El Bloop: el misterio más ruidoso del océano y el hielo que lo resolvió
En 1997, investigadores del Laboratorio Ambiental Marino del Pacífico (PMEL) de la NOAA, la agencia oceánica y atmosférica de Estados Unidos, escuchaban el océano a través de una red de micrófonos submarinos cuando algo extraordinario cruzó sus pantallas. Era un sonido de frecuencia ultrabaja cuyo tono ascendía durante aproximadamente un minuto, y era asombrosamente potente: lo captaron hidrófonos separados por más de 5.000 kilómetros. Su origen se rastreó hasta un rincón remoto del Pacífico Sur, aproximadamente a 50 grados sur y 100 grados oeste, lejos de toda ruta de navegación. Reproducida a dieciséis veces su velocidad natural, la grabación producía un extraño gorgoteo líquido, y la señal recibió el nombre que la hizo famosa: el Bloop.
El propio sistema de escucha era una herencia de la Guerra Fría. La Armada estadounidense había construido la red de hidrófonos SOSUS para rastrear submarinos soviéticos; tras la Guerra Fría, la NOAA obtuvo acceso y añadió hidrófonos autónomos propios para vigilar terremotos submarinos, rumores volcánicos y cantos de ballenas. Los científicos que estudiaron el Bloop conocían cada categoría de sonido oceánico, y este se les resistía a todas. Christopher Fox, el investigador de la NOAA que supervisaba la red, señaló que el carácter cambiante de la señal recordaba al de una criatura viva, con un problema enorme: era mucho más potente que cualquier llamada de cualquier animal conocido, incluida la ballena azul, el animal más ruidoso de la Tierra.
Esa única observación desató dos décadas de especulación. Si el perfil parecía biológico pero ningún animal conocido podía producirlo, razonaron algunos, quizá podría hacerlo uno desconocido. Internet fue más lejos cuando los lectores notaron que el origen estimado del Bloop caía en la misma amplia región del Pacífico Sur que R'lyeh, la ciudad hundida donde H.P. Lovecraft había imaginado a un monstruo dormido, una coincidencia de ficción y coordenadas que nadie pudo resistirse a repetir.
La respuesta científica llegó del sur extremo. Los investigadores de la NOAA desplegaron hidrófonos más cerca de la Antártida y registraron enormes cantidades de señales con el mismo carácter acústico, producidas por terremotos de hielo: crioseísmos generados cuando las plataformas heladas se agrietan, se fracturan y desprenden icebergs al mar. La ruptura de hielo a esa escala libera una energía acústica descomunal, que viaja con eficiencia por el canal sonoro profundo del océano durante miles de kilómetros. Para 2012, la NOAA afirmó que el Bloop era compatible con un gran terremoto de hielo, cuyo origen estaba probablemente entre el estrecho de Bransfield y el mar de Ross. Cabe destacar que el propio Fox ya había señalado el hielo como culpable probable en 2001.
¿Por qué se sigue discutiendo? En parte porque la descripción temprana de un perfil semejante al de una criatura se citó mucho más que la corrección posterior, y en parte porque el famoso audio acelerado suena de verdad a algo animal, mientras que la señal real, a velocidad natural, es un retumbo grave de alrededor de un minuto. Nunca ha surgido prueba alguna de un origen biológico. El Bloop es algo raro en esta revista: un misterio con solución confirmada, y una lección sobre cómo una buena historia de monstruos puede nadar más rápido que los hechos durante décadas.