La mañana en que Pekín se abrió en canal: la explosión de 1626 que nadie ha explicado
Es media mañana del 30 de mayo de 1626, en Pekín, la capital de China.
En el suroeste de la ciudad amurallada empieza a levantarse humo de un recinto de talleres. La gente lo señala.
Entonces, según los relatos escritos después, se oye un rugido retumbante, como algo pesado rodando por el cielo. Las casas empiezan a temblar. Aparece una luz intensa. Y luego el estallido.
Cuando cae el polvo, una zona de unos 4 kilómetros cuadrados ha desaparecido. No dañada. Desaparecida.
El recinto era una fábrica imperial de pólvora, una de las 6 que gestionaba el departamento de obras públicas. Allí se fabricaban y almacenaban pólvora, armaduras, armas de fuego y munición para las tropas que defendían la capital. Estaba a unos 3 km al suroeste del complejo palaciego del centro de la ciudad.
La cifra de muertos registrada es de unas 20.000 personas.
Y desde aquella mañana hasta hoy nadie ha podido decir con certeza qué ocurrió. No es un caso en que la respuesta sea obvia y falten los detalles. Es lo contrario. Los detalles se conservan en cantidad inusual, y varios de ellos no encajan en absoluto con un almacén de pólvora que estalla.
Lo que describen los textos
La fuente principal de la época es una gaceta oficial del gobierno que reunió informes del desastre, junto con crónicas privadas escritas en los años siguientes.
Describen la secuencia en el mismo orden. Primero un ruido procedente de una dirección, luego temblor, luego un destello de gran luz, y después la explosión.
Describen que el suelo en el centro del recinto se hundió más de 6,5 m.
Describen miles de casas arrasadas dentro de una zona de unos 2 km de anchura.
Describen un león de piedra de unas 3 toneladas lanzado por encima de la muralla.
Describen árboles grandes arrancados de la tierra y arrastrados hacia el norte.
Describen una nube que permaneció horas en el cielo, con franjas de color y, según un relato, con forma de hongo negro.
El sonido se oyó en pueblos situados hasta a 150 km en varias direcciones, y el temblor se sintió a distancias parecidas.
Las fuentes no coinciden en hasta dónde llegó el ruido. Varios relatos hablan de hasta 150 km. Al menos un texto moderno afirma mucho más. Nadie medía nada, y cada cifra procede de alguien que anotó lo que otros le contaron.
El palacio
Aquella primavera se estaba reparando el palacio del centro de la ciudad, y los textos dicen que había más de 2.000 obreros en los tejados cuando ocurrió. Salieron despedidos.
El emperador estaba dentro. Corrió de un salón hacia otro. Según los relatos, el único guardia que lo acompañaba murió por el camino a causa de una teja que cayó.
Su hijo, heredero del trono, tenía 7 meses. Murió poco después, y las crónicas lo atribuyen a la conmoción.
Así que la casa reinante perdió a su heredero la misma mañana en que perdió un barrio de su capital.
La parte que no encaja
Aquí está el detalle que ha mantenido vivo el caso durante 4 siglos.
Los textos dicen que muchos muertos aparecieron sin ropa. No quemada. Arrancada.
Dicen que la ropa cayó en otra parte. En un pueblo a unos 40 km al norte de la ciudad, un relato describe ropa amontonada en el patio de una escuela, mezclada con monedas de plata y joyas. Otras prendas se describen colgando de los árboles de las colinas al oeste de la capital.
Una crónica recoge el caso de una mujer sentada en una silla de mano en la calle cuando llegó el ruido. El techo de la silla salió despedido. Cuando volvió en sí estaba ilesa, y no llevaba nada puesto.
Una explosión de pólvora quema y lanza. No desnuda a quien la sobrevive para luego dejar su ropa en un montón ordenado a 40 km.
Hoy no se puede comprobar. Pero aparece en más de un texto, escrito por gente que no tenía un motivo claro para inventar un detalle tan concreto y tan inútil como lección moral.
El emperador responde
En la corte de entonces, un desastre de esa escala no era un asunto de ingeniería. Era un veredicto del cielo sobre el hombre que ocupaba el trono.
El emperador tenía 20 años y fama de interesarse mucho más por la carpintería que por gobernar. En la práctica, su administración la dirigían otros.
Publicó un edicto culpándose a sí mismo, que era la respuesta convencional, y liberó 20.000 monedas de oro para socorrer a los supervivientes. El tesoro no podía permitírselo de verdad.
La dinastía cayó 18 años después.
A quién se culpó
A nadie.
En la práctica la corte estaba gobernada por un eunuco de palacio muy poderoso y por la antigua nodriza del emperador. Un grupo de funcionarios reformistas se les oponía, y después del estallido ese grupo lo usó como prueba de que el trono había perdido el favor del cielo.
La conclusión oficial fue que el desastre había sido un suceso celeste. No un accidente, no una negligencia, no el fallo de un taller del gobierno. Una señal.
Así que no se interrogó a ningún ingeniero. No se detuvo a ningún almacenero. No se levantó ningún inventario. El único momento en que alguien podría haber entrado en el recinto y preguntado qué había dentro se gastó discutiendo qué había querido decir el cielo.
Esa es buena parte del motivo por el que el caso sigue abierto 400 años después.
Aquí termina lo que se sabe
Todo lo anterior procede de relatos escritos. No hubo investigación en el sentido moderno. Nadie midió nada, nadie recogió fragmentos, nadie excavó el lugar para averiguar qué había en su centro.
**No se conserva ningún registro de cuánta pólvora había realmente almacenada aquella mañana. Sin esa cifra la causa no puede zanjarse, y no se ha zanjado.**
Los artículos divulgativos de hoy comparan a menudo la explosión con un arma nuclear pequeña. Esa comparación no es una medición. Es un cálculo hecho hacia atrás a partir de las descripciones de las crónicas, y vale exactamente lo que valgan ellas.
Conclusiones y preguntas abiertas
**Fue un accidente en la fábrica de pólvora.** La prueba: el lugar era una fábrica y un almacén de pólvora, la destrucción está centrada en él y el suelo debajo se hundió. Las crónicas mencionan un manejo descuidado de la pólvora en los talleres. El problema: ningún texto dice cuánta pólvora había, así que nadie puede demostrar que la cantidad bastara. Y una explosión química no explica la ropa arrancada, ni ropa y joyas cayendo a 40 km.
**Fue un meteoro que estalló en el aire sobre la ciudad.** La prueba: el rugido acercándose desde una dirección antes del estallido, el destello, el ancho círculo arrasado, la nube que quedó colgada y una onda de presión capaz de arrancar la tela de los cuerpos. El problema: nunca se registraron ni recuperaron fragmentos, y obliga a aceptar que un objeto del espacio reventó justo encima del único punto de la ciudad lleno de explosivos.
**Un terremoto liberó algo bajo tierra que se incendió.** La prueba: los relatos ponen el temblor antes del destello, y la región sí registra terremotos. El problema: un terremoto sentido a 150 km debería haber dañado toda la ciudad. La destrucción se limitó a una zona.
**Fue un tornado, y la explosión solo fue una parte.** La prueba: es la única propuesta que explica ropa llevada decenas de km y depositada en árboles y patios, obreros arrojados de un tejado y objetos levantados en vez de destrozados. El problema: un tornado no produce un único estallido audible a 150 km, ni arrasa un barrio en círculo.
**Los relatos están exagerados.** La prueba: se escribieron dentro de una corte que necesitaba que el suceso significara algo, en un reinado ya visto como fracasado. La cifra de 20.000 muertos no se apoya en ningún recuento conservado. El problema: los detalles más extraños, incluida la ropa, aparecen en más de una fuente, y son justo los detalles que alguien que inventa un presagio no tendría motivo para inventar.
Lo que se acepta es poco y firme. Aquella mañana algo destruyó una parte grande de una capital amurallada, mató a una cantidad enorme de personas y se oyó y se sintió a 150 km.
Lo que no se acepta es todo lo demás. Y la única medida que lo resolvería, la cantidad de pólvora almacenada, no la escribió nunca nadie que sobreviviera para escribirla.