Los cifrados de Beale: tres páginas de números, una fortuna enterrada... o un engaño brillante
En 1885 salió a la venta en Lynchburg, Virginia, un delgado folleto por cincuenta centavos. Titulado The Beale Papers, contaba una historia que desde entonces obsesiona a los cazadores de tesoros: en algún lugar del cercano condado de Bedford, afirmaba, yace enterrada una fortuna en oro, plata y joyas, y las únicas indicaciones para hallarla están encerradas en tres páginas de números.
Según el folleto, un hombre llamado Thomas J. Beale llegó en 1820 al hotel de Robert Morriss en Lynchburg, pasó allí el invierno y regresó dos años después para dejar una caja de hierro cerrada con llave. Una carta posterior explicaba su contenido: tres textos cifrados que describían un tesoro que Beale y una compañía de aventureros habían extraído en el Oeste americano y enterrado en el condado de Bedford en 1819 y 1821. Beale se marchó y nunca más se supo de él. Morriss esperó décadas antes de abrir la caja y, al final de su vida, entregó los papeles a un amigo cuyo nombre no se reveló: el autor anónimo del folleto.
Ese amigo afirmó haber logrado un único avance. El segundo texto cifrado, escribió, era un cifrado de libro cuya clave era la Declaración de Independencia: cada número señalaba una palabra del documento, y la primera letra de esa palabra componía el mensaje. El texto descifrado inventaría el botín —unas 2.921 libras de oro y 5.100 libras de plata, además de joyas obtenidas por trueque— y declara que el primer papel indica la ubicación exacta del escondite. Ese papel, junto con el tercero, que supuestamente nombra a los herederos legítimos, jamás ha sido leído.
Durante más de un siglo, descifradores aficionados y criptoanalistas profesionales han atacado las dos páginas sin resolver, a los que luego se sumaron investigadores con análisis informáticos. Si los números ocultan un mensaje genuino, ningún intento publicado ha logrado recuperarlo.
Muchos investigadores creen que no hay nada que recuperar. Nunca se ha confirmado un registro independiente de Thomas J. Beale ni de su expedición. Los críticos han señalado que palabras que aparecen en sus supuestas cartas de la década de 1820, como "stampede", huelen a una época posterior, y que las cartas se parecen sospechosamente a la narración del propio folleto, lo que apunta a un único autor. El criptólogo James Gillogly demostró que aplicar la clave de la Declaración al primer cifrado produce largas secuencias de letras casi alfabéticas: un fuerte indicio, sostuvo, de que sus números fueron tomados del texto clave y no codifican nada en absoluto. Y el propio folleto, distribuido por el agente James B. Ward a cincuenta centavos el ejemplar, tenía un motivo evidente para contar una historia emocionante.
Nada de esto ha detenido las palas. Los propietarios del condado de Bedford siguen encontrando agujeros en sus tierras, y se ha sorprendido a buscadores excavando de noche. Lo que sigue sin respuesta es todo lo que importa: si los cifrados uno y tres codifican un mensaje real, si Thomas J. Beale existió alguna vez... y si hay algo, lo que sea, esperando bajo el suelo de Virginia.