El Gaseador Loco de Mattoon: el fantasma que envenenó un pueblo... o no
La noche del 1 de septiembre de 1944, una joven ama de casa de Mattoon, Illinois, llamada Aline Kearney yacía en la cama junto a su hija pequeña mientras su marido Bert cumplía su turno al volante de un taxi. Faltaba un año para el fin de la guerra, y aquel tranquilo pueblo ferroviario, en el llano campo agrícola del centro de Illinois, la había sentido sobre todo a través de las cartillas de racionamiento y los telegramas de bajas. Entonces Aline percibió un olor. Era dulzón, empalagoso y desconocido, y se filtraba como por la ventana abierta del dormitorio; en un instante las piernas le pesaron y una sequedad le ardió en la boca y la garganta. Llamó a su hermana, que avisó a los vecinos y telefoneó a la policía. Cuando Bert volvió a casa de madrugada y rodeó la vivienda, contó después que vislumbró a un hombre junto a la ventana que se dio la vuelta y huyó en la oscuridad. A la tarde siguiente el diario local Daily Journal-Gazette llevó la historia a su portada bajo un titular sobre un merodeador anestésico suelto en Mattoon.
En las dos semanas siguientes las denuncias se multiplicaron. Más de dos docenas de hogares acudieron a la policía, y los relatos eran llamativamente parecidos: un olor dulce y extraño junto a una ventana y, enseguida, náuseas repentinas, mareo, palpitaciones, ardor en la boca y una debilidad o parálisis parcial de las piernas. Los síntomas se disipaban en menos de una hora y no dejaban marca. La mayoría de quienes denunciaban eran mujeres, muchas solas en casa por la noche mientras sus maridos trabajaban o servían en el frente. Los médicos que examinaron a las afectadas no hallaron nada que requiriera más tratamiento que reposo.
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