El Trampero Loco: el hombre al que nadie pudo atrapar y nadie puede nombrar
El 9 de julio de 1931, un desconocido bajó por el río hasta un pequeño puesto comercial en el extremo norte de Canadá.
Iba solo. Tenía treinta y tantos años, estaba en forma y aseado, y hablaba muy poco. Cuando hablaba, a la gente del puesto le pareció oír un acento escandinavo.
Compró provisiones y pagó en efectivo. Llevaba mucho efectivo.
Un policía de la zona lo paró y le preguntó quién era. El desconocido dijo que se llamaba Albert Johnson. Dijo que venía de las praderas. Eso fue casi todo lo que dijo.
Luego subió por un río pequeño, hacia una región donde casi no vivía nadie, y se construyó una cabaña.
En pocos meses resistió a la policía durante 48 días en pleno invierno ártico, mató a un agente y murió a tiros. Los periódicos lo llamaron el Trampero Loco. El misterio es sencillo: nadie ha averiguado nunca quién era en realidad.
Una cabaña junto al río
El lugar que eligió fue la orilla del río Rat, en el extremo noroeste de Canadá, por encima del círculo polar ártico. El poblado de verdad más cercano era Aklavik, un puesto de policía y pueblo comercial a unos 100 km.
Su cabaña era diminuta, de unos 2,5 por 3 metros. No había comprado la licencia de trampero que necesitaba todo cazador de la zona.
Durante unos meses nadie lo molestó.
En diciembre, tramperos indígenas de la zona fueron a la policía de Aklavik con una queja. Decían que el desconocido manipulaba sus trampas: las hacía saltar y las colgaba de los árboles.
La puerta que no se abrió
El 26 de diciembre de 1931, un agente y un agente auxiliar salieron en trineo de perros hacia la cabaña. El viaje era de unos 100 km por la nieve.
Salía humo de la chimenea. El agente llamó a la puerta y gritó. Nadie respondió. Cuando intentó mirar por la ventanita, alguien desde dentro la tapó con un saco.
No tenían orden para entrar. Hicieron todo el camino de vuelta a Aklavik para conseguirla.
El 31 de diciembre regresaron, esta vez con 2 hombres más. El agente volvió a llamar y dijo que traía una orden.
La respuesta fue un disparo a través de la puerta de madera. El agente recibió el tiro en el pecho.
Sus compañeros lo subieron al trineo y arrearon a los perros toda la noche, de vuelta a Aklavik, con un frío extremo. Sobrevivió.
15 horas a 40 bajo cero
El 9 de enero de 1932 volvió a la cabaña un grupo mucho mayor: policías, agentes auxiliares y voluntarios de la zona, con trineos de perros. La temperatura rondaba los 40 grados bajo cero.
Rodearon la cabaña y le ordenaron salir. Él respondió a tiros.
El asedio duró 15 horas. Dispararon cientos de balas contra la cabaña. Ya entrada la noche le lanzaron dinamita y volaron parte del tejado.
No sirvió de nada. Él había cavado un foso bajo el suelo, de metro y medio de hondo, y seguía disparando desde allí. Hacia las 4 de la madrugada el grupo se rindió y volvió a Aklavik a buscar más hombres y más explosivos.
Cuando regresaron el 14 de enero, la cabaña estaba vacía. Se había ido.
Un hombre que casi no dejaba huellas
En la nieve, un hombre deja huellas. Este hombre parecía saber cómo no dejarlas. Caminaba por crestas duras, apisonadas por el viento, donde los pies apenas marcaban. Caminaba hacia atrás sobre sus propias pisadas. Caminaba por los senderos de las manadas de caribúes, de modo que sus pasos se perdían entre miles de huellas de pezuñas. Hacía fuego con leña seca que casi no echaba humo.
El 30 de enero los perseguidores encontraron su campamento en un bosquecillo. Hubo un tiroteo. Un agente murió de un disparo en el corazón.
El hombre volvió a desaparecer.
Al otro lado de las montañas
Al oeste había una cordillera, y detrás de ella estaba el Yukón, otro territorio del norte de Canadá. La policía vigilaba los 2 pasos conocidos. Estaban convencidos de que con aquel tiempo nadie podía cruzar las montañas por otro sitio.
A principios de febrero, en plena ventisca, él las cruzó de todos modos, por la ladera abierta.
La policía no lo habría sabido en días, de no ser por una novedad.
El ojo en el cielo
El 5 de febrero aterrizó en Aklavik un piloto de zonas remotas, en una avioneta con esquís. Fue una de las primeras veces en Canadá que se usó un avión para dar caza a un fugitivo.
Sobrevolando la zona, encontró huellas al otro lado de las montañas. El hombre había cruzado.
El 14 de febrero, el piloto vio huellas a lo largo de un río del lado del Yukón. El hombre caminaba por el centro del río helado, dentro de un sendero de caribúes, donde la nieve estaba compacta y no necesitaba raquetas. Solo salía del sendero de noche, para acampar en la orilla. Desde el aire, esas cortas hileras de pisadas hacia la orilla lo delataron.
El último día
El 17 de febrero de 1932, un grupo de una docena de hombres dobló una curva de aquel río.
Allí estaba él, a unos cientos de metros, sobre el hielo.
Intentó correr hacia la orilla. Pero no llevaba puestas las raquetas, y la nieve era demasiado profunda. Se tiró en la nieve y empezó a disparar.
Uno de los perseguidores, un sargento de transmisiones del ejército, quedó gravemente herido. Los demás respondieron al fuego.
Una bala alcanzó al fugitivo en el costado de la pelvis. Murió sobre el hielo.
El piloto aterrizó en el río, subió al sargento herido y lo llevó volando al hospital. El sargento sobrevivió.
La persecución había durado 48 días, casi todos a temperaturas muy por debajo de cero.
Lo que llevaba en los bolsillos
Llevaba 2.410 dólares canadienses y 10 dólares estadounidenses en efectivo, una suma enorme para un trampero en 1932. Tenía 5 perlas pequeñas y algo de oro, incluidas piezas de trabajos dentales de oro. Tenía una brújula, una navaja de afeitar, un cuchillo, anzuelos, y una ardilla y un pájaro muertos para comer.
No tenía papeles, ni cartas, ni fotografías. Nada con un nombre escrito.
El trabajo dental de su boca era de muy alta calidad para la época. Eso sugería un hombre que en algún momento había tenido dinero y había vivido cerca de un buen dentista.
En toda la persecución, ninguno de los perseguidores le oyó decir una palabra.
Lo enterraron en Aklavik con el nombre que había dado, Albert Johnson. Hasta la policía creía que el nombre probablemente era falso.
**A partir de aquí, los documentos solo cuentan lo que hizo. Nadie ha documentado nunca quién era.**
En busca de un nombre
Un investigador creyó que era un solitario que había vivido más al oeste de Canadá con otro nombre y que usaba el mismo tipo de armas. Nadie pudo demostrar que fueran el mismo hombre.
Un libro de 1989 afirmó que era un delincuente nacido en Noruega que había pasado por cárceles estadounidenses. Los registros dentales y, más tarde, una prueba de ADN con un pariente lo descartaron.
Una familia de la costa este de Canadá creía que era un pariente suyo que se fue de casa durante la Gran Depresión. Tampoco se confirmó.
En agosto de 2007, el equipo de un documental, junto con científicos forenses y con permiso, abrió su tumba.
Los científicos hallaron a un hombre de unos 35 años. Tenía la columna desviada, lo que le habría causado dolor de espalda crónico. La química de sus huesos indicaba que se crió en Escandinavia o en el Medio Oeste de Estados Unidos, donde vivían muchos inmigrantes escandinavos.
Después volvió a ser enterrado, esta vez con un rito religioso completo, de manos de un sacerdote local y de ancianos indígenas.
En 2021, un laboratorio genético estadounidense que trabaja con restos no identificados anunció el último resultado. Su ADN apuntaba con claridad a Suecia. Sus coincidencias genéticas llevaban a una pareja que vivió a finales del siglo XVIII y principios del XIX, y a un pequeño grupo de aldeas del sur de Suecia.
Se ha comparado a más de 20 familias. Ninguna resultó ser la suya. El laboratorio ha pedido a las personas con raíces en esa parte de Suecia que se presenten.
Así que sabemos más o menos de dónde venía su familia, qué edad tenía y cómo murió. No sabemos su nombre.
Conclusiones y preguntas abiertas
Se han propuesto varias explicaciones sobre quién era y por qué luchó.
**Era un delincuente que huía de otra cosa.** Los indicios: la gran suma de dinero, el nombre falso, el rechazo a todo contacto con la policía desde el primer día y su disposición a disparar en vez de responder a una simple pregunta sobre trampas. El problema: nunca se le ha vinculado a ningún delito en ninguna parte. Todos los sospechosos con nombre fueron descartados.
**Era un hombre que solo quería que lo dejaran en paz, y entró en pánico.** Los indicios: se fue solo a uno de los lugares más vacíos del continente y no pidió nada a nadie. El problema: disparó a través de una puerta cerrada contra un hombre que solo había llamado, y después mató a un agente. Eso va mucho más allá del deseo de intimidad.
**La queja por las trampas nunca se probó.** Los indicios: nadie demostró que él tocara de verdad las trampas, y los relatos posteriores no coinciden sobre quién amenazó a quién. El problema: ni siquiera una queja falsa explica los disparos que vinieron después.
Lo que sigue sin explicación es casi todo sobre el hombre en sí. Dónde estuvo antes de julio de 1931. De dónde salió el dinero. Por qué llevaba perlas y oro. Y sobre todo, por qué un hombre que claramente había vivido entre otras personas, y había pagado a un buen dentista, eligió morir en un río helado antes que decir su propio nombre.
El ADN ha reducido la búsqueda a unas pocas aldeas. Quizá un día un pariente se haga la prueba, y el Trampero Loco del río Rat tenga por fin un nombre.