El chupacabras: un monstruo nacido en 1995 y resuelto en quince años
El informe con el que empezó todo se leía como el arranque de una película de terror, y quizá eso fue exactamente. En marzo de 1995, en las fincas de las afueras del pueblo puertorriqueño de Canóvanas, empezaron a aparecer animales muertos de un modo que no tenía ningún sentido. Ovejas, cabras y gallinas yacían en los campos marcadas por pequeñas heridas punzantes y redondas y —así corría la historia de finca en finca— sin una sola gota de sangre. Algo mataba sin comer. En pocas semanas la isla le puso al asesino un nombre que ya no lo abandonó: el chupacabras, un término que suele atribuirse al humorista y locutor puertorriqueño Silverio Pérez.
La criatura adquirió un rostro aquel agosto. En Canóvanas, donde según los informes habían muerto decenas de animales, una mujer llamada Madelyne Tolentino describió cómo observó a una bestia pasar frente a la ventana de su madre: erguida, de un metro aproximadamente, con enormes ojos oscuros, brazos delgados y con garras y una hilera de púas por la espalda. Su relato fue vívido, detallado y repetido sin fin, y se convirtió en la plantilla de casi todo avistamiento de chupacabras posterior.
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