecía preferir a los ingleses por encima de todos los demás. Hubo relatos de ingleses en el extranjero que enfermaban mientras sus vecinos foráneos, en esas mismas calles, no lo hacían, lo que ahondaba la sensación de que era una maldición hecha a medida de un solo pueblo.

La oleada de 1517 quizá fue la más mortífera de todas. Se dice que vació Oxford y Cambridge, cerró tribunales y mercados y, en las ciudades más golpeadas, mató a una parte considerable de aquellos a quienes tocó. Del cardenal Wolsey, el hombre más poderoso de Inglaterra después del rey, se cuenta que contrajo el sudor más de una vez y que sobrevivió cada vez.

La enfermedad rozó la corte Tudor una y otra vez, y nunca de forma más dramática que en 1528. En el brote de aquel verano Ana Bolena, entonces objeto del furioso cortejo de Enrique VIII, contrajo el sudor y lo sobrevivió, igual que su padre Tomás. Otros tuvieron menos suerte: William Carey, el marido de María, la hermana de Ana, murió de él. Enrique, que temía pocas cosas pero temía esta, disolvió su corte, envió a Ana a la casa familiar de Hever, en Kent, y se movió de casa en casa por el campo, cambiando de sitio cada vez que la enfermedad se acercaba y medicándose con remedios de su propia invención.

Contra semejante enemigo la medicina Tudor estaba casi indefensa. Los médicos discutían si mantener al enfermo caliente o fresco, y si dejarlo dormir o forzarlo a permanecer despierto. Sus remedios, ponches de hierbas, fuegos encendidos y cuartos sellados, no pasaban de conjeturas eruditas. La gente común no tenía más defensa que la huida, y la huida misma llevaba la enfermedad por cada camino que recorría.

Entonces, tras el brote de 1551, sencillamente se detuvo. Aquella última epidemia comenzó, hasta donde muestran los registros, en Shrewsbury en primavera, mató allí a quizá mil personas y recorrió Inglaterra a lo largo del verano antes de desvanecerse hacia el otoño. Fue el médico John Caius, que la observó de cerca, quien dejó la descripción más completa que tenemos, en un breve libro de largo título Tudor, Un libro o consejo contra la enfermedad comúnmente llamada el sudor. Lo concibió como guía para el siguiente brote. No hubo siguiente brote. Nunca hubo una sexta epidemia inglesa. Una enfermedad que había aterrorizado a un reino durante dos generaciones se retiró tan bruscamente como había venido.

Ad

Casi dos siglos después empezó a aparecer en Francia una enfermedad que los observadores llamaron el sudor de Picardía. Como su antecesora Tudor, la marcaban una fiebre repentina y sudores empapadores, aunque también producía un sarpullido, y reapareció en decenas de brotes locales hasta el siglo XIX. Si ambas estaban emparentadas es objeto de disputa, pero los brotes franceses son el paralelo documentado más cercano a lo ocurrido en Inglaterra.

Ese es casi todo el registro probatorio. El sudor se esfumó siglos antes de que nadie entendiera que las enfermedades las causan microbios, antes de que un germen pudiera cultivarse en un plato o leerse un genoma de un hueso. Todo lo que tenemos es testimonio: Caius y un puñado de cronistas describiendo lo que vieron, filtrado por los supuestos médicos de su época, enumerando los síntomas que creían importantes. La tumba de ninguna víctima confirmada ha entregado aún ADN de un patógeno. Sin material biológico, ningún relato Tudor, por vívido que sea, puede fijarse a un organismo.

Conclusiones y preguntas abiertas

Como no hay patógeno que analizar, toda identificación moderna del sudor es un argumento a partir de descripciones, y cada una tiene una debilidad clara.

El candidato moderno más conocido es un hantavirus, uno de una familia de virus portados por roedores. Su forma pulmonar puede matar a un adulto sano en un día o dos anegando los pulmones, lo que encaja tanto con la rapidez del sudor como con su predilección por los sanos. Su debilidad es la transmisión: los hantavirus pasan de roedores a personas y solo muy rara vez de persona a persona, mientras que el sudor se movía claramente de humano a humano por hogares y ciudades enteras.

Una teoría más antigua sostiene que el sudor era una fiebre recurrente propagada por garrapatas y piojos, alimañas que prosperan en verano como lo hacía el sudor. Su fuerza es el encaje estacional y la abundancia de tales parásitos en la vida Tudor. Su debilidad es que la fiebre recurrente deja marcas que los cronistas nunca mencionan, una costra oscura en el lugar de la picadura y un sarpullido característico, y que tiende, como dice su nombre, a recaer en oleadas dentro de un mismo paciente, a lo que el golpe único y brutal del sudor no se parece.

Otros han propuesto una gripe virulenta, con el argumento de que las epidemias de gripe sí llegan, mutan y se apagan. Su debilidad es el cuadro clínico: la gripe mata sobre todo por los pulmones a lo largo de días, no por un sudor que ahoga en horas, y no suele perdonar a los viejos y llevarse a los jóvenes. Unos pocos han sugerido ántrax contraído de la lana y el ganado, idea que naufraga ante el hecho llano de que el sudor pasaba de persona a persona, cosa que el ántrax no hace.

Algunos sostienen que el sudor de Picardía era pariente de la enfermedad inglesa, expresiones distintas de una única familia de virus portada por roedores. Entre ellos están los mismos investigadores que defienden la explicación del hantavirus. La fuerza del vínculo es el asombroso parecido del sudor y de la rapidez. Su debilidad es que el sudor de Picardía difería en aspectos importantes, sobre todo el sarpullido, y que un parecido a través de doscientos años y el canal de la Mancha no prueba parentesco más de lo que prueba coincidencia.

Una teoría sostiene que el sudor fue un patógeno que ya no existe en la forma que lo causó: que algún virus surgió, halló en las condiciones hacinadas, plagadas de alimañas, mal nutridas pero no del todo hambrientas de la Inglaterra bajomedieval una ventana estrecha y perfecta, ardió a través de una población sin inmunidad y luego, a medida que la inmunidad se extendía y las condiciones de vida cambiaban, perdió la combinación exacta que necesitaba y o bien se extinguió o bien se hundió en una dolencia más leve que nadie pensaría en relacionar con él. Explicaría la desaparición. También es, por ahora, incontrastable.

Lo que queda sin explicar es el patrón mismo. No sabemos por qué la enfermedad prefería a los jóvenes y a los fuertes cuando casi toda otra infección que conocemos ceba en los frágiles. No sabemos por qué los ingleses parecían más vulnerables que sus vecinos. No sabemos por qué a cinco epidemias en sesenta y seis años no siguió ninguna.

Las preguntas abiertas son fáciles de enunciar. ¿De veras se extinguió el sudor, o se transformó en algo que ahora llamamos por otro nombre? ¿Fue el sudor de Picardía su descendiente? Y en algún lugar bajo un camposanto inglés yacen los huesos de gentes que estaban alegres en la comida y muertas a la hora de la cena. Si alguna vez se abre la tumba adecuada y sobrevive en ella el fragmento adecuado de ADN, quizá se le dé por fin un rostro a la fiebre. Hasta entonces conserva lo único que necesita todo misterio verdadero, el poder de inquietar.

Lecturas gratuitas restantes este mes: 0

Comparte este artículo:

Comentarios de lectores (0)
Solo los suscriptores activos con pago verificado pueden comentar. Acceso completo