La Montaña Muerta: por qué nueve excursionistas rajaron su tienda desde dentro y huyeron a la noche
Partieron riendo. Las fotografías reveladas después de sus cámaras muestran a diez jóvenes de buen ánimo, haciendo muecas ante el objetivo en la nieve, cargando un camión, bromeando en el tren hacia el norte: una expedición estudiantil de esquí como otras cien en la Unión Soviética de 1959. A finales de enero, diez estudiantes y graduados del Instituto Politécnico de los Urales, en Sverdlovsk, emprendieron una durísima travesía invernal de categoría III, la más alta que reconocía el sistema soviético, por los Urales del norte, rumbo a una cima llamada Otorten. Uno de ellos, Yuri Yudin, enfermó pronto de dolores articulares y dio media vuelta poco después de que el grupo dejara el último poblado. Aquel accidente de salud le salvó la vida: enterraría a sus amigos semanas más tarde y sobreviviría al misterio hasta su muerte, en 2013. Fue el último en ver con vida a los otros nueve.
Esos nueve no eran aficionados. Su líder, Ígor Dyatlov, de veintitrés años, era un dotado ingeniero de radio que fabricaba su propio equipo. A su alrededor estaban Zinaída Kolmogórova y Liudmila Dubinina, ambas curtidas y queridas, además de Yuri Doroshenko, Rustem Slobodin, Gueorgui Krivonishchenko, Alexánder Kolevátov y Nikolái Thibeaux-Brignolle, descendiente de un ingeniero francés. El mayor de todos era Semión Zolotariov, de treinta y siete años, veterano de guerra condecorado que se había sumado tarde al grupo, mayor que el resto por más de una década. La noche del 1 de febrero montaron su única tienda larga en lo alto de la ladera expuesta del Jolat Syajl, en lugar de bajar a la línea de árboles, kilómetro y medio más abajo. El nombre de la montaña, de la lengua mansi, suele traducirse como "la Montaña Muerta".
El grupo dejó una crónica detallada de sus propios últimos días. En la tienda abandonada sobrevivieron varias cámaras y diarios personales, y los fotogramas revelados muestran el ritmo normal de la vida de expedición hasta el final: los excursionistas hundiéndose en la nieve profunda, acarreando el equipo, la tienda larga alzándose en la ladera desnuda al caer la luz. La noche del 24 de enero alguien había mecanografiado incluso un boletín de broma, la "Velada de Otorten", que bromeaba, entre todos los temas, sobre si existían de verdad los hombres de las nieves. Un fotograma tardío de la cámara de Thibeaux-Brignolle muestra una figura oscura y borrosa entre los árboles; la lectura más sobria es que se trata sencillamente de uno del grupo, probablemente Zolotariov, saliendo de detrás de un tronco. Las últimas exposiciones de los carretes son manchas de luz casi abstractas, tomadas en las horas finales de la tienda.
Se esperaba al grupo de vuelta hacia mediados de febrero. Cuando no llegó telegrama alguno y los días se alargaron, los familiares alarmados presionaron al instituto para que actuara, y salieron las partidas de búsqueda. El 26 de febrero hallaron la tienda aún en pie en lo alto de la ladera, semienterrada en la nieve y cortada desde el interior. Casi todo lo que los excursionistas necesitaban para sobrevivir había quedado dentro: botas, abrigos, un hacha, comida y las propias cámaras. Un reguero de huellas bajaba ladera abajo -algunas de pies descalzos o solo con calcetines- cerca de kilómetro y medio hacia el bosque, antes de desaparecer bajo la nieve fresca. Pasara lo que pasara, el grupo abandonó su único refugio con un frío letal sin detenerse a vestirse.
Los primeros cuerpos aparecieron al borde del bosque. Dos de los jóvenes yacían bajo un alto cedro, junto a las cenizas de una pequeña hoguera, en ropa interior, con las manos quemadas y ramas rotas en lo alto del árbol, como si alguien hubiera trepado a él para otear o buscar leña. Otros tres, Dyatlov entre ellos, aparecieron desperdigados a lo largo de la línea entre el cedro y la tienda, de cara a la ladera, como si hubieran muerto tratando de trepar de vuelta al campamento. Los cinco se congelaron hasta morir. La temperatura de aquella noche probablemente bajó de los 25 grados bajo cero, y el viento en la ladera abierta la haría sentir mucho más gélida.
Los últimos cuatro no se recuperaron hasta mayo, cuando la nieve empezó a fundirse. Yacían sepultados bajo varios metros de nieve en un barranco junto a un arroyo, y presentaban lesiones que el frío y el agotamiento no pueden causar. Thibeaux-Brignolle tenía el cráneo fracturado. Dubinina y Zolotariov presentaban fracturas torácicas masivas, costillas hundidas con una fuerza que un forense comparó con un accidente de coche a gran velocidad, pero casi sin heridas correspondientes en la piel por encima. A Dubinina le faltaban la lengua, los ojos y parte de los labios; a Zolotariov también le faltaban los ojos, y a Kolevátov igual. Más tarde aún, los análisis de laboratorio hallaron rastros de radiación beta en parte de la ropa recuperada.
La instrucción soviética cerró el expediente en la primavera de 1959. Dictaminó que los excursionistas habían muerto por "una fuerza natural irresistible", sin llegar a decir cuál había sido esa fuerza. El sumario se clasificó y se archivó, y el propio paso se cerró a los excursionistas durante los tres años siguientes. Nueve montañeros expertos habían subido a la Montaña Muerta con buen tiempo y buen ánimo, y a las pocas horas de montar el campamento todos estaban muertos.
Conclusiones y preguntas abiertas
Durante sesenta años el silencio en torno al caso se llenó de teorías, y la respuesta más rigurosa llegó solo hace poco. En 2019 la fiscalía rusa reabrió la investigación, y en julio de 2020 anunció una conclusión: una avalancha expulsó al grupo de la tienda, y la mala visibilidad en la oscuridad les impidió hallar el camino de vuelta. En enero de 2021 la física alcanzó al veredicto, cuando Johan Gaume, de la EPFL, y Alexander Puzrin, de la ETH de Zúrich, publicaron un estudio en la revista del grupo Nature Communications Earth and Environment. Modelaron cómo una pequeña avalancha de placa pudo golpear la tienda horas después de que el grupo cortara la ladera para montarla, una vez que fuertes vientos catabáticos cargaron nieve fresca sobre el bloque de arriba. Una placa rígida al caer sobre quienes dormían apoyados en el duro suelo de la tienda pudo, según sus simulaciones, quebrar costillas y cráneos sin apenas marcar la piel. En 2022 la misma revista informó de la primera evidencia en vídeo de aludes de placa recientes en esas mismas laderas, confirmando que el terreno es más empinado y propenso a los aludes que la suave colina descrita durante años.
Otras teorías siguen compitiendo, y cada una tiene una debilidad. Se invocan pruebas de armas secretas -un cohete perdido o una mina de paracaídas- para explicar las lesiones y la radiación, y algunos rescatistas sí informaron de luces naranjas en el cielo aquellas noches, pero nunca se hallaron cráteres ni metralla. El escritor Donnie Eichar sostuvo que el viento al curvarse sobre la montaña generó infrasonido que provocó un pánico ciego, lo que encaja con la huida de la tienda pero no puede aplastar una caja torácica. Un ataque de los mansi se sospechó en 1959 y se descartó, pues las únicas huellas en la ladera eran del grupo. Una teoría sostiene que Zolotariov, Kolevátov y Krivonishchenko eran agentes encubiertos que llevaban material radiactivo a una cita amañada que se volvió mortal, lo que ataría la radiación y al mayor recién sumado, aunque no se apoya en prueba documental alguna. Los patólogos ofrecen la lectura más sobria de los peores detalles: Dubinina yació boca abajo en agua de deshielo durante meses, y la descomposición y los carroñeros se llevan primero el tejido más blando, mientras que los rastros beta podrían venir del trabajo de Krivonishchenko en el complejo nuclear Mayak o de equipo contaminado.
Incluso el veredicto de la avalancha deja preguntas abiertas. Los rescatistas de 1959 no reportaron restos evidentes de alud. Si una placa golpeó la tienda, ¿por qué caminaron los supervivientes kilómetro y medio ladera abajo, lejos de su equipo, en vez de desenterrarlo, y cómo cargaron los heridos a dos compañeros con el tórax aplastado tan lejos? La radiactividad no tiene lugar alguno en el relato de la avalancha, y un alud no explica por qué la tienda fue cortada desde dentro por personas que parecían huir de algo que podían ver o sentir. La avalancha es la explicación más comprobada que nadie ha ofrecido, y merece más crédito que los cohetes y los yetis. Pero los únicos testigos dejaron su respuesta en unas huellas que se detienen en la nieve, y el Estado que lo investigó prefirió el silencio al sentido. Nueve jóvenes subieron riendo al Jolat Syajl, y la montaña nunca nos ha contado del todo por qué bajaron como bajaron.