Documentado

El Rollo de Cobre: la lista de tesoros del mar Muerto que nadie ha cobrado jamás

2025-07-18 · Objetos imposibles · 2 min de lectura

El 14 de marzo de 1952, un equipo arqueológico que rastreaba los acantilados sobre el mar Muerto llegó al fondo de una cueva medio derrumbada cerca de Qumrán, en territorio entonces jordano. Entre vasijas rotas, al fondo de la cueva catalogada después como Cueva 3, yacían dos láminas enrolladas de metal corroído. Todos los demás Rollos del mar Muerto están escritos con tinta sobre pergamino o papiro, y casi todos contienen literatura religiosa. Este, designado 3Q15, estaba martillado en cobre casi puro, y no contenía ni una línea de Escritura.

Durante tres años nadie pudo leerlo. Dos milenios de oxidación habían dejado el metal tan quebradizo que cualquier intento de desenrollarlo habría hecho añicos el texto. La solución llegó de un ingeniero, no de un arqueólogo. En 1955 las autoridades jordanas enviaron los rollos a Mánchester, en Inglaterra, donde el profesor H. Wright Baker los recubrió de adhesivo y, a partir del 1 de octubre de 1955, los cortó en 23 tiras curvas con una sierra de una fracción de milímetro de grosor. A comienzos de 1956 el texto completo quedó a la vista, y resultó ser un inventario.

En un hebreo escueto y administrativo, el rollo enumera unos 64 escondites con cantidades asombrosas de tesoro: oro y plata, monedas y vasijas, contados en talentos. Leídos al pie de la letra, los totales alcanzan decenas de toneladas de metal precioso; más, señalan algunos estudiosos, que cualquier fortuna privada verosímil de la época. Las entradas suenan a lista de un escribano: una suma enterrada en una cisterna bajo unos escalones, otra bajo un patio, otra en una tumba. Y aún más extraño: siete entradas terminan con pequeños grupos de letras griegas que nadie ha explicado de forma convincente.

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La discusión académica estalló de inmediato y nunca ha terminado. Józef Milik, el primer editor asignado al rollo, concluyó que la lista era folclore: una leyenda de tesoros enterrados, puesta por escrito pero jamás real. Otros, entre ellos John Allegro, que había impulsado la apertura en Mánchester, sostuvieron lo contrario: un soporte tan costoso y duradero como el cobre apunta a un registro auténtico, quizá el tesoro del Templo de Jerusalén, ocultado antes de que los romanos destruyeran la ciudad en el año 70. El seco estilo contable, añaden sus defensores, es un registro extraño para una fábula.

Si el tesoro fue real, nadie lo ha encontrado. Allegro dirigió en 1960 una expedición que excavó en los lugares más probables y no recuperó nada. Las indicaciones del rollo dependen de referencias —aljibes, puertas, tumbas, patios— que eran obvias para su autor y hoy resultan inidentificables; dos mil años de guerras, reconstrucciones y erosión han borrado del terreno los puntos de referencia. Y si los escondites existieron, puede que simplemente los vaciaran hace mucho, ya fueran soldados romanos o quienes los enterraron.

Hoy las tiras se exhiben, todavía en sus segmentos cortados, en el Museo de Jordania en Ammán, adonde fueron trasladadas en 2013. Los visitantes desfilan ante lo que podría ser el único mapa del tesoro antiguo y auténtico que existe, o la pieza de ficción más cara jamás grabada. En algún punto entre esas dos lecturas, el Rollo de Cobre mantiene sus cuentas cerradas.


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