Documentado

El barco que no podía hundirse — y las 25 personas que desaparecieron de él

2025-12-26 · Barcos fantasma · 3 min de lectura

El 10 de noviembre de 1955, la tripulación del mercante Tuvalu avistó algo extraño entre el oleaje al norte de Fiyi: una pequeña embarcación blanca a motor, muy escorada a babor, con las cubiertas anegadas, derivando sin nadie al timón. Era el Joyita, con cinco semanas de retraso en una travesía isleña de rutina. De las 25 personas que habían zarpado a bordo, ninguna volvió a ser vista jamás.

El Joyita había salido de Apia, en la entonces Samoa Occidental, el 3 de octubre, rumbo a las islas Tokelau, a unas 270 millas — un trayecto de unos dos días. Iban a bordo 16 tripulantes y 9 pasajeros, entre ellos un médico del gobierno con suministros sanitarios, bajo el mando del capitán Thomas "Dusty" Miller, un marino de origen británico que conocía el barco a fondo. Cuando no llegó a destino, aviones de la Real Fuerza Aérea de Nueva Zelanda rastrearon casi 100.000 millas cuadradas de océano. No encontraron nada.

Lo que la tripulación del Tuvalu abordó cinco semanas después era un acertijo flotante. El Joyita se hallaba a unas 600 millas de su ruta prevista, parcialmente sumergido pero tercamente a flote. Faltaban unas cuatro toneladas de carga. También el cuaderno de bitácora, el sextante y demás instrumentos de navegación, las armas que Miller guardaba a bordo, y el bote auxiliar y las balsas salvavidas. Sobre la cubierta había un maletín médico con un bisturí y vendas ensangrentadas. La radio estaba sintonizada en 2182 kilohercios: la frecuencia internacional de socorro.

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La paradoja central es el propio barco. Construido en 1931 como yate de lujo y convertido en patrullero durante la guerra, el Joyita tenía el casco forrado de corcho y las bodegas repletas de bidones de combustible vacíos; los investigadores concluyeron que era prácticamente insumergible, y Miller lo sabía. Todas las reglas de supervivencia en el mar dicen que la tripulación debió quedarse a bordo. En cambio, 25 personas abandonaron, al parecer, un buque que nunca llegó a hundirse.

La investigación oficial reveló cómo empezó probablemente la emergencia. Una tubería corroída del sistema de refrigeración de la sala de máquinas dejó entrar agua de mar a la sentina, sin que nadie lo advirtiera en la oscuridad, hasta que las bombas no dieron abasto. Un motor ya estaba fuera de servicio, con el embrague parcialmente desmontado, así que el barco avanzaba renqueando con el otro. Y la radio, aunque fijada en el canal de socorro, tenía un cable de antena roto y cubierto de pintura que reducía su alcance efectivo a unas dos millas. El tribunal consideró que el Joyita estaba mal mantenido y criticó con dureza la decisión del capitán-armador de zarpar; aun así, declaró "inexplicable" el destino de quienes iban a bordo.

Desde entonces las teorías se han multiplicado. Quizá Miller resultó herido — las vendas ensangrentadas lo insinúan — y, sin su autoridad, los demás entraron en pánico cuando la cubierta se inclinó en plena noche, subiendo a balsas que el océano abierto se tragó. Otros han propuesto piratería, motín o un fraude que salió mal; ninguna prueba ha confirmado jamás ninguna hipótesis.

Siete décadas después, las preguntas siguen exactamente donde las dejó la tripulación del Tuvalu. ¿Por qué 25 personas huyeron de un barco insumergible? ¿Por qué ninguna balsa, ningún cuerpo, ningún resto llegó jamás a una costa? El Joyita fue remolcado, reparado y finalmente desguazado — pero su último viaje nunca reveló su secreto.


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