El sueño que duró décadas: la plaga olvidada de 1917
En el invierno de 1916, cuando la Primera Guerra Mundial entraba en su tercer año, los médicos de toda Europa empezaron a ver pacientes cuya queja principal no encajaba en ninguna enfermedad de los manuales. Los pacientes tenían sueño. No cansancio, no un simple desgaste por el racionamiento y las malas noticias, sino una somnolencia insoportable, irresistible. Un hombre se sentaba a comer y se dormía con el tenedor a medio camino de la boca. Algunos se hundían en un estupor del que apenas se les podía despertar y dormían días o semanas enteras. Unos pocos caían en coma y no volvían a despertar. Otros sufrían exactamente lo contrario y no podían dormir en absoluto, tendidos en vela noche tras noche en el tormento del insomnio.
En Viena, el neurólogo Constantin von Economo estudió una serie de estos pacientes, concluyó que tenía delante algo verdaderamente nuevo y en 1917 le dio un nombre: encefalitis letárgica, una inflamación del cerebro que traía el sueño. El nombre se quedó y nunca ha sido reemplazado.
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