En disputa

Gelatina de estrellas: el limo del cielo que la ciencia sigue sin poder nombrar

2026-06-26 · Naturaleza inexplicable · 8 min de lectura

En una cruda mañana de otoño de 2009, un senderista que cruzaba los páramos de las Tierras Altas de Escocia se detuvo ante algo que no encajaba. Esparcidos por la hierba mojada había cúmulos de una gelatina pálida y translúcida, fría al tacto y temblorosa al menor roce, sin forma propia y sin pertenecer a planta o animal que él supiera nombrar. Había habido estrellas fugaces en el cielo aquella noche. Hizo lo que hace la gente en esa situación desde hace casi siete siglos. Levantó la vista y supuso que un fragmento de los cielos había caído en la oscuridad.

La suposición es lo bastante antigua como para tener nombre medieval. El médico inglés Juan de Gaddesden, que vivió entre 1280 y 1361 y sirvió en la corte de Eduardo II, describió en sus escritos una sustancia mucilaginosa que yacía sobre el suelo, a la que el latín de su tiempo llamaba stella terrae, la estrella de la tierra, y que recomendaba como remedio para los abscesos. Los galeses tenían su propia palabra, pwdre ser, que se traduce sin rodeos como la podredumbre de las estrellas. Un diccionario inglés-latín de hacia 1440 recoge sterre slyme. El nombre cambiaba de lengua en lengua, pero la idea que había debajo se mantuvo firme: que la gelatina y los meteoros eran una misma cosa, y que lo que ardía en lo alto de noche podía hallarse frío e informe sobre la hierba al amanecer.

Los poetas mantuvieron la creencia en circulación mucho después de que los médicos la hubieran dejado atrás. Sir John Suckling, en 1641, imaginó a un hombre persiguiendo una estrella falsa para acabar atrapando una gelatina entre las manos. John Dryden, en 1679, escribió sobre alguien engañado con una gelatina por tender la mano hacia una estrella caída. Sir Walter Scott, en su novela El talismán, despachó una estrella fugaz como nada más que cierta gelatina inmunda. A lo largo de tres siglos de letras inglesas se repite el mismo chiste menudo, y tras el chiste late una convicción popular genuina: que gente sencilla, una y otra vez, salió tras una lluvia de estrellas y encontró algo aguardando en el suelo.

Las masas mismas no son folclore. Siguen apareciendo en el registro moderno, en las colinas de Escocia en el otoño de 2009, en céspedes, campos de juego y brezales de toda Gran Bretaña, Norteamérica y más allá, casi siempre tras la lluvia o en los meses húmedos del año. Suelen ser incoloras o levemente blancas, blandas y gelatinosas, a veces no mayores que una moneda y a veces esparcidas en grumos del tamaño de un puño. Son además fugaces. Aparecen sin aviso y desaparecen en uno o dos días, secas hasta quedar en una mancha de papel o barridas por el siguiente chaparrón.

Algunos episodios entraron en el registro con detalle inusual. En agosto de 1994, el pueblo de Oakville, en el estado de Washington, quedó salpicado durante semanas por un material gelatinoso blando que, según los vecinos, caía con la lluvia. Algunos de ellos informaron de una racha de enfermedades en el pueblo por esas mismas fechas. Nunca se estableció con firmeza una causa, y ningún resultado de laboratorio zanjó qué era aquel material.

En 1979, una mujer llamada Sybil Christian encontró masas moradas en su jardín de Frisco, Texas, la mañana siguiente a una lluvia de estrellas. Por un instante la vieja leyenda pareció confirmarse. Después los investigadores siguieron el rastro hasta una planta de reciclaje de baterías calle abajo, donde la sosa cáustica empleada en el proceso explicaba tanto el color como la química. Las masas de Frisco venían de una fábrica, no del cielo.

Cuando los científicos ponen las muestras sobre la mesa del laboratorio, las respuestas suelen ser terrenales. Buena parte de las masas resultan ser los restos hinchados de huevas de rana o sapo. Las hembras de anfibio llevan en sus oviductos una glicoproteína con un apetito extraordinario por el agua. Cuando una garza, un zorro o un cuervo devora al animal y abandona los órganos con la gelatina, ese material absorbe la lluvia y se hincha en un montón translúcido mucho mayor que las vísceras de las que salió. Observaciones de campo en Escocia han respaldado justamente este origen, y los observadores han encontrado restos de anfibios abandonados junto a la gelatina.

Otras masas se han identificado como colonias de Nostoc, una cianobacteria que yace invisible y seca en el suelo hasta que la lluvia hincha su vaina gelatinosa en una gelatina pardo-verdosa. Otras son hongos, como el claro y tembloroso Myxarium nucleatum de la madera húmeda, o mohos mucilaginosos como Enteridium lycoperdon, que la gente del campo en México llama caca de luna. Cada uno de ellos es un organismo común con un ciclo vital conocido, y cada uno se ha recuperado de casos descritos al principio como gelatina de estrellas.

Recoger una muestra utilizable es más difícil de lo que parece. La gelatina de estrellas es sobre todo agua, endeble en su estructura, y empieza a descomponerse en cuanto queda expuesta. Para cuando un caminante ha encontrado una masa, ha vuelto a casa a por un recipiente, ha regresado y la ha llevado a quien podría analizarla, han pasado horas o días y el sol y el viento han hecho su trabajo. El científico que por fin abre la bolsa rara vez mira lo que se formó en la hierba; mira lo que queda de ello. Cierta proporción de las muestras vuelve, por tanto, ilegible.

En el punto que da nombre a la leyenda, la física no está en disputa. Una estrella fugaz es un grano de residuo cometario, a menudo no mayor que una partícula de arena, que se consume por completo en lo alto de la atmósfera, a decenas de kilómetros. No deja residuo alguno que pudiera sobrevivir a la caída hasta un jardín, y menos una masa de gelatina fría e intacta. Los meteoros y la gelatina aparecen juntos en los informes porque quien sale a observar una lluvia de estrellas pasa una noche o dos mirando primero al cielo y después al suelo, y así encuentra lo que ya estaba allí.

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Un resultado moderno queda aparte de los demás. Cuando la National Geographic Society encargó análisis de laboratorio de material de gelatina de estrellas recogido en Estados Unidos, los analistas informaron de que no habían hallado ADN alguno. Ni material genético, ni paredes celulares, ni nada a lo que un microscopio o un secuenciador pudieran aferrarse. Los casos identificados siguen siendo la gran mayoría. Ese resultado pertenece al resto, a la pequeña parte de los hallazgos que llegan a un laboratorio y salen de él sin nombre.

Conclusiones y preguntas abiertas

Sopesa las explicaciones una contra otra y ninguna cubre el expediente entero.

La explicación de las huevas de anfibio, defendida por naturalistas de campo en Escocia y en otros lugares que hallaron huevas y restos de presas en los propios lugares, es la más sólida para una gran parte de los casos. Su debilidad es el tamaño y el contenido: ninguna hueva registrada en la naturaleza se acerca a la magnitud de las mayores masas descritas, y muchas muestras son incoloras y no contienen rastro de huevos ni de animal.

La explicación del Nostoc, preferida por botánicos y microbiólogos, da cuenta con pulcritud de la gelatina que se hincha en suelo desnudo tras la lluvia, y tiene detrás un organismo común y bien estudiado. Su debilidad es el color: el Nostoc es característicamente verde y buena parte de la gelatina de estrellas no lo es.

Las explicaciones del hongo y del moho mucilaginoso, propuestas por micólogos que han identificado especies con nombre en muestras reales, convencen dondequiera que la gelatina se asiente sobre madera podrida u hojarasca. Su debilidad es el hábitat: no encajan con la hierba abierta y la ladera desnuda donde se halla mucha gelatina de estrellas.

La contaminación industrial se ganó su lugar en 1979, cuando las masas moradas de Frisco condujeron a una planta de baterías. Aquel caso quedó de verdad resuelto. Su debilidad como teoría general es obvia: la mayoría de la gelatina de estrellas aparece lejos de fábrica alguna, y la gran mayoría de las muestras es a todas luces orgánica aun cuando no pueda nombrarse.

La teoría más antigua de todas, la meteórica que sostuvieron los médicos medievales y la tradición popular desde entonces, no tiene mecanismo detrás. Nada sobrevive a la combustión de un meteoro para aterrizar como una masa fría de gelatina.

Lo que sigue sin explicación es más estrecho que la leyenda, pero es real. Algunas muestras llegan a un laboratorio y no dan nada: ni ADN, ni ARN, ni células. Los escépticos responden que una masa frágil y cargada de agua puede pudrirse sin más hasta pasar el punto en que queda legible cualquier material genético, y que la degradación, y no el misterio, es toda la historia. Es una réplica razonable, y arrastra una dificultad interna, porque la prueba que la confirmaría es la prueba que supuestamente se ha descompuesto.

Una teoría sostiene que la gelatina de estrellas nunca fue una sola sustancia a la espera de una sola explicación, y que la expresión es una etiqueta popular tendida sobre todo un armario de cosas inconexas: restos de anfibios aquí, bacterias que reviven allá, un hongo, un moho mucilaginoso, una mancha ocasional de contaminación, unidas solo por la costumbre humana de encontrarlas tras una noche de estrellas caídas. Algunos sostienen, además, que una pequeña fracción de las muestras no es de origen biológico en absoluto y no ha sido caracterizada por ninguna prueba aplicada hasta ahora. Ninguna de las dos posturas puede zanjarse con el material disponible.

Las preguntas abiertas son estrechas y tercas. ¿Por qué un fenómeno explicado una y otra vez sigue produciendo muestras que las explicaciones no logran contener? ¿Por qué las mayores masas descritas superan a cualquier hueva registrada en la naturaleza? ¿Por qué tantas masas son incoloras si la respuesta es el Nostoc? ¿Y puede recogerse y congelarse una muestra fresca con la rapidez suficiente para poner a prueba el argumento de la degradación en lugar de darlo por bueno? Setecientos años después de que Juan de Gaddesden apretara su estrella de la tierra contra un absceso, a la mayor parte de la gelatina se le puede poner nombre, y a una parte todavía no.

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