El chupacabras: un monstruo nacido en 1995 y resuelto en quince años
El informe con el que empezó todo se leía como el arranque de una película de terror. En marzo de 1995, en las fincas de las afueras del pueblo puertorriqueño de Canóvanas, ocho ovejas aparecieron muertas en una sola mañana, cada una marcada por tres pequeñas heridas punzantes en el pecho y, así corría la historia de finca en finca, sin una sola gota de sangre. Algo mataba sin comer. Ovejas, cabras y gallinas siguieron apareciendo en los campos del mismo modo durante aquella primavera, y en pocas semanas la isla le puso al asesino un nombre que ya no lo abandonó: el chupacabras, un término que suele atribuirse al humorista y locutor puertorriqueño Silverio Pérez, que lo usó al aire mientras cundía el pánico.
El pánico era real y era grande. Para finales de 1995 se habían registrado más de doscientos avistamientos distintos por todo Puerto Rico, y se culpaba a la criatura de cientos de animales muertos, hasta 150 de ellos solo en Canóvanas. El alcalde del pueblo, José Ramón "Chemo" Soto, decidió que la tranquilidad oficial no bastaba, y encabezó expediciones armadas semanales por la maleza en torno al pueblo, a veces con una cabra enjaulada como cebo, dando caza a algo que nadie podía describir sin que dos relatos coincidieran. Los animales muertos de un campesino se habían vuelto noticia de portada, y un monstruo se había vuelto un proyecto cívico.
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